En mi artículo anterior sobre el mismo tema (27.02.2021) he destacado el papel del entonces presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin, en el desmantelamiento de la intentona golpista en la URSS, el 19 de agosto de 1991 (“19A”) la que he bautizado como el “23F ruso”.
Algunos de mis amigos y conocidos, que han leído el artículo, me preguntaron sobre el papel – si hubo alguno – del propio Mijaíl Gorbachov, el entonces Presidente de la URSS, o sea, del máximo dirigente del país soviético. Pues, a ellos y a los que pueden interesar más detalles de aquel fallido “23F” ruso (soviético) dedico estas líneas.
Hay que constatar que el protagonismo “directo” de Gorbachov en el propio golpe era, prácticamente, nulo. Él se encontraba aislado en su residencia veraniega en Foros (Crimea) en el Mar Negro, esperando el resultado de la intentona subversiva y de su definitiva suerte personal. No obstante, una implicación “indirecta”, parece que, sí, tenía, como demuestran algunos hechos concretos y los testimonios de varios testigos que habían participado activamente en el “19A”.
Resumiendo lo escrito en mi libro que ya he mencionado en el artículo anterior - “La caída del Imperio Soviético” - que pronto será publicado por la editorial madrileña Actas, voy a exponer varias versiones que se deducen de los documentos y testimonios que existen al respecto.
Según las declaraciones del mismo Gorbachov al juez instructor de la Fiscalía General de la URSS, inmediatamente después del golpe, él no sabía nada de los preparativos de los golpistas y los hechos le cogieron por sorpresa y totalmente desprevenido. Y que él no tenía nada que ver con el “19A”. Esta afirmación Gorbachov mantenía durante muchos años, hasta que casi 20 años más tarde, en una conferencia de prensa en la agencia rusa de noticias Interfax, confesó que, sí, conocía los planes de los golpistas.
Cómo no lo iba a saber si el propio Secretario de Estado norteamericano, James Baker, a través de su embajador en Moscú, Jack Matlock, avisaba a Gorbachov acerca de los preparativos de un golpe de estado en la URSS, supuestamente, para el día 20 de agosto, basándose en las informaciones de los servicios secretos norteamericanos.
Otra cosa es que Gorbachov no les daba mucha credibilidad a estos “soplos”, como a cualquier información procedente de un país extranjero, que podría ser una de las cartas marcadas en el gran póquer político, que se estaba jugando en aquel momento en el mundo entero, en relación con la nueva situación creada en las relaciones internacionales por el proceso de la democratización de la Unión Soviética, bajo las insignias de la “perestroika” y la desaparición definitiva del “Imperio del Mal”, que tanta amenaza representaba para mundo Occidental y, en primer lugar, a los propios Estados Unidos.
Por otro lado, los nombres de los presuntos golpistas que se le estaba dando el “amigo” norteamericano, eran, ni más ni menos, los seguidores más próximos a Gorbachov, a los que él mismo había puesto en los puestos claves dentro de la organigrama del poder en la URSS y en los que tenía su máxima confianza. Así que, Gorbachov tomaba estas advertencias de los servicios secretos norteamericanos como unos simples rumores o conjeturas de la fabricación “made in USA”.
(Luego resultó que las informaciones eran correctas. Para el gran asombro del líder de la “perestroyka”. Y que los “productos” de la CIA eran de la primerísima calidad).
Hay varios hechos que desmienten aún más el desconocimiento “absoluto” de Gorbachov de los planes de los golpistas.
Es que un día antes de haberse producido el golpe, una pequeña delegación, que representaba a los golpistas, visitó a Gorbachov en su residencia en Foros, para avisarle de que los altos cargos del Ejército, de la KGB (la policía política), del Partido Comunista de la URSS y del Parlamento han decidido declarar el Estado de Excepción en el país para prevenir la firma del Nuevo Tratado de la Unión – en sustitución del de la URSS vigente desde el año 1922 – prevista para el día 20 agosto. El objetivo de los visitantes fue conseguir que Gorbachov aprobase el plan golpista, proporcionándole una legitimidad “presidencial” y quitándole la categoría del Golpe de Estado: no era ningún golpe, sino la decisión del propio Jefe del Estado de intervenir, para lidiar la grave situación que se había creado en aquel momento en el país.
Según la versión de Gorbachov, acerca de esta visita, él no apoyó a los golpistas en ningún momento y rechazó todas sus propuestas de legitimar la proclamación del Estado de Excepción y de esa manera impedir la firma del ya citado Tratado y la creación de una nueva Unión, bajo las siglas en ruso de la SSG, que significa la Unión de los Estados Soberanos, en lugar de la URSS - Union de las Repúblicas Socialistas Soviéticas - actual.
Pero los “representantes” de los golpistas, que asistieron a la reunión con Gorbachov, afirmaban que Gorbachov, aunque no estuviese de acuerdo con el procedimiento e insinuase que el Estado de Excepción sólo podría proclamarse con la aprobación del Parlamento, no obstante no había rechazado del todo la idea, dejando a los golpistas actuar a sus aires. Sus palabras de la despedida fueron: “¡Al diablo a todos! Haced lo que queráis, pero dad a conocer mi opinión”. Y apretó las manos a sus visitantes.
Estos testimonios sirvieron al Tribunal, que estaba juzgando a los cabecillas del golpe, de suficiente argumento para absolver a uno de los acusados golpistas.
Y otro hecho, más insólito que el que he acabado a describir. Una vez desmantelado la intentona golpista, los principales cabecillas, entre ellos el ministro de Defensa y el Jefe de la KGB, el día 22 de agosto, cogieron el avión presidencial y se desplazaron a Foros para ver a Gorbachov.
