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TRIBUNA

Aviraneta y la moción de censura

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 26 de marzo de 2021, 20:11h

Aunque la moción de censura esté bendecida por el derecho constitucional, en muy pocas ocasiones ha resultado provechosa en la historia de las democracias y, por el contrario, casi siempre ha solido alumbrar gobiernos que, marcados para siempre por la conspiración y los complots, acaban cristalizando un modus operandi propio de las almas dobles y sin honor, que son las verdaderas artífices del crimen en que toda conspiración se fundamenta.

En una democracia es crimen todo gobierno que se constituye sin el consentimiento expreso, anuencia o aquiescencia del pueblo soberano. Todo gobierno nacido de la conspiración, y no de las urnas, está en manos permanentemente de los ejecutores del crimen secreto que lo engendró, y a la larga puede dejar al régimen herido de muerte. La caída del gobierno de Mariano Rajoy fue la primera vez en la Historia de nuestra aún joven democracia en la que una moción de censura tuvo éxito, y el resultado de aquella conspiración siniestra es hoy una España desnortada, debilitada por un centrifuguismo al que se tiene que pagar sus votos, las libertades amputadas y el “madurismo” rampante que enarbola el infame gobierno socialcomunista que nos pilota.

Esta moción de censura exitosa, esta conspiración de la anti-España, ha querido reproducirse ahora en la región de Murcia, en la Comunidad de Castilla y León, y en la Comunidad de Madrid, que Isabel Ayuso conjuró llamando al pueblo a que se pronuncie. Para ello la conspiración izquierdista ha necesitado de un vil instrumento, de la mano aleve de una traidora, una Aviraneta amoral, vomitiva megalómana y de oportunismo nauseabundo, fuertemente defendida su inmoralidad por el conductor comunista. Percibimos su mente inmoral y su egolatría de cieno el mismo día en que tras ganar las elecciones en Cataluña plagió para su discurso de victoria el que Shakespeare puso en boca de Enrique V, inmediatamente antes de la batalla de Agincourt: “This day is called the Feast of Crispian. He that outlives this day and comes safe home (…) These wounds I had on Crispin´s day”. Demasiado pequeña para una ambición ciclópea.

Los clubes de conspiradores no pueden existir en una democracia estricta. Tan es así que la Democracia ateniense, la primera democracia, siempre persiguió con toda su fuerza popular a las “hetaireiai”, especie de sociedades de “niños bien”, “barbatuli iuvenes”, en el sentido de clubes políticos, reboticas de conspiradores muy cercanas a los modernos lobbies. Miembros de estos clubes, como Ergocles y muchos más, fueron condenados a muerte por la Democracia ateniense, que veía en estas sociedades minoritarias que hablaban en la oscuridad y en la penumbra, de espaldas a los deseos del pueblo, el peligro de “oligarquizar” la política, usurpando el poder directo de los “idiôtai”, esto es, los ciudadanos corrientes y molientes, los hombres ordinarios, entraña misma de la Democracia. Arrimadas como barbatulus iuvenis.

Incluso las guerras que se ganan con la conspiración, sembrando la discordia entre los enemigos, a través de noticias falsas y documentos inventados – lo que tan maravillosamente bien supo hacer nuestro conspirador Eugenio de Aviraneta, sublime arquetipo de todo buen conspirador español, el conspirador por antonomasia, antecedente del singular comisario Villarejo, contra la causa carlista – no se ganan nunca del todo de espaldas al campo del honor, que es el de la verdad, y en seguida se reavivan las brasas mal apagadas por la mentira, como ocurrió en nuestras fratricidas y pertinaces guerras carlistas, que sólo definitivamente terminaron gracias a la sinceridad, el patriotismo y la bondad del joven rey Alfonso XII, que pudo así solucionar para siempre un conflicto que su abuela, la Regente María Cristina, había envenenado con el deshonor, y abriendo por vez primera los sótanos del Estado a siniestros y románticos personajes como Aviraneta.

Este conspirador, merced a sus cartas inventadas, y con la plataforma de una asociación masónica inexistente llamada de Jovellanos, hizo que el general carlista Maroto, engañado con esta falsa documentación, fusilase el 18 de febrero de 1839, a los también generales carlistas Guergué, García, Sanz Baeza y el intendente Úriz, lo que ocasionó la decapitación del ejército carlista, y obligase al propio Maroto al “abrazo de Vergara” con el general Espartero.

La diferencia entre los viejos conspiradores y las conspiradoras de hoy es que los antiguos lo eran por el gusto puro, romántico y desinteresado de la intriga, sin buscar dinero o cargo, y las conspiradoras hodiernas no se mueven si no hay pasta por medio o cargo-chollo próximo. Don Eugenio Aviraneta, ejemplar prototípico del conspirador español, verdadero genio de esta compleja y tortuosa actividad, llegó a perder dinero en su oficio de intrigante, extremo éste en que no caerían jamás las oportunistas conspiradoras de hoy.

Los grandes conspiradores españoles hasta la IIª República, por el mero hecho de serlo, eran unos mitómanos, y casi siempre ignoraban si andaban sobre la tierra o flotaban sobre las nubes de la mitología. Pero las de hoy no sueñan, sino que pisan fuerte el suelo de la notaría o escribanía para venderse con las garantías legales de no perder en ningún caso. Se lanzan a la conspiración con un mullido colchón. Por el contrario, al viejo conspirador de entonces, del que se enamoró el profundo Baroja, le importaba menos triunfar que intrigar. Lo importante era bucear en el fondo de los mares, aunque vuelva a la superficie sin otra perla que el relato de lo que ha visto o de lo que ha imaginado ver. El vicio puro y gratuito de la intriga nos los hace fantasmas puros que viven en la penumbra de los intermundia, bellos personajes de novela.

Las conspiradoras y conspiradores de hoy se han especializado en mociones de censura con un gran seguro de vida. Pero no hay ningún seguro que te salve del juicio de la Historia cuando hoy has arrancado la alcaldía de Murcia con ayuda de los comunistas. A quien le parece ser reina cuando cita a Enrique V Plantagenet España le demandará un día su traición a la libertad.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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