En esta época socialdemócrata que nos ha tocado contemplar absortos, solamente el comportamiento de los miembros que configuran el poder político puede ser objeto de crítica pública; nunca nosotros, personas particulares. Es una versión contemporánea de la doctrina de Rousseau: si no fuera por el poder seríamos ángeles. Naturalmente esta es una visión infantil, irresponsable y marcadamente falsa. Para empezar somos nosotros los responsables de elegir al partido que nos gobierna, de no perdonar sus mentiras e incoherencias programáticas con protestas públicas y todos aquellos recursos que nos da la Constitución y que no se limitan al voto. Pero, sobre todo, somos responsables no sólo de nuestra conducta privada, sino también de nuestro comportamiento público y de nuestro compromiso con el bien común. Toda actividad humana influye no sólo en la vida individual, sino también en la vida colectiva. Nuestro buen comportamiento sin desfallecer en la brega beneficia a todos, el malo a todos perjudica. Y ése era el sentido del famoso fragmento oratorio de John F. Kennedy: “No pienses en lo que puede hacer tu país por ti, sino en lo que puedes hacer tú por tu país”, escrito por su pergeñador de discursos Theodore Sorensen, todo un magnífico logógrafo. Los grandes hombres también lo han sido por quienes escribían sus discursos. Una de las grandes diferencias entre la historiografía del Mundo Clásico y la actual es el número de nombres propios. Las obras de César o de Tito Livio a veces tienen páginas que son verdaderas relaciones larguísimas de nombres propios, sobre todo la de Tito Livio, que como buen “analista” imita tanto las tabulae dealbatae de los pontífices maximi, expuestas en el Templo de la Concordia. Es en los hombres particulares, singularizados por su antropónimo en donde la historia de los pueblos se encarna, a veces una década, otras veces un año, otras un mes, otras un día y otras una hora o cinco minutos, pero siempre con una intensidad terrible.
La primera escritura está en las inscripciones de los lapicidas, y de ahí emerge una historia repleta de antropónimos y apelativos. Lo que sabemos de nuestra lengua celtibera – el corazón espiritual de España -, su gramática indoeuropea, sus leniciones y forticiones fonéticas, lo sabemos fundamentalmente por sus prosopónimos, casi siempre parlantes, Setiza, antropónimo femenino que significa Camino, Alizos, que significa, Aliso, Combaromarus, Grande en Furor o Pasión, Mizuko, el Astuto o Neblinoso, Tiokenesos, Descendiente de Dios – el Diógenes celtibero -, Exsoratus, El Extraordinario, Crissus, El de Pelo Rizado, Caesarus, “De Ojos Claros” o “De Larga Cabellera”, dependiendo del étymon que elijamos, Visvius, El Sabio, Bessuca, La Virtuosa, Ebursunos, Hijo del Jabalí, Assantius, El que está Presente, Mustarus, El Sucio, Ausagesatus, Provisto de Lanza Brillante, Aplondus, El del Manzano, Burrus, El Inflado o Insolente ( también existe el celtibero femenino Burra! ), Barsamis, El Cabeza, y de la misma etimología el antropónimo femenino Ibarra, Belatucadro, Que Brilla en la Batalla, Vetulenus, El del Bosque de Sauces ( comparable, por tanto, al apellido español Salcedo ), Elandorian, La Cierva, Adiantos, Deseoso o Ardiente, Melmantama, La Muy Inteligente, etc., etc. Todos estos nombres inscritos singularizan la Historia de Celtiberia, o mejor, la Historia de Celtiberia vivió en cada uno de estos nombres. Desde la persona singular conocemos el pueblo, sus costumbres sencillas y digno modo de ser. Porque si nos fijamos sólo en “el pueblo” únicamente veremos una mera curiosidad antropológica, que no tiene ningún sentido ni realidad. La única realidad son las personas que están detrás de estos nombres propios. La realidad comienza y termina en las personas, intérpretes de los distintos personajes de nuestra sociedad. Sobre los hombros de todas las personas, como sobre columnas vivas, descansa la empresa humana en su totalidad.
La sociedad se realiza por las acción de las máscaras resonadoras, personae o prósopa que la constituyen. A veces un solo individuo puede tener varios papeles o máscaras en la sociedad. Ya los antiguos o pampálaoi decían: “Homo plures personas sustinet”. El esposo, el padre, el hijo, el zapatero, el tribuno, el deportista, etc. Pero la ley de la economía social hace que cada individuo sea sólo conocido por una de sus personas, aquella más relevante y que mejor lo singulariza. Desde el punto de vista filosófico el gran Boecio definió a la persona como “rationalis naturae individua substantia”. Esto es, la singularidad y la racionalidad son las principales características de la persona humana. Y la persona para Kant no puede jamás cosificarse como instrumento para una causa, por noble que sea, en cuanto que la persona será siempre un fin en sí mismo.
La persona es la única realidad moral; lo demás son curiosidades antropológicas evanescentes. La dignidad de la persona se fundamenta en tres principios que la constituyen, la libertad, la responsabilidad y la racionalidad. Todas las personas, como accidentes gramaticales del verbo, lo son, salvo el nosotros. El hombre ha saltado impropiamente – desde el punto de vista de la Lógica – del yo personal, algo tangible, al nosotros, todo un constructo intangible, engañoso y muy cuestionable. Del conjunto de un coro indeterminado de yoes se levanta un yo, tocado por la representación, y dice: “Nosotros somos libres”. Pero cabe la posibilidad siempre de que un yo, que no se sienta representado por el primer yo, también se levante y diga: “Yo no lo soy”. Y es que el referente del nosotros no es un ente real. El desarrollo de la impostura del “nosotros” requiere tal grado de abstracción que no existe el “nosotros” en indoeuropeo, sino que cada lengua histórica indoeuropea la ha creado a su modo, frente a las incuestionables realidades “yo” y “tú”, que son iguales en todas las lenguas indoeuropeas, y casi también “él” y “ellos”. Efectivamente Theodore Sorensen, “casi” tan bueno como Iván Redondo, situó perfectamente en la brillante boca de Kennedy la realidad del devenir político: “No pienses en lo que puede hacer tu país por ti, sino en lo que puedes hacer tú por tu país”.