El objetivo era pedirle disculpas por haber intentado resolver la grave situación, creada en el país, por un procedimiento no muy legal y pedirle que volviera a Moscú para coger de nuevo las riendas del poder y volver a dirigir el país. “Perdona, Mijaíl Sergueyevich. Querríamos hacerlo de la mejor forma posible, pero salió mal. No actuábamos contra ti, solo intentábamos salvar la grave situación”.
Los golpistas todavía tenían cierta esperanza de que Gorbachov entendiera sus buenas intenciones y los perdonara. Ellos también querían recordarle lo que él les había dicho, cuando se despedía, el día antes de marcharse de Moscú a Foros, el 3 de agosto: “Debéis tener en cuenta que, si la situación lo exige, habrá que actuar duramente. Tomaremos cualquier medida que sea necesaria, hasta podríamos establecer el Estado de Excepción”. Lo que ellos, al fin y al cabo, hicieron.
Pero Gorbachov ni los recibió, dejándolos a esperar en una casita para los huéspedes dentro del complejo residencial, hasta que no vino el avión con los oficiales de Ministerio del Interior de la Federación Rusa, armados con kaláshnikov, para detener a los “indeseables” visitantes del presidente de la URSS.
En realidad, esta ambigüedad a la hora de tomar unas decisiones difíciles y comprometedoras era una de las características de Gorbachov. Él siempre estaba buscando como no ensombrecer con las medidas impopulares su imagen de un gran reformista y demócrata, echando a sus subordinados “comerse el marrón” de los fracasos Y cuando las medidas tomadas por éstos provocaban grandes críticas y malestar de la gente, se distanciaba de sus dependiemtes, echando la culpa a ellos por la toma de unas decisiones incorrectas.
Fue así en 1989, durante el desalojo de un pacífico mitin en Tbilísi (la capital de Georgia) por los destacamentos militares, con el empleo de los tanques y las “zapas” militares, que los soldados utilizaban como las “porras” policiales en lugar de las armas de fuego. Hubo muertos y heridos en aquella operación militar contra la población civil, muy criticada por todo el país que, precisamente, estaba avanzado hacia la democracia y la libertad.
Gorbachov se negó reconocer que fue él quien había dado la orden de emplear la fuerza militar para “pacificar” a los “rebeldes” manifestantes georgianos. Echo toda la culpa y responsabilidad a los propios mandos militares en la región y a los dirigentes del Partido Comunista georgiano, quienes, según él, habían tomado aquellas medidas represivas sin obtener permiso de Moscú, o sea, de él, personalmente.
Lo mismo ocurrió en otros momentos parecidos, cuando ha sido empleada la fuerza militar, en 1988, para acabar con las manifestaciones populares “separatistas” contra el poder soviético en Vílnius (Vílna), la capital de Lituania; o en los desórdenes “étnicos” producidos en otras Repúblicas de la entonces Unión Soviética, como Azerbaiyán (Bakú, Sumgait, en 1988)) o en Uzbekistán (Ferganá, en 1989). De nuevo, según Gorbachov, las decisiones de intervenir militarmente las tomaban los propios militares y las autoridades locales sin el permiso explícito de Moscú.
Así que, con tanto “currículo” de ambigüedades, Gorbachov no gozaba de plena confianza ni de sus propios seguidores, como demuestra el propio Golpe, perpetrado por sus correligionarios más íntimos. Y qué decir de sus adversarios.
Boris Yeltsin, su más acérrimo opositor político, en una entrevista televisiva en el canal “Rossía” (Rusia), en enero de 2006, dijo textualmente: “Durante el golpe él (Gorbachov) estaba informado sobre todo lo que estaba sucediendo y sólo esperaba a ver si ganaban unos u otros. En cualquier caso él se iba a unir a los ganadores. Una variante que no tiene pérdida”. ¡Una acusación muy seria! ¿Sabía algo Boris Yeltsin que no era del dominio público?
Precisamente, por desconfiar de su eterno rival, Yeltsin, cuando se había enterado de que los cabecillas del golpe se dirigieron a Foros para entrevistarse con Gorbachov, ordenó a un grupo de oficiales del Ministerio del Interior de la Federación Rusa, subordinado al Presidente “ruso” y no al de la URSS, para que también volaran inmediatamente a Foros y detuvieran a los golpistas, impidiendo que ellos llegasen a ningún acuerdo con su jefe Gorbachov.
Pero, hay decirlo, en honor del presidente de la URSS, él no quiso, como ya he comentado más arriba, ni hablar, ni “parlamentar”, ni negociar nada con los golpistas. O sea, se portó dignamente.
Sin duda alguna, las ambigüedades y vaguedades en él comportamientos de Gorbachov habían ensombrecido bastante su imagen de un valiente líder de los grandes cambios democráticos que él había emprendido en un país más totalitario y más peligroso del mundo, como era la URSS antes del comienzo de la “perestroyka”.
Todos estos hechos, tan contradictorios y oscuros, demuestran que la relación de Gorbachov con el golpe y con los golpistas no fue tan “inocente” y de rechazo total, como lo pinta la versión oficial. Hubo algo más que desconocemos y que es muy difícil de demostrar, debido a que todo se fraguaba tras las más opacas bambalinas del poder.
Quizás nunca supiéramos toda la verdad acerca de los acontecimientos del “23F ruso”, como tampoco la del “23F español”, entre tantos terribles y misteriosos sucesos con los que está plagada la conflictiva y traicionera Historia de la humanidad. El “19A” es sólo un episodio más, como el propio “23F”.