Muchos abuelos han marcado la vida de sus descendientes. José Luis Oriol fue el creador de la empresa constructora y propietaria del Talgo. Para quienes han padecido la desdicha de no disfrutar de un bachillerato de los de antes, expliquémosles que el Talgo es el Tren Articulado Ligero Goicoechea Oriol; que estos dos últimos nombres propios no constituyen origen ni destino de estaciones ferroviarias, sino que Goicoechea fue un ingeniero militar, y Oriol un empresario; y que ambos sumaron sus talentos y esfuerzos para alumbrar uno de los mayores ingenios del transporte español. Cuando José Luis Oriol tenía doce años, su abuelo lo llevó por primera vez a París. Tanto le habían hablado de la torre Eiffel y de la fascinación que ejercía ante los visitantes, que el futuro gran hombre de negocios se decepcionó por completo cuando presenció tan anunciado motivo de asombro. La anécdota fue elevada a categoría en la familia quedando grabada como norma práctica en la vida de Oriol y los suyos. Por eso, ante la expectación levantada por entonces alrededor del nuevo tren, el propio Oriol dijese con frecuencia y amabilidad: “Hay que quitarle novela al Talgo”.
De novelero es el disparate colado en la televisión pública por los redactores del odio. Una nieta española marcha al extranjero a estudiar con el fin de labrar su provenir y aprendices de comisarios políticos equiparan la movilidad académica con la salida de España de su abuelo. Acierten a imaginar lo que esos mismos esbirros del bolchevismo dirían si fuera la nieta de Puigdemont la que traspasase ad extra nuestras fronteras. También tuvieron abuelos algunos miembros de nuestro Desgobierno y del Desgobierno de Oposición. Como comandante, el abuelo del presidente integró el ejército golpista contra la II República. Y como el abuelo, el nieto continúa hoy haciendo buenas migas con golpistas. Como falangista de la tercera ola, el abuelo del vicepresidente colaboró con el régimen del dictador Franco. Y como el abuelo, el nieto continúa colaborando con dictadores como Maduro.
Han sido los abuelos el colectivo más castigado por la pandemia. Con la nula delicadeza que siempre ha caracterizado a los brutales totalitarismos, los totalitarios de la nueva normalidad promueven la eutanasia abriendo la puerta a matanzas a discreción. El nazismo comenzó eliminando a inocentes en aras del ídolo racial y ante la avalancha de heridos de guerra del frente del Este, terminó asesinando a todo aquél que, sin ser útil para la vida, ocupaba una cama en un hospital. Un siglo antes de la llegada de Hitler al poder, el poeta judío alemán Heine escribió: “Quien quema libros termina tarde o temprano por quemar hombres”. Andamos muy atareados debatiendo sobre la desigualdad económica tras la crisis sanitaria del COVID, el futuro del trabajo y los nuevos modelos económicos, la banalización de la cultura, las redes sociales y la democracia emocional, el transhumanismo…, y no reparamos en el futuro del hombre que pasa por el futuro de la verdad. Sin verdad, no hay hombre. Tampoco abuelos.