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TRIBUNA

El caldo en el que nos cocemos

martes 10 de noviembre de 2020, 08:39h
Actualizado el: 11/10/2020 20:29h

Seguro que alguna vez se han hecho la pregunta: ¿Cómo es posible que pese a sus infinitos dislates Pedro Sánchez siga liderando las encuestas de modo que si se celebraran elecciones mañana volvería a ganarlas, incluso por un margen mayor que las anteriores? ¿A qué puede deberse tan raro prodigio? ¿Simplemente a la cocina del chef Tezanos? ¿O será que a los españoles la pandemia nos ha vuelto ciegos, sordos y también un poco lelos? Hay quien se contenta respondiendo “sí” a la primera pregunta y “quizá” a la segunda, pero yo creo que es interesante intentar comprender otros porqués.

Cuando en noviembre del año pasado (Dios mío, pero si parece que fue hace un siglo) Sánchez ganó las elecciones generales con el más exiguo número de diputados de toda nuestra historia reciente, hasta los más afines le auguraron una legislatura de infierno. Las matemáticas son tozudas y, sencillamente, las cifras no daban. No daban para cualquier otro tipo de dirigente pero sí para uno dispuesto a traicionar todo lo que había asegurado con anterioridad (“yo no podría dormir tranquilo con Podemos en el gobierno”, etcétera) dispuesto a pactar con el diablo (léase Bildu y los independentistas) y luego caer en brazos del BNG, de Compromis y del sursuncorda.

Aún así, y una vez consumadas tan inverosímiles alianzas, los observadores políticos continuaron mostrándose escépticos. Cría cuervos y te sacarán los ojos, vaticinaron todos, antes de recordar también aquello de que quien con niños se acuesta ya sabemos cómo amanece. Sin embargo y asombrosamente nada de esto ha sucedido de momento. A Sánchez nada parece pasarle factura, ni durante la pandemia y tampoco ahora que toca aprobar los presupuestos. ¿Habilidad napoleónica de Sánchez a la hora de sortear obstáculos, de practicar el divide y vencerás, de moldear voluntades? ¿Dotes persuasivas dignas de Metternich? ¿Resiliencia a lo Ghandi? ¿Acaso dotes de tahúr del Mississippi al estilo Suárez? Sin duda él y sus palmeros lo creen que sí, sin embargo, su éxito en todos estos frentes se explica mejor con un símil futbolístico. Los cuatro líderes antes mencionados eran sin duda fecundos en ardides, escurridizos, e incluso en muchos casos tramposos, pero se ceñían las reglas del juego establecidas o al menos se tomaban la molestia de fingir que las acataban. Los ardides de Sánchez en cambio son más de brocha gorda y remiten a otra clase de jugadores menos respetados y respetables. Él se mueve en la liga de aquellos que juegan al fútbol cogiendo la pelota con la mano. O, lo que es lo mismo, saltándose todas las reglas. Encaja por tanto mejor en la liga en la que jugaba Fidel Castro, por ejemplo, que supo hacer cierta esa frase de Lenin sostiene que la libertad es algo precioso. Tan precioso que debe ser racionada cuidadosamente… Más de la escuela de Evita Perón, a la que le gustaba afirmar que “cueste lo que cueste, no dejaré piedra sobre piedra que no sea peronista”. O de la Nicolás Maduro, con su memorable frase “No dudaré ni un milímetro de segundo (sic) en hacer lo que debo hacer”. Y por fin, puesto que todos los populistas tramposos sean del espectro político que sean se parecen, a punto está Sánchez de hacer cierta la más mítica de todas las frases de Donald Trump: “Yo podría disparar a gente en la Quinta Avenida y ustedes me seguirían votando”.

¿Cómo se produce un fenómeno de impunidad política de esta índole? ¿Qué es lo que hace que a determinados mandatarios se les perdone todo y a otros no? ¿Está dicho fenómeno relacionado con determinadas tendencias ideológicas? ¿Tiene que ver con la tan cacareada superioridad moral de la izquierda, de modo que florece preferentemente en países emergentes o poco vertebrados? No da la impresión de que así seas si tenemos en cuenta los ejemplos de Donald Trump y Boris Johnson.

Trileros, tramposos, funambulistas y fulleros políticos ha habido siempre, pero, al menos desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta hace muy poco, solían prosperar y salir reelegidos solo en países en los que la democracia brilla por su ausencia o es un mero adorno simbólico, como en la Rusia de Putin o en la Turquía de Erdogan. El dato inédito y a la vez alarmante es que este tipo de mandatarios rijan también los destinos de democracias consolidadas como la nuestra y lo hagan además con una alta aceptación, según las encuestas. En realidad, el secreto de su éxito es tan simple como eficaz y lo conocen todos los sátrapas que en el mundo ha habido: Si uno se salta las normas, no respeta principios ni tampoco instituciones descubre que … no pasa nada. Nada. Ni siquiera en países democráticos, porque la estupefacción de sus ciudadanos (¿cómo? ¿realmente pueden pasar este tipo de cosas aquí? ¿será posible?) los deja, al menos en un primer momento, noqueados, inermes. He aquí el descubrimiento y a la vez el verdadero triunfo de los populistas. Pero si además a esta pócima unimos otras dos viejas argucias que siempre dan buenos réditos, el “divide y vencerás” y el apelar no a los buenos instintos de la gente sino a los más bajos e inconfesables. Si luego añadimos a la cocción el dato de que vivimos en tiempos de posverdad, por lo que nunca ha sido tan fácil manipular la opinión pública. Y si por fin salpimentamos el guiso con un ingrediente autóctono, el hecho de que en España funciona a las mil maravillas agitar el espantajo de ¡Que vienen los fascistas!, ya tenemos la exitosa estrategia de Sánchez al completo. O, lo que es lo mismo, pero dicho con las palabras de las brujas de Macbeth, he aquí el “broth of real trouble”, el caldo de verdaderos problemas, en el que nos estamos cocinando.

¿Sin remedio? ¿sin solución? Lo ocurrido en las elecciones norteamericanas da pábulo a pensar que no. El hecho de que Biden acabe de convertirse en el presidente de los Estados Unidos más votado de todos los tiempos hace pensar que ― al menos en el caso de Donald Trump y esperemos que muy pronto también en el de Sánchez― a punto está de cumplirse el vaticinio de ese otro presidente anterior al que la Historia venera por haber sido capaz de acabar con viejas y consolidadas trasgresiones e injusticias. Decía Abraham Lincoln que se puede engañar a todo el mundo algún tiempo y se puede engañar a algunos todo el tiempo pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Ojalá así sea. De momento, no tener un ejemplo tan funesto sentado en la Casa Blanca es ya un dato esperanzador.

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