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TRIBUNA

La falsa sombra de Ortega

viernes 25 de diciembre de 2020, 20:07h

Julián Marías contaba que, ya avanzada la dictadura de Franco, una publicación comunista, editada en Bruselas, señalaba que los falangistas ya no tenían importancia y que con el Opus Dei siempre era posible entenderse, pero alertaba: “los verdaderos enemigos son los orteguianos”. ¿Qué sentido tenía esa afirmación?

La estela de Ortega y su obra poseen una potente capacidad de contagiar la alegría y el hábito de razonar, cualidades peligrosas para quienes buscan manipular emociones y paralizar las mentes con consignas. Por esto les convenía desactivar el efecto orteguiano.

Mira por dónde, la actividad intelectual, por modesta que sea, cuando está movida por el rigor, el temple y la veracidad, siempre tiene una proyección política que considerar; y si no la contemplas tú, otros te la atribuyen.

Hace unos días, al hojear ‘La Vanguardia’ me detuve en un artículo firmado por el Grup Pròleg con el título ‘Liberarse del fantasma de Ortega’. A pie de página, se anuncia que este grupo (¿prólogo de qué?) está formado por dieciséis miembros. Todos firman ese escrito y declaran proceder de las izquierdas catalanas no independentistas; entre ellos, Victoria Camps, Margarita Arboix, Joan Botella, Josep M. Vallès, Joan Coscubiela o Raimon Obiols. Se constituyó hace tres años “con el afán de recuperar espacios de diálogo democrático en Cataluña y con los demás pueblos de España”, declaran. Están en contra de la vía unilateral independentista y a favor de declarar de forma oficial a España como Estado plurinacional. Pero lo problemas no se resuelven con la exposición de un falso talismán; al contrario, se enredan y se complican.

Pues bien, estas señoras y señores se han dedicado a unir un buen número de palabras, con el objetivo confesado de liberarse del fantasma de Ortega (por supuesto, sin dejar de glosar de forma manida su brillantez). Han recurrido a los tópicos despectivos de ‘minoría directora’, de ‘hombre masa’ y de ‘conllevancia’, y han revelado de ellos mismos si no mala fe, sí mediocridad y pereza. Resulta inevitable preguntarse cuántas páginas de Ortega han leído cada uno de ellos, y con qué penetración. ¿Es posible leer libres de prejuicios el discurso de Ortega en el Congreso el 13 de mayo de 1932, su alocución sobre el Estatut catalán? La distorsionan aquí de modo rancio y previsible.

Le tienen tantas ganas que se acogen a razones de autoridad, a un escolasticismo de mil disfraces, y aluden a la concepción orteguiana que “inspiró la doctrina nacional de la Falange, tal como documentó Javier Pradera”. Acusan a Ortega de forjar argumentos castellanistas que han “arraigado de forma más o menos estilizada en buena parte de las élites políticas, burocráticas e intelectuales del Estado”. ¡Ay, las élites burocráticas e intelectuales del Estado! A Ortega le enjaretan la peor de las intenciones con el término ‘conllevar’, tanto da que uno de estos autores afirmase en 2019 que no había solución al ‘problema’ (catalán o español, según se quiera mirar) y que sólo quedaba buscar alguna salida: “la relación Cataluña/España, como tantos otros binomios, siempre generará una dialéctica sin soluciones definitivas, sólo parciales para una nueva etapa más o menos duradera”.

Todo esto es muy cansino, ciertamente. ¿Por qué no hablamos de la relación Cataluña/Cataluña y se exige reconocer la libertad de culto al dogma y, con él, la Cataluña plural con miles de identidades? El nacionalismo vierte alrededor su mantra exclusivista de catalanidad. Los señores de la meseta y los señores de la tierra se dan la mano y desprecian y boicotean a una mayoría de catalanes que, ninguneados, olvidados o machacados por el ‘establishment’ catalán, están hasta el moño del despotismo ‘procesista’.

Noventa años atrás, Ortega se refería al anhelo de vivir aparte, un vivir casi siempre preocupado y obseso por la soberanía; un problema a veces fatigoso para los demás. Apostillaba: “Cualquiera diría que se trata de un problema único en el mundo”, cuando sucede que es un fenómeno archiconocido y repetido sobre el área histórica.

El nacionalismo, decía el filósofo, no es cuestión de leyes, sino que “requiere un alto tratamiento histórico”. Lo que más desmonta al nacionalismo particularista no es el flamear de banderas y su exhibición mimética (lo que más bien lo estimula), sino que en España vayan bien las cosas, de forma concreta y en todos los órdenes. Ortega hablaba de la necesidad de un ímpetu de elevación ilusionante que movilice a la dormida ciudadanía con entusiasmo constructivo, con “la alegría del proyectar y la seriedad del hacer’. Esta sería una solución relativa y progresiva a nuestro problema nacional. Lo demás son tortas y pan pintado.

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