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TRIBUNA

Esquela por la escuela

jueves 03 de diciembre de 2020, 20:09h

Contemplo con melancólica ironía los programas de transformación del oficio del maestro. Es cierto que, llegados al punto en que nos hallamos, parece imprescindible ensayar cambios que nos saquen de la degradación del viejo oficio. Pero no me refiero al abandono escolar temprano, ni al número de los que repiten curso. Esos números preocupan a los políticos y a los técnicos, pero yo no soy una cosa ni otra. Me refiero a una descomposición de los modos tradicionales de la enseñanza en una sociedad de individuos que se han deshecho de todo vínculo antropológico y que rechazan cualquier figura de autoridad.

Sorprende que, en otros respectos, nos encontremos con profundas semejanzas entre nuestra sociedad alfabetizada y las viejas comunidades de tradición oral. Entre nosotros todo el mundo lee y escribe, sin embargo, se ha hecho de esa técnica – vieja como la historia – una herramienta al servicio de la operatoriedad más inmediata, alejada de toda forma de “literatura”. Nuestros lectores se agotan ante un texto de más de 280 caracteres, si no mucho antes. Los textos de Whatssapp se resumen en mensajes de contenido rutinario y cotidiano. Es una escritura inmediata y banal cuya contraparte son ciertas habilidades audiovisuales, que parecen crecer en proporción a la pérdida de la capacidad narrativa. Pero no hay que engañarse: entre las capacidades audiovisuales sólo se multiplican los recursos del publicista.

La capacidad narrativa es un requisito previo al desarrollo de una literatura ensayística, de carácter teórico y no estrictamente dramático, pero es previa a la difícil habilidad de hallar la idea en el drama, el pensamiento en la vida, de manera que también el cine se ve afectado. Hemos de empezar por narrar o, más simplemente, redactar. Las dificultades de expresión lingüística hacen impensable la figura del erudito, pero también la del narrador analfabeto que podía tenernos prendidos de su discurso durante horas. El publicista ocupa hoy su lugar, porque la imagen se usa más al modo de la publicidad que del cine, hasta el punto de que el propio cine ha cobrado un cariz publicitario: su carácter icónico oscurece su carácter dramático y, por supuesto, su posibilidad crítica o teórica. Apenas se puede ver hoy eso que – ciertamente con fórmula pedante – se llamaba “cine de ideas”. Al fin y al cabo “idea” y “video” proceden de la misma fuente. Nuestro modo de ver está siendo vaciado, porque veíamos a través del logos y es éste el que está siendo aniquilado.

En efecto, son las letras las que han sido laminadas por las sucesivas reformas educativas, en una sociedad en la que parece ya innecesaria la palabra y, muy especialmente, la palabra escrita; mientras nos ahogamos en multitud de “mensajes de texto”. Esa pérdida es fundamental: no creo que este colapso deje intactas a las ciencias físico-matemáticas o a las tecnologías derivadas. Por un tiempo servirá la inercia de una tradición arruinada, pero ya hoy la catástrofe es perfectamente visible para todos los que, en este mundo cegado por las imágenes, puedan todavía ver. Cuando hablo de “las letras” señalo especialmente a las humanidades, porque las ciencias sociales – esas curiosas “ciencias de letras” en las que la matemática ocupa un lugar secundario – chapalean desde hace décadas en su lenguaje formulario y esclerótico o en jergas de una academia deshonrada.

La solución que se ofrece pasa siempre por la formación de docentes en las más recientes tecnologías de la información y la telecomunicación, que es la anticomunicación en el más elemental sentido antropológico. Una formación complementada con habilidades psicológicas que dará docentes entrenados en el trato con subjetividades blandas, y en métodos pedagógicos pueriles y visuales en los que la palabra – si no está formalmente excluida – ocupa un lugar marginal. En la infantilización está incluida la negación de la palabra, para todos los que todavía saben, para decirlo con Alfonso Reyes, “lo que las palabras traen adentro”. Estas reformas han logrado la perfecta demolición de la escuela, lo que – como muestra Michéa[1] – ha sido su propósito apenas escondido.

Soy un profesor veterano que quiso ser maestro. Un título que no he merecido, aunque he obtenido algún reconocimiento – al tesón – por parte de uno u otro alumno. Esa veteranía que alguna vez tuvo un valor positivo, induce ahora la sospecha de una responsable obsolescencia. Los viejos siempre se resisten a las novedades y la educación está en un proceso de extrema renovación en cuya vanguardia avanza el ariete demoledor de las tecnologías de la información y la comunicación. En realidad, no queda nada por derribar.

Podría consolarnos pensar que la restauración de la escuela requiere únicamente de ocio o tiempo libre (scholé) y de un cierto caudal de libros y papel: ríos de tinta. Pero no conviene engañarse: tanto los libros, los libros reales y determinados que serían necesarios, cuanto la libertad del ocio, están ya a muy lejos de nuestro alcance.

[1] Jean Claude Michéa. La Escuela de la Ignorancia y sus condiciones modernas.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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