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TRIBUNA

Un rey desdichado: D. Juan Carlos I (II)

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 19 de septiembre de 2020, 19:11h

El muy añorado Prof. Seco Serrano, cuyo admirable saber historiográfico se cimentaba no solo en un deslumbrante conocimiento factual, sino también en una riqueza psicológica producto de múltiples y hondas desdichas, trajo a colación a favor de su tesis sobre el carácter y trayectoria de Alfonso XIII un testimonio, entre otros, de valor en verdad casi irrebatible. Ciertamente, pocos hombres públicos españoles del novecientos pueden compararse en inteligencia, temple político y conocimiento del ser humano a D. F. Cambó (1876-1947).

El lance por aquel comentado de comedios de la primavera de 1931 acerca de la soledad infinita, casi cósmica del rey Alfonso XIII. recién exiliado e instalado en un acreditado hotel parisino, resulta, en verdad, concluyente. Sin percatarse el monarca de la presencia de su antiguo ministro, este lo observó, atenta y apesadumbradamente, inmerso en un vacío aterrador. Sentado en un elegante sillón, sin bebida ni lectura alguna, con la mirada en el horizonte, ausente de cualquier colocutor o acompañante, permaneció en tal posición a lo largo al menos de las dos horas que separaron la entrada y la salida del establecimiento del gran líder catalán, cuya inesperada enfermedad -un cáncer de garganta- en 1931, cuando, según es harto sabido, estaba a punto de convertirse en jefe de Gobierno, constituyó sin duda uno de los grandes torcedores del destino de nuestra historia

Una de las numerosas afinidades que se encuentran en las biografías paralelas de D. Juan Carlos I y su abuelo -el primero nacería en la Ciudad Eterna tres años antes de la muerte en ella de Alfonso XIII- es su escasa atracción por la lectura. Menos acusada en este, resalta ser muy arraigada en aquel. Antes de que comenzara la actual e inmisericorde caza del hombre contra D. Juan Carlos, el articulista dejó constancia, con la debida discreción, en uno de sus escritos firmados, del testimonio de un reputado monje de El Escorial y profesor descollante del presidente Pedro Sánchez en la Universidad María Cristina del Real Sitio, según el cual D. Juan Carlos le confesó, privada y atristadamente, su nula o muy escasa inclinación por la lectura. Así uno de los más importantes -e infalibles (¿?)- lenitivos contra la soledad no fue nunca muy usado por ambos soberanos, y ellos, sin duda, se lo perdieron…

Su distanciamiento y débil empatía con sus respectivas y extranjeras esposas, ambas muy cultivadas e imantadas fuertemente por varias de las manifestaciones artísticas de mayor eco y proyección sociales en los estratos medios y altos, señala otro de los ligámenes más robustos de entrambas biografías regias.

Otro de no menor consistencia radica en la actividad quizás más peraltada mediáticamente hodierno de D. Juan Carlos. Es decir, las económicas y, de modo especial, las bursátiles. Pero la entidad y trascendencia del tema requieren un espacio que solo en un próximo artículo es agible encontrar para un posible un análisis condigno a su importancia.

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