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TRIBUNA

Los nuevos censores

Amelia Pérez de Villar
martes 16 de marzo de 2021, 20:26h

Es probable que cuando estas letras vean la luz la polémica ya haya pasado. Pero no las escribo por la polémica, sino por lo que queda cuando la polémica pasa. Por ese paso que se da y del que no hay vuelta atrás. Por el veneno que se instila echando mano del sentimentalismo fácil y de la premisa errónea. Me explico: hace unos días nos enterábamos de que Amanda Gorman, la joven que leyó su poema «The hill we climb» en la investidura de Joe Biden, se había negado a que tradujese su obra un traductor que no fuese mujer y de raza negra. El encargo había recaído sobre Marieke Lucas Rijneveld, una persona de género no binario que escribe poesía y prosa, y además traduce. Y se lió la de San Quintín, primero porque las cosas no eran del todo así (pero a veces el “teléfono roto” da unos frutos estupendos para algunos), después porque cada uno empezó a barrer para su casa y el asunto se desvió de lo que es el núcleo central, que es qué hace falta para traducir. Y ahí es donde estamos ahora.

Gorman eligió a Rijneveld para que llevara a cabo la traducción. Hasta aquí todo perfecto. Un autor escribe una obra y decide —si puede, algo glorioso— quién la traduce. Pero entonces entró en escena J. Deul, de profesión activista, y dijo que eso no podía ser y que la poesía de Gorman tenía que traducirla una mujer, de raza negra y activista como ella. Aunque en todas las noticias he visto la enumeración en este orden, de su discurso se desprende que el orden ideal para ella era el inverso, de ahí el lío. La reacción generalizada no se hizo esperar: nadie entendía por qué la característica principal que se exigía al traductor no era, precisamente, que fuera traductor, algo que Rijneveld cumplía. Que para traducir lo que hace falta es conocer el oficio, dominar el idioma de partida, manejar el de llegada y tener la sensibilidad y los recursos necesarios para que la transmisión sea óptima. Bajo la presión de la controversia generada y, sobre todo, de la posición de Deul, Rijneveld se echó atrás y rechazó el encargo. Pero aunque nadie lo entendía cuando saltó la noticia, no tardaron en surgir voces comprensivas: que por qué no elegir a una mujer con sus características, que la poesía es un tema complejo y era mejor una sensibilidad afín... La cosa, como suele ocurrir, ha ido degenerando, y de aceptar la posibilidad de elegir al mejor traductor posible para un encargo (lo que incluye su formación, experiencia, oficio y, por supuesto, sensibilidad) un sector de la opinión ha pasado a obviar o a no prestar la menor atención a cuestiones que no pasarán con la polémica: la primera, y muy importante, es que la autora eligió un traductor y probablemente eligió bien, y con esta actitud se ha pisoteado su opinión como si no importara o como si no estuviera capacitada para tomarla. La segunda, que lo más importante a la hora de elegir traductor sea su activismo. Insisto, lo más importante, no algo que nos gustaría tener en cuenta y que procuraremos conseguir cuando sea posible. Algo que, por otra parte, es perfectamente legítimo y ya se hace de facto, pregunten si no a cualquier editor cómo elige a sus traductores.

Y como lo que caracteriza a la degeneración es que cunde como los hongos, lo que ya había degenerado siguió degenerando con el pasar de los días. Que qué miedo tienen los señores traductores blancos y con privilegios a perder el puesto, por ejemplo, dicho en muchos casos por personas del gremio que parecen olvidar que en España, como traductor autónomo (que es como se ejerce la actividad en el 99,9% de los casos) nadie tiene un puesto. La gente tiene oficio, experiencia y capacidad de trabajo, respeta los plazos y hace bien lo que hace, como en toda tierra de garbanzos algunos tienen suerte o enchufe, los hay que caen en gracia y otros de los que a los editores les da pereza deshacerse, pero... ¿un sillón? ¿privilegiado? No sé, quizá me he perdido algo, y eso que llevo casi cuatro décadas en la brecha. Parecen olvidar también que en este país no llega al 10% el número de profesionales que viven en exclusiva de la traducción literaria. Que las tarifas son de risa. Que trabajamos con plazos imposibles. Y que estamos siempre bajo la espada de Damocles, precisamente por todo esto. Temiendo todos los días que llegue uno más majo y le prefieran a él porque cae en gracia, tiene más seguidores en redes sociales, va a más festejos con copa o cobra menos. O pasa menos tiempo revisando su traducción antes de entregarla. O no cumple en su vida un plazo de entrega. O deja colgado al editor, directamente. Hay algunos editores que sucumben a esto y hay muchos que no. Pero eso también se nos ha olvidado con la polémica: todo se redujo a que la discriminación positiva era no sólo necesaria, sino imprescindible para que colectivos minoritarios puedan acceder a los encargos, una afirmación que resulta cómica asociada a una actividad que se ejerce individualmente, en condiciones de aislamiento, y donde a nadie le preocupa nuestro aspecto físico.

El activismo mal entendido es una nueva forma de censura, y no creo que en este caso sirva para que se den más encargos a colectivos minoritarios (la nomenclatura no es mía, la tomo de lo leído en redes y en prensa) y, si sirve, es cuando me echo a temblar: los encargos deberían dársele al que mejor los desempeñe, y esa afirmación sugiere que hay discriminación en un lugar donde es muy probable que no la haya. Confundimos visibilización con notoriedad porque vivimos en la era del postureo. Pero lo sucedido es grave: a Victor Obiols, traductor de los poemas al catalán, se le ha apartado del proyecto según creo con el trabajo entregado, y eso es no es bueno para la profesión, mientras de la traductora al castellano se dice que tal vez se ha mantenido porque trabaja para un gran grupo editorial. La traductora al castellano es Nuria Barrios y, como Obiols, tampoco necesita demostrar nada en este terreno, nada que no haya demostrado ya con su trabajo y su buen hacer, que es seguramente por lo que fue elegida. Las palabras de Barrios al respecto no me pueden sonar más reales y más amargas: “Deul ha triunfado. El triunfo de Deul es catastrófico. Es la victoria del discurso identitario frente a la libertad creadora”. Y no olvidemos otra cosa: traducir es, en esencia, transmitir lo que dice un emisor y el receptor no puede entender. La mayoría de nosotros conocimos a Gorman en la investidura de Biden y —quien no entienda inglés— en la voz de su intérprete, Aida González, que tradujo sobre la marcha, a pelo, y en simultáneo lo que Amanda estaba leyendo. Eso es oficio, señores. El resto, al contrario que en Hamlet, es ruido.

Amelia Pérez de Villar es traductora y autora de Los enemigos del traductor (Fórcola Ediciones)

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