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TRIBUNA

El genio permanecerá

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 16 de octubre de 2020, 20:11h

En la balumba de personajes escénicos que definieron a Francisco Nieva entre el público uno fue Coronada, que se implantó en seguida como un símbolo feminista. Coronada representa la fuerza secreta de las mujeres, sometidas por sus padres, hermanos, maridos, hijos y por otras leyes morales y sociales impuestas por su condición femenina. Coronada es la mujer como víctima superior. En Coronada y el Toro también sale el hombre-monja, que simboliza la problemática de los transexuales.

Decía mi amigo Nieva que cuando se escribe parece que lo hacemos en una cabina protectora, acristalada, que no oculta lo que pasa fuera, pero que marca una distancia y lo enmudece, lo amortigua, y hace que su lamento no turbe nuestra resonancia interior. Cuando aquello que percibimos más allá de nuestro refugio protector es exagerado, como los gestos de un sordomudo que nos anuncia una tragedia, ya no hay protección posible, la cabina se desbarata y nos sumamos como el primero al fragor doloroso del mundo. Pero este compromiso con el mundo es siempre puntual, como de urgencia, y uno debe volver siempre a su cabina, a su cabaña creadora, una vez restaurada, si de su pluma quiere salir arte verdadero, y no ruido oportunista.

La prestigiosa Editorial asentada en Cambridge “Modern Humanities Research Association”, acaba de publicar una edición de la obra del genio español Francisco Nieva, Coronada y el Toro, con una magnífica introducción y estudio del especialista en Nieva Komla Aggor, profesor de la Texas Christian University. Coronada y el Toro es una obra maestra muy sofisticada, rica tanto en ecos intertextuales como de la propia Historia de la Literatura Española y la mitología clásica, con humor y suspense. Aunque esta obra fue escrita en 1974, sólo pudo ser representada tras la muerte del General Franco al haber transgredido con toda seguridad la Ley de Prensa de 1938, y no garantizar por completo su legalidad la Ley de Fraga de 1966. Ahora bien, esta obra de Nieva también hubiera sido prohibida en la IIª República, con el Reglamento de Espectáculos Públicos, promulgado en Mayo de 1935, y que en su Artículo 95 dice expresamente: “Los actores que tomen parte en el espectáculo no podrán dirigirse al público en ningún caso, y sólo la Empresa o su representante serán los únicos autorizados para dar explicación sobre cualquier incidente durante la representación, salvo los casos en que lo verifiquen en nombre de la Empresa o su representante, y siempre con anuencia del Delegado de la Autoridad”. Esto es, la República expresamente prohibía la comunicación directa entre la ficción concretada en los actores-personajes – res quae veri simile fieri potest” – y la realidad en sí o res realis concretada en pueblo-público. Aquella República se resistió siempre a la experimentación teatral, a pesar de la posición que ocupaba en el Teatro Nacional la figura de Cipriano Rivas Cherif. Ese tipo de resistencias y prohibiciones no eran inocentes, naturalmente.

Ahora bien, entre la Ley de Fraga de 1966 y la muerte de Franco en 1975, eclosionó sin lugar a dudas el momento culmen del teatro español del siglo XX, y quizás una segunda Edad de Oro del Teatro desde la del siglo XVII. Grupos de teatro independiente y experimental como Els Joglars, Els Comediants, La Cubana, Dagoll-Dagom, Tábano, Ditirambo, La Cuadra y la Furias dels Baus, por mencionar sólo unos pocos, eclosionaron en estos nueve años del más grande nivel teatral español y último capítulo del régimen de Franco, para después desvanecerse poco a poco y hasta desaparecer con la llegada de la libertad paradójicamente. Son los años en que triunfaron de forma rotunda todo el teatro de Miguel Mihura, Edgar Neville, José López Rubio, Antonio Buero Vallejo, Jaime Salom, Alfonso Sastre, Lauro Olmo, y José Martín Recuerda, entre otros. La televisión pública, TVE1, a través de programas como Estudio 1, ofreció durante años los viernes por la noche lo mejor del teatro internacional contemporáneo, sin censura alguna: Bertolt Brecht, Ionesco, Arthur Miller, Bernard Shaw, Oscar Wilde, Peter Weiss, George Büchner, Paul Claudel, etc. Quizás la gigantesca figura de José Luis Alonso explique un poco este tiempo de libertad teatral. Curiosamente Francisco Nieva será el gran escenógrafo de todos los autores que acabo de citar.

