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TRIBUNA

Salud y economía

Juan José Vijuesca
miércoles 07 de octubre de 2020, 20:14h

A estas alturas de la pesadilla ya no quedan muchas teorías que sacar a relucir. La salud siempre es lo más importante, lo que sucede es que en estos momentos y con la que está cayendo, lo es más si cabe. Lo otro es la economía, que si bien no desluce en el protocolo de los deseos ahora también toma un protagonismo supremo. Con frecuencia en las crisis de pareja suelen aparecer terceras personas, en el caso que nos ocupa es la política la que se ha metido en cama ajena. Está visto que no hay felicidad completa ni armonía posible entre el poder y la vida del ser humano.

La salud es una de esas obligaciones otorgadas al destino de cada persona, pero por suerte entre la providencia y el regalo de vivir nos encontramos con científicos y sanitarios. Hombres y mujeres que tienen la cualidad de investigar y la de poner al servicio de nuestras vidas su vocación y su pasión a cambio de una simple bata blanca. Son una de las profesiones más silenciosas y peor tratadas por la clase política de este país; pero mientras los políticos insistan en meter las narices en donde no les llaman e ignoren a quienes tienen la autoridad del conocimiento, España será incapaz de recuperar el respeto, la salud y la economía.

Nada nuevo en mi apreciación, porque la salud y la economía son una misma cosa. Cierto es que con dinero se puede comprar al médico, pero no evita lo inevitable. Cierto es que con salud, pero sin dinero, la vida se convierte en caridad. Así pues, mientras las personas de calidad humana y profesional no tomen las riendas de la autoridad en todas y cada una de sus versiones no saldremos de este caos en el que nos encontramos. Por lo tanto, ni en salud ni en economía hay excusa posible para que después de ocho meses sigamos como pollos sin cabeza. Ya sé que la Covid-19 es un pésimo ejemplo de estabilidad tanto física como mental; ya sé también que la deriva de los daños colaterales en materia económica nos está marcando un declive cuyas consecuencias no se pueden ni prever. Llegado a este punto yo me pregunto: ¿Por qué razón y a día de hoy, aún no se ha copiado de otros países que han logrado superar o mejorar esta adversidad? De no hacerlo así y a no tardar, me temo que solo nos quedará preguntarle a los políticos mirándoles a los ojos: ¿A cuántas muertes tiene derecho un pobre?

No me queda otra que ralentizar mi ira y dedicarle unos cuantos piropos a la clase política en general. Una cosa es mandar y otra saber gobernar. Ustedes, señorías, son una rémora para este país. Les mueve la ambición partidista y a falta de vacuna buenas son tortas. En eso están ustedes enfrascados, dándose de tortas a diario mientras la sociedad declina toda su suerte en manos de arrabaleros que por el simple hecho de alojar sus rabeles en los nobles escaños del Congreso, creen tener derecho de pernada sobre lo divino y lo humano.

Ya sé que esto les trae al pairo y que darán morcilla a mis iluminadas cuatro letras que les brindo; pero soy mucho de insistir en base a mi lema: “Quien no lo intenta, no lo inventa”. Me gustaría que supieran que en esta mí sosegada sugerencia nada acontece en lo personal, creo que ustedes en su intimidad son buenas personas y que como cualquier común de los mortales que se precie, también quieren lo mejor para los suyos; sin embargo, sus señorías en lo que respecta a la política activa están casi todas y casi todos más amortizados que mis primeros pantalones largos allá por los años 50. Ustedes son políticos sin clase, no construyen pensando en el bien general y no lo hacen, no por el papel que cada cual tiene asignado, sino porque carecen de liderazgo, de formación, de respeto y de oficio para ser imparciales en lo de servir a la ciudadanía. Menosprecian nuestra salud, nuestro bienestar e incluso nuestro futuro.

No seré yo quien les venga a dar consejos, para eso están las urnas; pero sí me tomaré la licencia de llamarles al orden ciudadano en nombre de los que aún guardamos compostura de buen hacer y mejor temple, diciéndoles que la mayoría de ustedes nos tienen hasta los dídimos, y lo peor de todo es que sus señorías lo saben, pero claro, están huérfanos de escrúpulos y eso flota en el aire que respiramos a pesar de las mascarillas y los distanciamientos de rigor. Esto a ustedes les viene grande, es decir, mucho arroz para tan poco pollo, que dice el argot de lo clásico. Ahora bien, sería de una gran tosquedad por mi parte el no reconocer el derroche de verborrea que se malgasta en el hemiciclo dejando el diario de sesiones como una reliquia de la prosa temprana al más puro estilo del Decamerón, y lo digo con fertilidad elogiosa, pues sus señorías se gustan en retorcer vocablos en público sin guardarse en vergüenzas. Son desolladores de la herencia cervantina que tanta riqueza de legados nos dejara.

En cualquier caso, y no siendo esto lo peor, que ya es de aplicar algún que otro correctivo por tanta transgresión lingüística y tanta postergación de buenos modales, viene lo más grave si cabe, que no es otra que la sobra de vanidad y la inexistente idea de las exigencias mínimas que nos marca una democracia tan bien aseada como la nuestra. Y como aún me queda tinta en el tintero hoy me viene del tirón el decir a quienes son poco o nada atildados en prestar servicios de lo público, que emigren a algún desierto y allí, a solas, disfruten de su sabiduría.

De manera que para bien de una sociedad, que lo único que hace es redundar en méritos de silente paciencia, háganselo mirar de una vez por todas sabiendo que para enfrentarse a esta pandemia las decisiones dominantes deben ser tuteladas por la mejor capacidad científica disponible, eso sí, desligada por completo del continuo enfrentamiento político. Frenen ya tanta discusión y pónganse a disposición de los que saben. Es hora de acabar con tanto dolor, tanta desesperanza y tanta ignominia. Dejen en manos del conocimiento de la ciencia y de las autoridades sanitarias el hacer profesional y ustedes dedíquense a allanar el camino incrementando los recursos sanitarios para el bien de toda España, incluidos ustedes, pues la salud carece de ideologías y no repara en estupideces; sobre todo cuando la vida de las personas está en juego.

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