En 1988, Bruce Chatwin (1940-1989) publicó “Utz”, una novela breve y misteriosa que en España editó Muchnik. En ella, el autor viaja a Praga durante la Guerra Fría tras los pasos de Kaspar Utz, coleccionista de porcelana de Meissen, erudito y enigmático humanista interesado por la Cabalá y los enanos. Chatwin sabe de él gracias a un amigo historiador que le recomienda visitarlo en la capital de Checoslovaquia. A juicio de este amigo, nos dice Chatwin, «los auténticos héroes de esa situación imposible eran quienes no dejaban escapar un murmullo contra el Partido o el Estado, y sin embargo parecían preservar dentro de sus cabezas la totalidad de la civilización occidental». Concluía el amigo que «con su silencio […] le infligen un insulto supremo al Estado: se comportan como si éste no existiera».
El gran Roger Scruton cuenta algo en «Cómo ser conservador» (Homo Legens, 2018) cuando describe a los asistentes a una conferencia suya en un apartamento privado de Praga allá por 1979: «en esa habitación se reunía un baqueteado resto de la intelectualidad de Praga: viejos profesores con sus raídas chaquetas, poetas de cabello largo, estudiantes con la frescura en el rostro a quienes habían negado el ingreso en la universidad por los crímenes políticos de sus padres, sacerdotes y religiosos de paisano, novelistas y teólogos, un aspirante a rabino e incluso un psicoanalista […] Todos pertenecían, descubrí, a la misma profesión, la de calefactores». Scruton se reúne con unas personas que resisten en silencio y para quienes «no había nada tan importante como la supervivencia de su cultura nacional». No ha de sorprendernos, pues, que el gran líder de la Checoslovaquia democrática fuese Vaclav Havel, un poeta.
Creo que ambos libros se complementan para darnos claves de resistencia en medio del marasmo de la España actual. La novela de Chatwin, celebra la fortaleza interior, la dignidad de quien sigue sirviendo el café en la mejor porcelana que tiene y vistiendo una raída chaqueta inglesa de tweed marrón cada vez que está en presencia de los oficiales alemanes que ocupan Praga. Por supuesto, son símbolos, pero es que los símbolos son muy importantes. Cuando, en nuestro país, se trata de bajar el nivel educativo y cultural hasta el subsuelo, es precisamente cuando más debemos defender la urbanidad, la educación y la cultura. Hoy lo transgresor es, por ejemplo, tratar a las personas de usted, llevar corbata y mostrar respeto por la religión en lugar de burlarse de ella.
Por supuesto, todo régimen comunista tiene a sus artistas e intelectuales de cabecera. Naturalmente, es irrelevante si de verdad tienen sensibilidad o talento para el arte. Lo que importa -lo único que importa, en realidad- es su militancia política. Depende de ella que se les abran las puertas del reconocimiento y la pretendida superioridad moral reservada a los “intelectuales”. A los demás, les están reservados el silencio, el olvido y, en algunos casos, la calumnia, la cárcel o la muerte.
Sin embargo, toda opresión genera sus formas de resistencia. En toda Europa Central y Oriental existieron publicaciones clandestinas y libros prohibidos que circulaban de mano en mano. Frente a la prescripción cultural oficial -que también se presentaba como progresista, revolucionaria y liberadora- había un circuito cultural independiente que se resistía a morir. Funcionaban bibliotecas secretas que prestaban libros traídos de Occidente. Había representaciones teatrales en las lenguas que la jerga comunista había ido contaminando. Ir a misa podía acarrear el desprecio, la burla o la cárcel -la represión iba por grados según los países- pero los comunistas no lograron extirpar la práctica religiosa.
Lo que me parece más interesante y valioso para nuestro tiempo es que esa vida cultural floreció y se mantuvo al margen y, en realidad, “frente a” las instancias oficiales. Fuera de los grandes mecanismos de formación de consensos -los medios de comunicación de masas, los grandes prescriptores culturales que señalan lo que es de buen gusto, lo que ha de tenerse por “cultura” y lo que no- había un caudal vivo y fresco de creación que trataba de preservar las culturas nacionales frente a la uniformidad de los consensos de la izquierda. Había algo de verdad es esos libros prohibidos, en esa música silenciada, en ese teatro recluido en las tinieblas que ninguna maquinaria de propaganda podía sofocar. Con su deseo inquebrantable de preservar su colección de porcelana intacta y cuidada frente al horror gris del comunismo, Utz simboliza la dignidad de la resistencia individual frente al totalitarismo. Se dirá que calla, pero no es cierto: su silencio es elocuente, aunque pocos lo escuchen. Se puede hablar con palabras, pero a veces cabe expresarse sin ellas.
En la España de hoy, cualquier pretendido artista cree que puede insultar a los demás, profanar los objetos sagrados de una religión -generalmente, la católica- y revestirse de esa autoridad moral que la izquierda parece tener en exclusiva para denunciar a quienes responden a los agravios. Basta tener el reconocimiento de la intelectualidad de izquierdas para creerse investido del poder de ofender, censurar y denunciar a los demás sin recibir respuesta alguna. El calor del poder político les hace creerse superiores cuando no lo son.
Frente a esos intelectuales de cabecera políticos, frente a esos músicos de partido y esos actores de carné, cabe también la opción de Utz y de aquellos calefactores de Praga: no participar del aplauso ni celebrar un talento que no existe. El reconocimiento lo merecen aquellos que denuncian su impostura, aquellos que alzan la voz para responderles y quienes guardan un elocuente silencio cuando todos ovacionan al nuevo ahijado político del partido. Hay una dignidad en el silencio que no pueden quebrantar ni los pianos torturados, ni los anuncios pagados ni los aplausos prescritos.