El pasado 9 de octubre, el presidente Trump enviaba una carta oficial a su colega de Turquía, Recep Tayyip Erdogan (Estambul, 1954), en la que, entre otras frases, soltaba la siguiente: “¡No te hagas el duro! ¡No seas idiota!”(Don´t be tough guy! Don´t be a fool!).
Erdogan no contestó, y no tuvo la necesidad de explicar su decisión. Podía ignorar gratis a Estados Unidos con su despectivo silencio.
Trump estaba en campaña electoral, pero lo cierto es que con la misma frivolidad ha tratado siempre los asuntos de Turquía y sus relaciones con Erdogan. En este caso, Trump le amenazaba con represalias económicas, como había hecho en el pasado cuando Turquía encarceló a un predicador evangelista norteamericano, si Erdogan mantenía una alianza táctica con Rusia y Siria, que estaban atacando a grupos armados kurdos, amparados por Estados Unidos. Erdogan no solo no contestó a su carta, sino que siguió persiguiendo a los kurdos.
Los kurdos fueron decisivos para acabar con el Estado Islámico, un artefacto que difundió terrorismo durante los años de su existencia, pero como Trump decidió irresponsablemente sacar sus soldados y terminar con la protección aérea en la zona kurda (¡una traición a los combatientes kurdos!), las fuerzas armadas de Turquía pudieron ignorar la carta de Trump, y sus amenazas, pues sabían que todo era el constante postureo electoral del presidente de los Estados Unidos de América. Además, en varias ocasiones, Trump se ha mostrado identificado con acciones burdas, e incluso ilegales, del presidente turco. Erdogan, como Putin, Bolsonaro y otros dirigentes del mismo perfil populista, han sido elogiados por las mismas cosas por Donald Trump. A todo esto, Turquía pertenece a la OTAN, y por eso pensábamos muchos que esa alianza militar estaba en peligro de desaparecer si Trump hubiese ganado las últimas elecciones.
La Turquía de Erdogan es una peligrosa pieza suelta del sistema internacional en los próximos años. Dentro de las prioridades de Biden para restaurar y refundar un necesario multilateralismo, Turquía aparece en el mapa como el espacio más inestablemente complejo de todos los que necesitan atención y acciones cooperativas internacionales.
Estambul, la antigua capital otomana, y la ciudad turca más grande ( y también de Europa: 15 millones de habitantes), relaciona Europa y Asia a través del estrecho del Bósforo, es un resumen de las dos almas de Turquía, la occidental europea y la oriental asiática. Estambul fue Bizancio, fue Constantinopla, fue la segunda Roma, fue el Imperio oriental, el Imperio latino, la ciudad de las ciudades europeas durante la edad media europea, hasta que cayó en poder de los turcos en 1453.
Aunque la República fundada por Mustafá Kemal Ataturk en 1923, tras derrocar al último sultán, trasladó la capital a Ankara, Turquía no sería lo que es sin Estambul, por su historia, su situación estratégica, su cultura plural, su economía y su peso demográfico. Orham Pamuk (Estambul, 1952), premio Nobel de literatura de 2006, él y su obra resumen lo que quiero significar.
Otro significado de lo que Estambul supone, lo encontramos en su alcalde, Ekuem Imanoglu (Trebisonda, mar Negro, 1970), un creyente en el Islam, pero que profesa la ideología socialdemócrata de su formación política, el Partido Republicano del Pueblo, fundado por Ataturk, con sus principios de defensa del laicismo y de la europeización de Turquía, y que evolucionó hasta integrarse en la internacional socialista, con líderes excepcionales como Bulent Ecevit (Estambul, 1925-2006).
La importancia que tiene Estambul para el neosultanismo de Erdogan quedó patente cuando su gobierno, con un autoritarismo deleznable -y que aumentó las prevenciones de la UE con su política-, no reconoció que Ekuem Imanoglu había ganado la alcaldía. Fueron anuladas las votaciones, Ekuem Imanoglu reaccionó a la infame maniobra pidiendo a sus votantes que se mantuvieran en calma y afirmando, una y otra vez, que volverían a ganar la alcaldía de Estambul. Entonces se convirtió en un líder nacional, un rival potente de Erdogan.
Y así fue. En 2019, Imanoglu logró el 54 por ciento de los votos, derrotando, nada menos, que al antiguo primer ministro de Erdogan.
Estambul sigue siendo una pieza básica para la democracia turca, amenazada por los designios de Erdogan que está intentando resucitar un nuevo sultanato otomano-islamista que convierta a Turquía en una potencia anti-occidental en Oriente Medio. Tarea para Biden, y especialmente para la Unión Europea.