Que la mitad del consejo de ministros, con el vicepresidente a la cabeza, delaten que en nuestro país no hay “normalidad democrática” parece que es jugar con las cartas marcadas. Desde luego no es normal que sea el mismo gobierno del Estado el que acuse al Estado que gobierna, no es normal y por esa parte tienen, sin duda, la partida ganada. No es normal, desde luego, que el vicepresidente señale la anormalidad democrática de este país, de cuyo nombre no quiere acordarse, aunque lloró de emoción cuando vio a su alcance el cargo que tan anormalmente ejerce. Pero, sobre todo, tienen la partida ganada porque nadie ha definido en qué consista esa “normalidad democrática”.
“Democrático” es un adjetivo que enjuaga o edulcora cualquier frase. Bien podríamos decir que los españoles disfrutan de una paciencia de paquidermo, pero de una paciencia democrática. Puede ejercerse toda violencia contra el candidato de un partido indeseable, siempre que se trate de violencia democrática. En ese uso puede sustituirse con ganancia por el noble adjetivo “antifascista”. La violencia antifascista no es violencia, como la intolerancia de la intolerancia es tolerancia. Nunca dieron tanto juego las operaciones más básicas. Menos por menos es más y así de paso se reduce la víctima democráticamente agredida a fascismo, y el fascismo a la violencia. La violencia contra la violencia no es violencia, o es violencia democrática. En este juego trucado el Bien siempre gana.
No es normal que el gobierno del Estado esté apoyado en partidos que programan la secesión del Estado, no es normal que se normalice, contra la más elemental sindéresis, la petición de una ley que sancione la disolución del Estado. Lo que anormalmente se llama “derecho a decidir”, otro enjuague que mal esconde la exigencia de soberanía, no puede normalizarse en ningún Estado. Se trataría de legislar contra la propia sustancia del Estado y eso es algo más que una extravagancia política: una alarmante anomalía.
No es normal que se pida la derogación de leyes que protegen de la infamia a unas u otras instituciones, pero no se pueda hablar la lengua heredada de nuestros padres porque, precisamente por patriarcal y heredada, encierra ofensas innombrables y humillaciones inveteradas. Es que lo normal no goza entre nosotros de ningún valor. Hace un siglo G. K. Chesterton decía que “la ciencia médica se contenta con el cuerpo humano normal, y solo trata de restaurarlo. Pero la ciencia social no está satisfecha en absoluto con el alma humana normal; tiene toda clase de almas en venta”. Hoy, la simple mención del “cuerpo humano normal” resultaría tan políticamente incorrecta que el mentor podría ser acusado de delito de odio. La anunciada ley para la igualdad de personas trans es una ley de normalización que promete acabar con toda rareza, quiero decir con toda anomalía queer. Normalización por laminación terminal de toda diferencia real. Sólo quedará en pie la más subjetiva extravagancia en el paisaje liso y homogéneo de una sociedad, por fin, normalmente democrática.
Por lo visto, sólo una legislación transgresora, transversal y polivalente podrá normalizar España. Una legislación válida lo mismo para un roto que para un descosido. Una ley que coserá el desgarrón secesionista, previa ruptura directa y real. Quiero decir que construirá una federación a partir del anormal expediente de separar lo que está unido, para unirlo de nuevo. No es normal, desde luego. Romper para coser no es asumir el orden normal de las cosas, por no mencionar que hay jirones que nadie podría coser. Basta contemplar los efectos de la normalización en algunas sociedades de las llamadas periféricas.
Los que vemos el espectáculo sin otra participación que el sufragio periódico, sometido al vaivén de una propaganda normalizadora, hemos perdido incluso la capacidad de asombro. El pasmoso vicepresidente de la república federal de este país ya no nos causa sorpresa alguna. Tratamos de volver cada día a nuestra vida normal, quise decir “cotidiana”, a la espera de que se nos dicten mañana las renovadas condiciones de la “nueva normalidad”, que será normal hasta pasado mañana. Es normal, esto es España.