Los populares están que tiemblan con los parapoliciales, “patrióticos” y demás. El antiguo secretario de Estado de Seguridad y número dos de Interior, Francisco Martínez, como si surgiese del mismísimo Averno, ha cantado la Traviata, las mil y una entregas de la saga Kitchen y ha proclamado a los cuatro vientos que va a contar al juez todo lo que sabe. Los genoveses, que se han puesto de perfil, han dicho aquello de que “No va con nosotros”, como si Bárcenas hubiese ido por su cuenta.
El espionaje, sufragado con fondos reservados que manejaban Villarejo y sus compinches, es una cosa muy española, desde tiempos de Quevedo. Casado quiere ahora distanciarse de Rajoy, renegando de sus orígenes, como si tal cosa fuese posible: quiere irse de casa del padre, pero sin mochila, que pesa mucho y está llena de papeles y documentos comprometedores, fotos de “la rubia” y otros versos parapoliciales, que buscaban incriminar al celebérrimo extesorero y otros prebostes de la derechona.
Martínez, que ahora es abogado y leguleyo de las Cortes, ha comprobado en carne propia el hielo polar que le administran en el partido –en todos los partidos– al caído en desgracia, al que han excluido en su momento hasta de las listas al Congreso. La cosa es que el humillado y ofendido se ha llegado hasta el notario para levantar acta de los muchos mensajes y documentos que obran en su poder y que conectan directamente –según él– al exministro de Interior con la operación contra Luis Bárcenas. Y ahora nos parece que en la España política está ocurriendo un desamor en cada sede, con sus faltas y traiciones, claroscuros y discos de muchos “gigabytes”, con fotos y otros recuerdos y suvenires de chófer de la señora, Edgar, llévame al tocador.
Es lo que tiene el neocapitalismo digital, que solo conserva lo que uno quiere olvidar y, cuando se busca lo que se necesita, nunca está o se ha borrado. Se le está fraguando la tremolina a Pablo Casado, porque el juez Manuel García-Castellón podría muy bien atender la petición fiscal e imputar a Fernández Díaz y otros compañeros mártires, como María Dolores de Cospedal y su marido, Ignacio López del Hierro. En los nidos de antaño, con hasta 7,8 millones de alpiste provenientes de constructores para repartir entre los amigos, ya no hay pájaros hogaño. El profeta Ezequiel nos dice que el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; pero quieras que no, algo o alguien le puede salpicar a uno. Al joven Casado, que se las prometía muy felices, ya le asoma un macrosumario con patas por los flecos de la alfombra, y por más que lo empuje con disimulo, en esta era de la hiperconectividad le ha salido abultado, cantarín y elocuente, muy a su pesar. De pronto el dedo de Mariano te nombra y en esa promoción digital va todo incluido: el sueldo generoso y la intrahistoria legal y la ilegal. Y no le va a valer mirar para otro lado de este cáncer de sobres que rebosaban por los cajones genoveses, este vergajazo de cornucopia abundosa, espiada y “fondoreservada”. Y la política necesita comer de estas cosas, de sus propias carnes. Con la democratización del mediocre, todos quieren ser secretarios generales de los suyos, de su tribu.
No es que la clase política tenga mala prensa por corrupta, sino que la corrupción en España tiene mala prensa por ser esencialmente política. Porque luego está la corrupción de la carne bajo tierra, el aire de la salita de espera y hasta el agua de la pecera. Si esto sigue así, estos chicos del partido, que son clónicos y a veces parecen hasta transgénicos, no van a encontrar trabajo. Al final, estos pájaros como todos, amore.
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