www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Ensayo de Apocalíptica

jueves 31 de diciembre de 2020, 17:51h
Actualizado el: 31/12/2020 20:04h

“La ortodoxia – escribe Orwell – es la inconsciencia” una definición muy próxima a la comprensión gramsciana de la hegemonía como “el dominio que no es percibido por aquellos sobre los que se ejerce”. Diría que tampoco por la mayor parte de los ejecutores. Pero hay un lugar desde el que nos gobierna una potencia consciente, desde el que el constructor del mundo difunde su forma. Es la fuente real de un poder que requiere para su extensión infinita de los actuales medios de constitución de la subjetividad: educación, publicidad, mass media, redes sociales…

¿Quién ocupa ese lugar? Ésa es la cuestión. Habrá quiénes sitúen allí una dialéctica impersonal, regida por principios inexorables. Con esto se oscurece la naturaleza del dominio y se legitima el curso del mundo. Tengo para mí que ese lugar está habitado, es decir, ocupado por una realidad personal, o por sujetos de inteligencia y voluntad: capaces de decisión. Bajo esa fuente real del poder se multiplica el ejército de servidores más o menos conscientes de su labor de difusión y defensa de una visión del mundo, cuya naturaleza apenas advierten. Hoy la hegemonía u ortodoxia biempensante (el goodthink orwelliano) se acerca a la perfección y asfixia cualquier heterodoxia resistente, convertida en signo absoluto del mal.

El dominio hegemónico se extiende a través del orden institucional – en el que agencias de evaluación, comisiones de igualdad o ministerios de la verdad vigilan la expresión de las ideas, dotados de instrumentos pretendidamente objetivos de medición – y alcanza el terreno social en que el reproche ejecutivo al disidente a menudo adopta la forma de agresión directa. No basta ya con guardar silencio, empieza a ser necesario proclamar de modo visible la bondad de nuestro líder, servidor incansable del único pensamiento y simple portador de la Ciencia: capaz de separar con su lengua de fuego la realidad de la quimera.

El líder no es, en verdad, ninguno de los representantes que en el sistema de partidos se turnan en la posición del ejecutivo. Ese simple cabecilla es sólo plasmación temporal de la Idea: Democracia, Derechos Humanos, Paz Mundial… Cualquier observación a los pilares de la Idea, cualquier matiz o gesticulación que delate alguna distancia en la adhesión, sitúa al disidente en el umbral del delito. El verdadero hegemón se hallará allí donde esas ideas brotan, en la matriz de un igualitarismo cuantitativo y nihilista que, aureolado de democracia, prosigue desde hace siglos un avance implacable y atroz. A mi juicio, sólo el recurso a categorías teológicas permite alcanzar su verdadera naturaleza y palpar la realidad última del poder.

Pero no sabría ir tan lejos. Esas ideas hegemónicas parecen brotar en el terreno de la economía y/o la sociedad moderna, es decir, en las formas de trabajo y de consumo que acompañaron las diversas fases del despliegue industrial, comercial y financiero, característico de los procesos de modernización. Las profundas transformaciones que la modernización supone acaban alcanzando los elementos últimos de la realidad y siempre avanzan bajo las banderas de la democracia: igualdad y libertad. Nada puede oponérseles: ¿o acaso alguien se atrevería a resistir su avance en nombre de valores superiores?

Y, sin embargo, no se dejan de oír los gritos de dolor que acompañan a su difusión. No sólo entre los desposeídos de la tierra que, desde el subsuelo, se acogen al curso del mundo y exigen participar de las bendiciones asociadas a esas ideas. También se escucha el lamento de los que, desde la cresta de la ola, blasfeman contra su dios y luchan contra el consumismo y la artificialidad gaseosa de la vida.

Se hablaba hace tiempo de capitalismo, más tarde de neoliberalismo y, con toda seguridad, aparecerán otros nombres para la bestia. Así se la sustantiva en un discurso moralizante que agrada a los niños y a todo el que tiene un pensamiento infantil.

Su difusa y mudable pluralidad debería impedirnos darle nombre, pero nos es difícil conocer lo que no tiene nombre. Se lo damos y creemos con ello conocerla. Eso forma parte de su astucia. Yo no la nombraré porque veo palpitar su corazón en cada corazón que se diviniza, veo correr su sangre por el torrente de mercancías banales y deseos acuciantes, veo el brillo de su luz en las formas de explotación de sí mismo y de gestión destructiva del tiempo y de las cosas. No desespero, pese a todo, de comprender cuál es la fuente histórica, pero abismal, de la lujuria de la carne, la lascivia del ojo y el orgullo de la vida (1. Juan 2:16). La fuente histórica de la que ha manado la oscuridad del mundo y cuyo dominio hegemónico se extenderá durante el más largo y sombrío milenio.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (19)    No(0)

+
0 comentarios