Malos tiempos cuando los gobiernos han de controlar los afectos. De acuerdo estoy en evitar cuanto de mi esté en medios y medidas, más no por ello convencido quedo que sean los césares quienes vengan a poner remedio a nuestros apegos. Confiscar sentimientos, que ni abrazos ni besos puedo, vulneran mis privilegios porque mi amor no tiene precio, y si por tasarlo hubiera empeño, sobre mi cadáver pasar espero, pues ningún ejercito por numeroso y egregio tiene por ley derecho. Lo mío es solo a mi persona ser dueño, mis penas y alegrías las llevo dentro y ni aun abriendo mi pecho verán lo que en él conservo. El amor de los míos lo hallo en lugar tan secreto que no ha de ser avistado ni con el fuego del infierno. Nada temo. Nada me arrebata mientras lo mío guarde oficio con mis deseos, más en malas horas de sacrilegio quien ose privarme de mis afectos salga a campo abierto si en juicio de cordura osaren los penates y gobiernos enfrentarse a mí en duelo. Los diosecillos bahúnos cuando se crecen más de la cuenta conviene bajarlos hasta las faldas del monte y en un claro del bosque hacerles doblar hinojos hasta que respinguen como zanquituertos con urgencias de vientres sueltos.
Y dicho esto, que era cosa de retuertos pensamientos, decir que tengo los ojos acostados, más aún no resoplo, señal que mis sentidos andan prestos de aconteceres. De ahí que mis oídos alcancen los murmullos que revolotean en soniquetes que algunos mozalbetes tienen a bien expandir en cercanía de mi persona. Me gusta escuchar, no por afán de apropiarme del resuello de las palabras ajenas, sino por engarzar en mi libreta de apuntes lo que ha de servirme para enhebrar enredos en forma de renglones más o menos rectos. No olviden mis queridos lectores que a este hacer mío se le conoce como escritura. Cosa diferente es que el autor se guarde en méritos de obra y así lo sea reconocido por los instruidos lectores que me someten a juicio.
Andaba yo en hora, como antes dijera, de encontrar palabras cuando un grupo de chicos y chicas debatían sobre las modas de la nueva normalidad. Entre ellos había consenso en llamar a los jóvenes por su nombre mientras que a los mayores tan solo se les refería como seres molestos. Según el viento que de favor me traían los decires de estos elementos el argumento no era otro que volver del revés lo antiguo y lo moderno. A bien oír detallaban que los mayores de más de 65 los años ya deberían estar fuera de todo censo para ahorrar dineros en beneficio de los modernos. Porque a día de hoy, según sus hablares, ya no estamos en una sociedad de ejemplos, lo que se lleva es lo nuevo y como tal sobra y sobramos todo lo que venga de viejo. Esto traído a buen entender viene a decir que el cielo no se lleva y que la virtud del pecado es la moda del momento.
Hoy el virtuoso carece de premio mientras el infierno abre sus puertas entre albricias y redimes de cuantos tornan su fe en delinques y mala vida, pues la cosa sale gratis y bien vistas están las tropelías, los hurtos y el desvencijar todo orden. Hoy la moral, esa doctrina del obrar humano, se guarda en salmuera para tiempos menos grotescos, pero eso, a mi juicio, será cosa de tardanza y a saber si el nuevo destino de la humanidad hará que vuelva la suerte de la bondad. Corren tiempos de haraganes, que si bien no todos son de igual ralea, menester conviene tener en cuenta la buena cosecha en vagos y maleantes que se extienden como mancha de aceite. Ahora las leyes están desviadas de razón para el inocente y cualquiera aprovecha la ocasión para zalear sus maldades a sabiendas que los tiempos son otros y el botín de lo ajeno queda en beneficio de inventario entre ladrones y untados, que para la sustancia es el idilio perfecto.
Nada de lo que está sucediendo es deseable, pero es lo que en buena parte del mundo viene aconteciendo desde años postreros: guerras, hambruna, calamidades al retortero, mientras en esta otra parte del planeta quedamos quietos al entender que eso sucede siempre a los que están lejos. Es la vida alrededor nuestro la que debemos dar por cierto, pues todo aquello que por entender nos pertenece yo os digo que tan solo se trata de un préstamo. Por eso nada encontramos contra más buscamos, salvando aquello de usar y tirar, el resto es hueco que ahí dejamos para después de muertos. Las desdichas forman parte de la naturaleza humana y en descarga de la bondad de cuantos son acreedores de ella por sus silentes obras, cabe decir que el resto andamos como pollos sin cabeza, sobre todo por nacer en lugar de privilegios aunque creamos en que así lo parezca. Y de ahí parte lo que en deuda guarda la vida cuando nunca es suficiente y valoramos más lo que deseamos que lo que tenemos. Y alguien preguntará: -“Todo eso está muy bien, más yo nací mendigo y llevo toda la vida deseando vivir mejor”- y no falto de razón aquí entra en juego esa manera que tenemos de huir hacia parte ninguna dando por hecho que ese no es asunto nuestro, mientras las colas del hambre van en aumento.
De esta saldrán cuantos hayan de ser, algunos bien y otros zaheridos por causas que no se podrá entender, más la especie humana guardará en oportunidades para seguir tropezando en idéntica piedra, pues lo de salir mejores ya tuvimos ocasión en la primera oleada, después se nos hizo creer que éramos más fuertes y que los gobiernos nos cuidaban de todos los males y creímos en la falta de responsabilidad como remedio de un mundo mejor, pero todo quedó en falso juicio de la verdad. Y aquí seguimos, por un lado los que exageran, los que niegan, los que obedecen, los que saquean, los que se arrogan méritos, los que confinan, los que atemorizan, los que censuran, los que predican, los que mienten. Por otro lado, sencillamente los que estamos hartos de estar hartos y queremos empezar de nuevo para no olvidarnos de nuestros abrazos y besos.