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TRIBUNA

Viva Rusia

jueves 07 de enero de 2021, 20:03h

Corre el año 1937, en lo alto de la guerra civil. El poeta Antonio Machado justifica la exaltación anti española o apátrida de milicianos que gritaban : “¡Viva Rusia! “En vez de vitorear a su Nación o a su Republica. Escribe Machado: “Si el pueblo canta La Marsellesa, la canta en español. Si algún día grita ¡Viva Rusia!, pensad que la Rusia de ese grito del pueblo, si es en tiempo de guerra, puede ser mucho más española que la España de sus adversarios”.

Con anterioridad, en marzo de 1, 936, el socialista Indalecio Prieto proclamó en un mitin: “A medida que la vida pasa para mí, me siento más profundamente español. Siento a España en el corazón y la llevo en el tuétano de mis huesos”. Y como viniese de Extremadura, de arengar a los suyos, se explayó: “ Dije en aquella tierra, de donde salieron en gran número los hombres que, en una de las más bellas aventuras históricas, cruzaron el Océano, que nosotros los españoles teníamos que poner el ímpetu del genio español al servicio de una conquista a realizar.¿ Cual? Conquistar España, conquistarnos a nosotros mismos “.

Extenuada la batalla, en 1.939, el presidente del gobierno de la Republica, el también socialista Juan Negrín, defraudado por el estancamiento de la ofensiva en el río Ebro y por la floja disposición de sus socios catalanes, desbordó su enojo. Lo cuenta el entonces ministro Julián Zugazagoitia en su libro “ Guerra y vicisitudes de los españoles”. Se sinceró Negrín delante de Azaña: “ No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. “Asintió don Manuel Azaña, distraído.

Entre el millón largo de anarquistas tampoco cabían dudas. Al leonés Buenaventura Durruti no se le pasó por las mientes prescindir de la letra N para su Confederación Nacional de Trabajadores. En el núcleo de hierro que acompañaba a Durruti hay que destacar a los hermanos Ascaso, Francisco y Domingo, aragoneses de raíz. Habían ejercido una variedad de oficios: camareros, panaderos, atracadores de bancos, redactores de panfletos. Francisco Ascaso encabezó la improvisada tropa charnega, compuesta por anarquistas y guardias civiles afectos a la Republica, que sofocó la rebelión en Barcelona. Fotos del momento describen a los anarquistas en camiseta y los guardias con tricornio repartiendo lo que tienen: la suerte, la barricada y el tabaco.

Cayó Francisco Ascaso, decidido a rendir él solo el cuartel de Atarazanas. Un año después murió Domingo Ascaso, al frente de un grupo de obreros hispanoparlantes que dieron en denominarse “ Amigos de Durruti”. Defendían el edificio de la Telefónica de Barcelona, durante la reyerta en la retaguardia republicana. Se enfrentaban a las fuerzas de la Generalitat. En las calles que habían ganado exhibían carteles significativos :” Habla español, aquí no hay estatuto”. Pocos meses antes de la guerra, el dirigente independentista Miquel Badía, a quien los suyos llamaban” Capitá Collons”, y a quien tanto elogiaba el señor Torra, tuvo su último desencuentro con los anarquistas. Justo Bueno, un pistolero cenetista de gatillo vivaz, tumbó al Capitán Cojones en medio de las Ramblas. Durruti, los Ascaso y este Justo Bueno conformaban el grupo “ Nosotros”, alma de la CNT. Se definían como “la pistola obrera”, en oposición a las pistolas de los independentistas y la patronal.

Los comunistas, si bien mientras duró la guerra se comportaron como un instrumento de Stalin y de sus servicios de inteligencia - la NKVD, de recuerdo lúgubre-, cambiaron de rumbo con los cambios en Moscú. Se adaptaron disciplinadamente a la desestalinización. Kruschev era el nuevo jefe y echaba pestes del camarada Stalin, cuyos errores y horrores expuso con atrevida crudeza.

Al escuchar aquello, Pasionaria confesó sentirse perpleja:” Se me cayeron los palos del sombrajo”. Aflojó Moscú y los comunistas españoles buscaron otro sombrajo en Roma. No en el Vaticano y en el Papa, sino en el avezado y camaleónico Palmiro Togliatti , que les mostró el camino en las democracias.

La emisora de radio comunista, conocida como “La Pirenaica”, nunca dejó de llamarse Radio España Independiente. Desde finales de los cincuenta, el Partido Comunista de España , a la par que asumía el peso mayor en la lucha contra la Dictadura, desplegó su estrategia de reconciliación nacional. Pregonaron la supresión de las viejas trincheras y la concordia entre todos los españoles, al margen del bando en el que hubiesen combatido. No era un disfraz. Creían en eso.

Lo expuesto sugiere que el sentimiento anti español creció fundamentalmente entre los independentistas. La burguesía catalana no se contentó con aranceles y proteccionismo. Fomentó la idea de separarse de España y contra España. Tuvieron el talento de ponderar sus limitaciones. Renunciaron a vertebrar España, para decepción de bastantes españoles que vieron en ellos la avanzadilla de la modernidad. Con el trasiego de las guerras carlistas aprendieron a aclimatarse. Los burgueses catalanes recibieron con servidumbre y devoción perruna a los moros del General Yagüe y a los falangistas de Dionisio Ridruejo. Tan ardorosa fue la bienvenida a los rebeldes, que Ridruejo maquinó publicar la exaltada propaganda del Imperio en lengua catalana. Menos mal que la cosa no pasó a mayores. Llegan a servirles a los federalistas, de pronto jacobinos, una taza del brebaje y con gusto se toman tres.

