Qué difícil, a no ser por tradición familiar o el haber entrado como aprendiz en ese oficio, llegar a ser fundidor de bronce. Porque eso no se aprende como tal salvo de pasada en algunas prácticas de Artes y Oficios y de Bellas Artes.
La primera escultura que me fundieron en bronce fue en Bussot, una minúscula caseta que parecía sacada de un fotograma medieval y por recomendación de mi catedrático de modelado en Sant Jordi, el escultor Ricard Sala. El trío provenía de antiguos trabajadores en la Fundición italiana Bechinni, que alcanzó gran prestigio y por eso puse en ellos toda mi confianza.
Joaquín proviene de otra fundición de prestigio y supongo que un día de hace cuarenta años se dijo -¿Y por qué no yo?- y se escindió para plantarse como un esqueje de hortensia. No se si esto sería aplicable a los fundidores de etnia gitana con los que también he trabajado y para los que la chatarra no tiene misterios desde hace - miles de años, muchacho - sin olvidar recordarte que el bronce es el noble hijo de la chatarra, aunque los payos decimos que es una amalgama, aleación, de varios metales con base en el cobre y que ya hacía maravillas en la Creta del Minotauro.
Descubramos en su gestación una enorme nave llena de montañas multicolores como sacadas del señor de los anillos y en donde la garra de un transfomer gigante va pegando bocados de uno y otro, tal de un buffet se tratara, con un zarpazo al de casquillos de bala de rifle y cañón, otro a ese de cables plateados, un poco del lleno de lámparas, del de cacerolas, un poco menos y una pizca del de cahivaches. Lo sigo trepando por entre ellos para ver cómo se lo traga en un enorme crisol y me recuerda al gargantua de niño digiriendo y cocinando. Al de un rato se extrae una prueba (muestras espectrográficas) y como haría cualquier cocinero, lo sazona añadiendo un poco de más de aquí y otro de allá, hasta tenerlo al gusto y escupirlo en un trenecito
de bizcocheras que los tira sobre la arena perdiendo el rojoplata de sus mil grados.
Pero no nos engañemos, que la única norma que es ley en las fundiciones es la de no coger nada del suelo, pues el gris opaco es tan engañoso que mantiene sus quinientos grados mucho tiempo y se come la piel de los incautos.
Joaquín ya sabe que puede recocinar lo fundido (bebederos, boquillas, rebabas) cuantas veces sea necesario, añadiendo las especias metálicas que le faltan. Él emplea los recursos mágicos aprendidos de otros pero se los oculta a quienes pudieran aprovecharlos y sujeta como Neptuno la barra con cucharilla, esperando, oliendo, viendo los vahos, hasta decir ¡basta!. Se quita entonces su máscara de amianto y me mira mientras los demás sudan y sudan volteando las coladas incandescentes. Nunca opina sobre la supuesta calidad artísticas y no pica cuando mueves la cabeza insinuando ante una obra que va desgranándose del picadizo con pinta un poco rara. Lo de él es materializar mi endeble sueño de autor, sea una mariposa, sea una caca, y ponerla sobre una peana.
No se si esta alucinante profesión les fortalece, mengua o conserva en formol a sus candidatos, porque los humos, las chispas, el ruido y la toxicidad de las pátinas y baños o te matan o te matan, y sin embargo con el cigarrillo en mano y el gin-tónic en los intervalos me susurra escéptico- “pues ese que ni bebe ni fuma se ha muerto antes que yo”- y ahí lo deja.
Pequeño, fibroso y con bigote, el día que le vi desnudo descubrí a otro hombre.
Bajo su cabeza y cuello y sobre sus manos curtidas y cetrinas de argandeño, apareció una anatomía de mármol blanco, casi transparente, con todos sus detalles torácicos y tapizado de venas azuladas. Perfecto para posar para un cristo, donde las cicatrices, quemaduras y golpes de la pasión se hubiesen quedado fuera del mono azul y mostrando por el interior a un santo. Ya fuese la fragua de belcebú o del Espítitu, se nos ha jubilado, pero asoma todo el rato por la fundición para evitar que su hijo y su mujer naufraguen.

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