Un día mi vecino, con el que mantengo una fluida y venenosa relación, dijo desde el otro lado del seto que nos separa: "Ojalá que pilles el coronavirus". Supongo que consciente de que yo estaba en la denominada franja de riesgo, lo que equivaldría, antes de la pandemia, a soltarme el tradicional 'ojalá que te mueras'.
Al contrario que tú, porque los animales no se contagian, pensé en contestarle, pero mirando a las mascotas que me rodeaban, caí en la cuenta del poco honor que les hacía al envolverlas en el mismo paquete que él y me entró la risa.
Al día de hoy tampoco parecen creíbles las afirmaciones de que no se contagian y si lo hacen es a través nuestro, o el que no se lo trasmitan a otras mascotas o personas. Por eso, después de esos más de quince mil años con que datan nuestra íntima relación, pensemos en seguir ligados a los únicos seres no humanos que incluimos en nuestra familia.
No puedo añadir a los domésticos grupales, que hacen tareas para nosotros de carga, de guerra, de granja, de guardia, etc. porque a esos es difícil apodarles con diminutivos y me quedo para esta charla con los que conviven en casa y nos proporcionan una profunda reflexión sobre si el coeficiente intelectual y las habilidades neuronales de nuestra especie son los valores fundamentales de la existencia y la vida que más necesitamos. El árbol nos cobija, una flor embellece y perfuma, la mariposa nos deleita, pero nuestro perro se sienta a nuestro lado para ver pasar las horas.
Perros, gatos, peces, tortugas, culebras, monos, urracas, ratones, puercoespines... y sin entrar en el tópico de si gato es más independiente, de si el caballo cuenta y el cordero no, o de si en otras comunidades son otras las mascotas, lo realmente importante es cómo los queremos, cómo los alojamos y adónde nos los llevamos.
Afecto y hogar para las mascotas, en las que España es un país muy atrasado si echamos la vista a la Europa de la que decimos ser notoria parte. En Viena era de buena educación que en el restaurante, el maitre te acercara una escudilla para que tu perro bebiera agua y aquí lo es el de no permitir de ninguna manera su entrada. Allís, en otros lados, te acompañan desde que sales de casa en los transportes públicos y aquí si eres ciego, minusválido y el animal tiene carnet, pasaporte y seguro, pase. Lo de no llevar bolsitas para recoger las cacas de la vía pública es tan repudiable como que en un bareto escupas al suelo las cáscaras de gamba, los huesos de aceitunas o los plásticos que te encuentres en la tortilla de patatas. ¿Se entiende por dónde voy, no? Digamos que hay tanto una educación diferencial como discriminatoria -es que trata a la mascota mejor que a sus hijos o a las otras personas-.
Leer es bueno pero pegarle a tus hijos con un libro de tapas duras de la biblioteca es miserable. Quiero decir que la mayor parte de quienes tienen mascota tienen problemas, como yo con mi vecino, pero si tratan bien a su mascota es que al menos tienen un espacio de humanidad y de afecto que nada tiene que ver con esos animales adiestrados con el carácter execrable de sus amos para asustar y hacer daño. Es más, me parece complicado tener una visión de lo humano sin tener una mascota que te muestra en cada momento la fragilidad y grandeza de la naturaleza y ya que su destino parece ligado al nuestro, supongo que si un día faltamos del universo, ellos se morirían de pena o inventarían otros compañeros de andanzas.
¿Quién sabe?

Igor. Chihuahua pelado.
Rotuladores y café sobre papel. 2019.