Desde la muerte de Franco hasta la llegada de los socialistas en 1982 se abre el período del gran triunfo del complejo, carísimo y de grandes hazañas técnicas teatro de Francisco Nieva. En esos siete años el autor valdepeñero se convierte en la gran estrella del alto teatro español. Es la época de Sombra y quimera de Larra, El combate de Ópalos y Tasia, La carroza de plomo candente, Los baños de Argel, La Señora Tártara, Delirio de amor hostil, La Paz y Coronada y el Toro, su último gran éxito antes de que los críticos de teatro se transformasen en comisarios políticos del PSOE gobernante. Para Nieva en particular la severidad de la censura franquista nunca terminó, sino que se mantuvo con los responsables de la Administración socialista. Antes de la llegada al poder de los socialistas, su obra se había representado en teatros oficiales y comerciales, incluyendo tres grandes estrenos en el María Guerrero. Con la victoria socialista la inmortal obra de Nieva comenzó a no despertar interés alguno. Durante los cinco años posteriores a la representación de Coronada y el Toro en julio de 1982, en Sevilla, hasta junio de 1987, vivió el período más negro de su carrera artística, sin poder subir a escena ni una sola de sus obras. Años más tarde, Paco Nieva reveló lo que él había considerado la raíz de este silencio público: la envidia. “Todo éxito verdadero – afirmaba – suscita despecho y envidia. La mejor forma de satisfacer esos rencores es mezclarlos de un modo u otro a la política, que es el albañal de las delaciones y el mejor refugio de Caín”.

Para poder salir de la mazmorra socialista a la que le habían metido los Haro Tecglen y otros comisarios políticos, Nieva tuvo que fundar su propia compañía con la ayuda de Juanjo Granda para poder representar obras como Los Españoles bajo tierra, Nosferatu o Pelo de tormenta.

Coronada y el toro es una delirante comedia política, una sátira contra todo despotismo, aquí encarnado en un espantoso Zebedeo que hasta quiere poner a los Cielos bajo su mando, y en donde el pueblo es un cúmulo de negros bultos que bandean lentos y con la ingravidez de los sueños. Cuando las cosas van mal España baila una jota de tinieblas, y pone betún a lo negro. El aparente toro de la fiesta llega de noche, en lo oscuro, aunque en realidad es una Monja Hombre que va a cobijar bajo su manto a dos mujeres perseguidas y a un torerillo. Entonces Zebedeo exhorta: “Id apuñalando la noche hasta llegar a vuestras casas!” Frente al poder bestial, de pura fuerza amenazante de cárcel y muerte, de Zebedeo y sus esbirros, como Tenazo, está el espasmo de la libertad encarnada en su poderosa hermana Coronada, cuyas palabras salen siempre como titiriteras desnudas que blasfeman en el columpio. Coronada, anhelosa Pasifae de la libertad y de la vida fuerte y aleluyática, sagrada, despidiendo siempre bolluscas de deseo vital. En ocasiones la liturgia de la misa está parodiada en la obra, toda una pieza mitológica con el aliento de los clásicos. Un poder absoluto y bestial, como el de Zebedeo, que maldice como un rey egipcio siempre bestializa al pueblo que lo sigue. Por eso aquí el pueblo domado por la sola violencia es populacho fidelón, miserable, flor de quejido, triste ralea. La perorata que endilga en la escena del cementerio a los muertos de su pueblo es toda una joya literaria que permanecerá. Aquí el toro de España salva nuestra libertad. Demasiada libertad para los socialistas, sin duda.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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