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TRIBUNA

El gran miedo

viernes 02 de octubre de 2020, 20:37h

Un creciente desasosiego cae lentamente sobre nuestra vida cotidiana. No es el miedo al contagio que, sin duda, forma parte de este recelo intenso que apunta a espanto. El contagio es sólo un elemento de un gran temor de fondo, como la infección es sólo un momento de un cambio mayor y más profundo. Me sugiere el miedo que acompaña a las grandes crisis revolucionarias en las que un principio de legitimidad se hunde en su pugna con un principio naciente. Parece que viviéramos en el ocaso de uno de esos genios de la Ciudad que definiera con maestría Guglielmo Ferrero, sin que – en esta ocasión – puje con otro que buscara ocupar su espacio. Tras el presente se anuncia, más bien, la nada. De ahí que el movimiento parezca inercial, mostrenco, inactivo. Pese a esos agónicos espasmos que derriban imágenes o profanan santuarios hace tiempo ruinosos y desacralizados. El miedo tiende a crecer sin contención porque el viejo principio electivo y democrático yace exánime, sin que se presente otro orden al que acogernos.

No es un fenómeno español, aunque cobra entre nosotros un matiz violáceo como de muerte anunciada. La sistemática violación de una constitución que nació vencida podría no producir temor alguno, si se encontrara término en el horizonte. Pero también ante nosotros se ve crecer únicamente un desierto indiferenciado. Nuestra singularidad se encuentra sólo en una mayor descomposición institucional y una incomparable ausencia de orientación. Perdidos en el presente y con la nave a la deriva, despreciamos la infección y sus cifras, pese a las agitadas señales de alarma que nos envían los creadores de opinión y careadores de nuestras vidas. Nos entregamos al riesgo del contagio con un estoicismo sin lucidez, llevados por la desidia.

Se trata, sin embargo, de la misma ausencia de verticalidad, de la misma pérdida de la identidad mínima que sostenga nuestras vidas. Si nos distingue el hundimiento de la frágil arquitectura política del país, por lo demás habitamos el mismo páramo de bienestar que otros ciudadanos de nuestro entorno. El cambio revolucionario de un principio de legitimidad por otro ha supuesto siempre agónicas crisis de sustitución, pero nuestra agonía no significa lucha por un orden nuevo que se afana por afirmarse: nuestra agonía es simplemente terminal decadencia. Paciente espera de un final que vuelve actuales los viejos discursos sobre la vida y la muerte de las civilizaciones. El nihilismo tajante parece capaz de desprender definitivamente de nuestro presente el cordón nutricio, que apenas nos alimenta ya con la savia del pasado. Pero roto el último vínculo, no hallaremos nada del otro lado. Acaso por eso algunos piensan que tras la epidemia todo será igual, pero un poco peor, como afirmaba Michel Houellebecq. Cierto, podríamos pensar, pero un poco peor es ya una magnitud definitiva: es el paso final que deshace el contacto. Salimos del campo de atracción de la historia y viajamos hacia un horizonte homogéneo e indiferenciado, es un mañana sin futuro que ha roto con el pasado. Vivos sobre esta roca que se agita, a una velocidad de 30 km/s, dando vueltas sin sentido en torno a una estrella brillante, pero anodina que algún día devorará las huellas miserables de nuestras vidas. La Era de la Crítica y de la Razón luminosa que representa La Ciencia – con abundancia de mayúsculas hipostáticas – alcanza así sus últimos objetivos.

Delatamos la injusticia del pasado según el patrón del presente, negamos la herencia y la filiación que nos definen y rechazamos el rostro que nos devuelve el espejo. Negamos toda forma de dominación y reclamamos para las víctimas la voz que silenció la historia. Hay que impugnar y reconstruir esa historia a la medida del presente: actualizarla. Negar, en resumen, su calidad de Historia para sustituirla por una historia, es decir un cuento a nuestra medida. La gran revolución que se aproxima no busca ya establecer un nuevo principio de legitimidad que justifique el ejercicio del poder, será la absoluta dominación de las víctimas, la estentórea voz de los silenciados. ¿Qué afirmará esa voz? ¿Cuál es el contenido de su discurso? Es el espíritu del resentimiento y claman una venganza recíproca que destruya los fundamentos de lo que somos para construir ingrávidas identidades que no distingan. Mientras, en España prosigue la farsa bien calibrada de un gobierno sin otra dirección que alejarse de un pasado en el que no quiere verse. Tras el punto de no retorno, avanzamos por espacios de sombra fría en una nave a la deriva.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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