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TRIBUNA

A día de hoy

Juan José Vijuesca
miércoles 30 de diciembre de 2020, 20:14h
Actualizado el: 30/12/2020 20:32h

Este año, por aquello de la bisectriz marcada por culpa de un virus, hemos sido seleccionados como especie a batir. Lo vivido hasta ahora nos ha debilitado y también sometido a la disciplina del miedo en momentos cuando el calendario alcanzaba unos picos casi insalvables. Fueron muchas las causas que participaron en una debacle tan emocional como cognitiva; y eso deja huella por mucho resistiré y mucha acústica de ingenioso arrebato. Por suerte llegó el mes de junio y el presidente del Gobierno, en un alarde cesarista de los suyos, nos anunció aquello: “Hemos derrotado a la pandemia”; pero el anuario español de 2020, a día de hoy, es muy simple de entender: muertos, paro, hambre y soledad.

Lo peor de todo es pretender conocer más allá de la razón que nos mantiene doblegados diez meses después de la desventura con sus frecuentes réplicas. A día de hoy nada sé de cuanto debiera saber. A día de hoy nadie me explica si el murciélago se comió al chino o fue el chino quien hizo lo propio con el murciélago. A día de hoy solo sé que debo vivir con las ventanas abiertas, bien para que escape el miedo o para que el virus entre y se siente a mi mesa como allegado. A día de hoy una mascarilla ha mutado en mordaza privándome del beneficio de mis besos. A día de hoy me han robado sonrisas al descubierto y nada me han dado por satisfecho. A día de hoy, alguien sabe lo que está sucediendo, pero se guarda en silencios. A día de hoy las mentiras ganan crédito y la verdad pierde terreno. A día de hoy solo sé que no sé nada, porque si mi vida se rige por el conocimiento de lo que me rodea es insólito que llegue antes la vacuna que la gnosis del origen verdadero. A día de hoy mis incógnitas solo son eso, simples adulterios entre yo y mis pensamientos. Mientras tanto, y a día de hoy, continúa sumando la cifra de muertos.

Aquí seguimos sin caer en la cuenta que lo sucedido hasta el momento es algo tremendo, tanto como la de miles de familias destrozadas que estamos dejado atrás casi de manera despiadada. Preocupa la fría realidad tanto como la vaguedad de memoria y eso no trae nada prometedor. Cuando lo que duele es el dolor no hay plan B para las víctimas, tan solo queda el tiempo, esa fracción de segundo conocida como vida; y créanme, para eso no hay vacuna, tan solo una mochila a la espalda de cada cual.

Si algo de interés nos ha traído esta Nochebuena ha sido una sesión de autoayuda para enfrentarnos al nuevo orden en maneras de hacer vida social. Creo que al estar obligados a racionalizar las navidades nos ha brindado la oportunidad de reflexionar, otra cosa muy diferente es que hayamos hecho acto de contrición. Las ausencias marcadas por la traición del virus no ha sido una simple fatalidad, el problema deviene de nuestra falta de autocrítica para enmendar el modelo de vida marcada por los excesos. Sí, hemos subestimado al futuro pensando que nuestro coraje era suficiente para vivir un acomodado presente y que todas las calamidades terrenales siempre les ocurrían a los demás, lejos de nosotros. Se han destapado nuestras carencias por vivir en presente y no apostar por un próximo mañana. Se nos vende que la vida es solo eso, un día tras otro y nada más. Y he ahí que nuestra filosofía de vida se ha desubicado hasta el punto de vivir con una mascarilla obligándonos a agachar la cabeza y desear la llegada de una vacuna que nos devuelva a la vida de antes, es decir, regresar sin pérdida de tiempo a nuestro pasado más reciente, o lo que es igual, continuar sin futuro.

Y de seguir así no dejarán de llegarnos calamidades por muchas vacunas que comparezcan, y no habrá antídoto capaz de erradicar el egoísmo y la indiferencia, la envidia y el rencor, la hipocresía y la mentira. De esta manera se irán consumiendo los mejores caudales que la humanidad ha atesorado con tanto sacrificio a gala de unos valores morales y sociales que se extinguen sin compasión alguna. Se establecerá el desarraigo, la intolerancia y la escasez de sabiduría darán paso al placer como filosofía de vida. Las generaciones venideras crecerán en el ocio más absoluto, en la falta de respeto, en la libertad sin límites, sin ninguna instrucción hacia el amor y la educación. Dejaran a sus mayores en la soledad de los tiempos y practicaran a diario la vida placentera, faltos de responsabilidad, incapaces de advertir otra cosa que no sea el éxtasis por el desorden moral y ético. El futuro será un mundo sin reglas, en donde el nacer y el morir carecerá de valor, pues los sentimientos habrán sido extinguidos.

Yo os digo que en nosotros está la solución, pues la vida no es cosa de uno solo y este virus nos ha puesto a prueba como especie. Si la vacuna nos refuerza frente a un virus, no significa que nos proteja de nosotros mismos. Ni esta ni ninguna otra dosis nos va a proporcionar inmunidad sobre el sentir y el hacer frente a los demás. No consiste en cambiar el calendario haciendo gala de haber salido más fuertes. Nada de eso, si algo está en el ambiente no es precisamente fortaleza, tan solo hemos mutado dentro de una incertidumbre cuya crisálida tiene forma de esperanza. Y esa expectativa tiene el precio de la responsabilidad, del respeto, del esfuerzo y del compromiso.

Para el 2021, y como favor personal, les pido que no mantengan relación ni con este virus ni con cualquier otro que trate de intimar con ustedes.

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