Los independentistas supieron que su objetivo último dependía de la debilidad del Estado Español. Al morir Franco, Suárez y Carrillo jugaban en corto; buscaban apañarse para salir del atolladero. Felipe González tomó posiciones a medio plazo; convirtió a los socialistas en garantes de la democracia. Solo Puyol puso las luces largas y ahí están los resultados. La oficialización de una Republica en Cataluña depende de hasta dónde llegue la creciente fatiga de materiales del llamado Régimen del 78. No es un secreto que cuentan con aliados firmes y sinceros. El Eje Liquidacionista, integrado por Podemos, ERC y Bildu, ha encontrado en Pablo Iglesias un entusiasta compañero de viaje y un amigo entrañable. El escritor francés François Mauriac, cuando fue preguntado por la división de Alemania a la conclusión de la guerra, dijo que le gustaba tanto Alemania que prefería que hubiese dos. Lo mismo le sucede al señor Iglesias: tanto le gusta España que desearía que hubiese varias; ese es su proyecto de Estado plurinacional.

No cabe pasar por alto que el nombre de España fue temporalmente usurpado por la impostura cicatera y aflautada del franquismo. No es menos cierto que con la democracia algunos comunicadores y periodistas, curiosamente comprometidos con la libertad desde medios tan poco liberales como el diario Pueblo o el Arriba, ayudaron a confundir España y franquismo, acaso por confundir asimismo su pasado ecléctico. No habían sido lo que les hubiera gustado ser; fungieron con denuedo y mañas de conversos. En el absurdo, el idioma español fue reducido al castellano, que es uno de sus modos. Los telediarios se referían al Estado Español, y evitaban nombrar a España. Sufrimos el retorno de los afrancesados, los que se opusieron a Franco ya muerto Franco. Pasaron la dictadura leyendo a Sartre, viendo películas de arte y ensayo y anhelando que perdiese la selección española de fútbol. Sus flaquezas no aplacaron a los separatistas, no atajaron la corrupción, no dieron lugar a proyecto común alguno fuera de sus ambiciones personales. La tribu de los afrancesados, amayorada sin remedio y enriquecida con descaro, ha sido sustituida por una especie nueva y voraz: los cosmopolitas de hoy en día. Sin el menor respeto, han sacado del escenario a sus predecesores; primero a empujones y luego a gorrazos . Estos advenedizos no leen a Sartre; se instruyen con textos divulgativos, algo de novela rosa y libros de autoayuda. En vez de películas de arte y ensayo consumen series de Netflix mientras aguanten el cuerpo y Netflix. Algunos hablan inglés. Su desapego se extiende más allá de España; incluye cualquier aspecto o matiz que no se relacione con su exclusivo beneficio. Ahí coinciden con los afrancesados, se asemejan como dos gotas de lodo; sólo que estos, siendo de índole salvaje, ni lo disimulan. Se dicen globalistas, pero ignoran que la globalización empezó con la Ruta de la Seda, y con el Galeón de Manila;y ya ha llovido. Determinados por las nuevas tecnologías, no saben que Instagram, Twitter y Tik Tok causan daños cerebrales más severos que la cocaína, las anfetaminas o el ácido lisérgico. Es inútil explicarles que el cosmopolitismo persa, con su administración abigarrada y clientelar y su desangelado “ culto al fuego” , ya fue embarrancado en las Termopilas y triturado en los llanos de Platea por aquellos griegos orgullosamente unidos por sus dioses comunes. Para nuestros cosmopolitas el mundo nace con ellos y con internet. Antes sólo existía el caos.

El españolismo unamuniano y enjuto, restrictivo y telúrico, es el antídoto equivocado para esta calamidad. El españolismo vive tan a ras de tierra como el nacionalismo catalán o el vasco. Es obvio que ni por asomo lo distingue el racismo, pero abraza el tótem de la Reconquista y don Pelayo con emoción equiparable a la del vasquismo ante el roble de Guernica y con fervor similar al que embriaga a los catalanistas congregados en el Nou Camp. Es claro que los cosmopolitas se sienten cómodos con los independentistas catalanes o vascos; un cosmopolita que se precie estará cómodo con cualquier nación que no sea la suya. La cólera espumosa que retuerce a un cosmopolita cuando divisa a un españolista no debe cegarnos. Que nos procuren un momento grato no es suficiente para conceder al españolismo una capacidad de comprensión que indague más allá de la superficie y los estereotipos.

El solo nombre de España excede la raza y la patria. Si decimos España concebimos una civilización que nace de la vieja Hispania y formó parte de Roma. Decimos también una hermandad. Civilizaciones y hermandades oscurecen cuando el dolorido aturdimiento de la ciudadanía coincide con la insignificancia de sus gobernantes. En este tiempo avaro acontecen ambas desventuras. Hasta el punto de que nadie canta la Marsellesa en español. Nadie grita “Viva Rusia”, queriendo que esa Rusia que celebra sea una España más digna y más justa. Es obligado asumir que transitamos un mal sueño, sin dejarse llevar por la consternación o la desgana; ninguna pesadilla es para siempre. Tristes los pueblos que viven en una tierra de cuyo nombre no quieren acordarse. No es el pueblo español un pueblo triste. Y es posible escribir la historia a nuestra manera. Probemos con el cuento epigramático e instantáneo de Augusto Monterroso. Corregido, diría así: “Cuando despertó, ya no estaba el dinosaurio”. Suena mejor. Y si todavía alguien grita “Viva Rusia”, sostenido por aquella intención antigua de una parte del pueblo español , yo estaré también a su lado.

Eduardo Calvo es poeta y novelista. Ha dirigido los Institutos Cervantes de Argel, Beirut, Manila, El Cairo y Tánger. Fue diputado por Ciudadanos en la decimotercera legislatura. Actualmente no pertenece a ningún partido político.

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