Los regímenes totalitarios siempre han querido que la muerte triunfe sobre la vida. Esta semana hemos vivido como el Congreso de Diputados daba el “vía libre” al proyecto de ley de la eutanasia. Hemos visto como la anterior ministra de sanidad reía con alborozo entre correligionarias tras conocer el resultado de la votación que democráticamente abría la ventana a la muerte, sin haber tenido la oportunidad de un gran debate público ni una consulta necesaria con expertos en bioética.
El Papa nos recordaba esta semana que “debemos amar al prójimo como a uno mismo para construir un mundo donde todos tengamos la posibilidad de realizarnos como personas y como familias, donde se garanticen los derechos fundamentales y la dignidad de todos”.
Los que han aprobado democráticamente este proyecto de ley han olvidado la dignidad necesaria y el respeto a la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte. Un compañero periodista recordada esta semana también que “en un país en el que la gente necesita ayudas para vivir, el Parlamento español legisla ayudas para morir y es que este país se pierde cuando el orden de las soluciones solo sabe facilitar la muerte”.
Estoy seguro que algo funciona muy mal en nuestra sociedad cuando en la sede de la soberanía del pueblo se aplaude la muerte, como hacía la alborozada exministra de sanidad.
Estoy muy triste cuando nadie de esos que aplaudían quieren buscar soluciones con los cuidados paliativos tan necesarios pero tan escasos en nuestro España. Tuve la fortuna de realizar hace unos años varios programas en Radio Nacional de España sobre los cuidados paliativos en un hospital de Madrid y en otro de Vitoria y pude comprobar la gran labor de médicos, psicólogos, enfermeras y auxiliares que han hecho de esos cuidados el eje de su vida profesional.
Se puede, pues, luchar contra la cultura de la muerte con la esperanza de esos cuidados que evitan el sufrimiento. Podemos y debemos no rendirnos ante esta situación de regímenes totalitarios que, recordamos, terminaron también con la vida de miles de discapacitados, que fueron arrancados de los brazos de su padres o cuidadores.
Esta semana hemos ayudado y orado por la vida. Una vida que tiene su fin natural y que nos abre la esperanza de otra vida. Vida, siempre vida, ante la muerte que nos dicen que puede uno pedir. De verdad ¡qué pena!.
Lo siento también por nuestros gobernantes y legisladores que quieren que triunfe la muerte.