www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Geografías literarias

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 06 de noviembre de 2020, 20:03h

La trama de las grandes obras de la Literatura Universal suele discurrir sobre una geografía, sobre un telón de fondo, que aunque se ajusta a una toponimia real, en hidrónimos, orónimos y corónimos, es básicamente un lugar recreado por el universo literario del autor, es también, a fin de cuentas, literatura. Así, por ejemplo, la más transcendente quizá de las aportaciones virgilianas al género de la poesía pastoril, églogas o bucólicas, es la invención de la Arcadia. La Arcadia es el paisaje literario sobre el que se desarrollan sus diez Bucólicas y, a partir de ellas, toda pastoral literaria y, en general, artística de Occidente, que eclosiona de forma sublime y singular en el napolitano Jacopo Sannázaro ( Virgilio también escribía su pastoral en la Campania napolitana ). Es verdad que en algunos momentos la escena de las Bucólicas tiene un referente real más o menos estilizado, como la llanura del Mincio, la patria de Virgilio, o Sicilia, la patria y ámbito literario de su modelo, Teócrito, padre del género de la poesía pastoril con sus sublimes Idilios. Ahora bien, ¿qué explicación dar para que la Arcadia, región central del Peloponeso festoneada por un circo de montañas que la saca de los caminos de la Historia, y que Virgilio jamás conoció, figure en sus églogas? Solamente el hecho de que Pan, el dios por excelencia de los parajes rústicos y boscosos, fuera originario de la Arcadia griega da un mínimo soporte a la invención virgiliana, que es, sobre todo, eso, una invención, un descubrimiento del vate mantuano, “el descubrimiento de un paisaje espiritual”. La recóndita Arcadia, además, era un barco varado en la Historia de Grecia, y su vida anticuada podía corresponder mejor con la pureza y la inocencia de un paraíso de pastores – no ya los de la Galatea cervantina, que te pueden sacar la navaja albaceteña -.

Los pastores de Virgilio y de la tradición teocritea ( Tirsis, Títiro, Bato, Coridón, Comatas, Lacón, Dametas, Simíquidas, Lícidas, Frasidamo, Buceo, Milón, Melibeo, Alexis, Menalcas, Palemón, Mopso, Cromis, Mnasilaos, Alfesibeo, Damón, o el gañán Meris) , parecen caballeros tan ilustrados y galantes – igual que los posteriores de Sannazaro, Garcilaso, Philip Sydney o de Christopher Marlowe – que es lógico que María Antonieta, vestida de pastora, hiciera fiestas irremediablemente galantes en la Arcadia de su Trianon.

También La Mancha de Cervantes – a pesar de la voracidad insaciable de los políticos regionales y locales, y sus peregrinos itinerarios imposibles – es una geografía literaria, una tupida red de ventas fantásticas y amenos parajes encantados. Y lo mismo el Macondo de Gabriel García Márquez, o el Dublín de James Joyce, o la Pantaélica de Francisco Nieva, y los mil mundos más creados por la Literatura. Estas creaciones de nuevos universos se han dado copiosamente también en la literatura filosófica: ahí está la ciudad de Callípolis de Platón, especialmente presente en los libros de I al V de su República, o La Ciudad del Sol, de Tommaso de Campanella, o la Nueva Atlántida, de Francis Bacon, o la Utopía, de Tomás Moro, con su título antigeográfico y antigeodésico, o la subterránea geografía de Lord Lytton en La Raza venidera, que nos anticipa Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y, en cierta medida, 1984, de George Orwell. Es verdad que como nos señala el aristotelismo tomista, “nihil est in intelectu quod prius non fuerit in sensu”, y que los parajes literarios son desarrollos intelectuales de lo que ven nuestros ojos, y que hasta el gran marquesado de Galapagar, trasunto del Reino de España, puede tener una referencia en el mundo de aquí, pero ese vínculo no desmiente el hecho de que la geografía literaria y filosófica no responderá jamás con exactitud a los mapas de geografía física y política; es un derecho o fuero de la creatividad humana, que participa del don más propio de la Divinidad, junto al del amor. La cartografía de la inventiva literaria responde a escalas absolutamente distintas a las del geógrafo o agrimensor.

La Geografía humana del hombre occidental en cuanto heredero de la mitología y la filosofía griegas es una geografía de varios planos y mapas, en donde se cruzan lo transcendente y lo terreno, los espacios entrevistos por los ojos del cuerpo y los presentidos por los del alma. El hombre no sólo habita en un único territorio, como mínimo en los tres que describe Dante en su Divina Comedia. El hombre nunca ha vivido en un solo mundo, como los animales que lo rodean en la Naturaleza, lo cuales tienen un mundo llamado medio, sino que vive, simultáneamente, en varios y diversos mundos, en varias o diversas geografías vitales, o en un espacio vital compuesto de varias geografías que lo hacen muy complejo. Cuando sueña, dormido o despierto, suele construirse o imaginar un mundo muy superior por su felicidad y plenitud al que está viviendo. Y el hombre acaba por creer en ese mundo o espacio ensoñado, por la sencilla razón de que es tan necesario para él, que lo puede llegar a convertir en su geografía más íntima y más verdadera, aquella que mejor lo define y hace al hombre su habitante esencial. Pocos escritores han conseguido expresar esto tan bien como Francisco Nieva en su novela El primo mentiroso, Premio de Novela Ducado de Loeches, y publicada en 2004 por Ediciones Irreverentes. Aquí Nieva, desde una geografía barroca y delirante, inspirada en paisajes del gran José Hernández, en donde las nubes son integradas en la arquitectura, y en un paisanaje sacado del simbolismo de pintores como Puvis de Chavannes y Gustave Moreau, describe la realidad literaria de un durmiente que gracias a ciertas drogas es capaz de vivir en dos universos paralelos con dos geografías literarias distintas, aunque no más literaria la de allá que la de acá. En la de acá está el mundo de los fantasmas y los muertos, en la de allá un mundo en que el género femenino domina al hombre por completo, hasta subyugarlo, y cometiendo las mismas imbecilidades que el hombre comete acá.

Por otro lado, la Geografía no es un cristal fijo, sino que siempre y aún hoy no para de mover las tierras y países de los mapas. Así, no es inoportuno relacionar el origen de nuestros términos latitud y longitud con esta manera que tenemos de exponer la realidad geográfica. Hoy en día los utilizamos sin tener en cuenta su sentido originario, pero, para los griegos, los conceptos de mêkos ( largura, extensión, duración ) y plátos ( anchura, extensión ) se relacionan con la imagen que se tenía de la ekoumene. Ellos pensaban que se extendía más de oeste a este que de norte a sur, por lo que el sentido de los paralelos fue considerado “longitud” en el sentido de “dimensión mayor”, un sentido que, evidentemente, no tenemos presente hoy en día. Y es que probablemente sea más real la geografía literaria que la geografía cartográfica, La Mancha de Cervantes que La Mancha de Page.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (16)    No(0)

+
1 comentarios