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TRIBUNA

De gregarios y eremitas o por qué no soy muy social

jueves 15 de abril de 2021, 20:16h

Yo no soy muy social, al modo de Fernando Simón, sino que soy – como toda persona – producto y parte de una comunidad. No soy ni siquiera “muy comunitario”, sino comunitario tout court. No me gusta la expresión guay del Dr. Simón, porque se arroga si no la compasión, al menos el privilegio de su intensidad y es un signo evidente de soberbia.

Es la soberbia de esa presunta superioridad moral de la izquierda que tantas veces se proclama. Es el signo de la izquierda que puede ser social, comprometerse – aunque “más o menos” – con los desposeídos y necesitados, frente al egoísmo de una derecha caracterizada por la dureza de corazón.

Sin embargo, ser social podría interpretarse como el más claro signo de egoísmo. Según una vieja doctrina moderna la sociedad es el producto de un contrato. La misma palabra “sociedad” posee evidentes resonancias económicas. La sociedad es un conjunto o agregado de individuos entre los que se establecen relaciones, siempre bajo el amparo del Estado que protege las condiciones que hacen posible esas relaciones. En la medida en que sólo el interés privado mueve a la relación, sucederá que – una vez que una de las partes encuentra satisfecho ese interés – puede olvidarse del compromiso adquirido. El Estado se erige entonces en garantía, tanto de que los contratos se cumplan, cuanto de la salvaguarda de la vida y la propiedad de los contratantes, condición de la relación misma. La sociedad: una masa de individuos muy sociales en lucha por la satisfacción de sus intereses privados bajo la vigilancia del Estado.

Habrá quienes entiendan que el libre juego de los contactos entre individuos es el mejor modo de garantizar el beneficio público y habrá quiénes entiendan que el Estado ha de fijar límites o condiciones a los acuerdos interindividuales, garantizando de modo directo una distribución equitativa de la riqueza, al coste de una intervención que limita la interacción y supone la exacción de, al menos, parte de la riqueza privada que resulta de las relaciones contractuales entre los individuos. En un caso o en otro la sociedad es un agregado inconsistente de individuos – más o menos sociales – movidos por su interés egoísta y sometidos al poder coactivo del Estado. Y entre el extremo del libre juego del interés egoísta y el extremo de una coacción política que no deje holgura a la acción individual se juega la triste oposición de la izquierda y la derecha.

Pero el Estado es el instrumento – externo y advenido – que mantiene unida de algún modo una sociedad que ha perdido las fuerzas inmanentes de cohesión que vinculaban profundamente a unas personas con otras. El viejo fin de la política era el bien común, cuando se daba por descontada la existencia de una comunidad real y anterior al Estado. Pero destruida la unión común – digamos la comunión – que vinculaba a las personas y convertidas éstas en individuos abstractos (liberados de los lazos que los vinculaban) se hace necesaria una fuerza externa que garantice la cohesión social: el Estado. Éste tratará de difundir la opinión pública a la que se adhiera la mayoría de individuos solitarios (digamos “autónomos”) tratando de cumplir con su función conjuntiva del cuerpo social.

Pero todavía hoy, cuando entre nosotros damos por superada la última forma de la gran comunidad (la nación política), los hombres siguen naciendo en el seno de la unidad elemental de toda comunidad: la familia. “El hogar es a la comunidad lo que el individuo a la sociedad”, escribió F. Tönnies, uno de los teóricos de la distinción que estoy glosando: la distinción sociedad-comunidad. La nación política se concebía mitológicamente como gran comunidad sobre la base misma del parentesco.

Liberados hoy del parentesco, alcanzada la liberación de los propios úteros, tan anhelada por cierto ultrafeminismo, los individuos nacerán como tales y tendrán una existencia radicalmente independiente y sustantiva. Maravillas de la ectogénesis.

Liberados de todos los vínculos antropológicos de las comunidades tradicionales esos solitarios – sin familia y sin patria – tendrán la posibilidad de actuar en defensa de sus intereses privados o declararse muy sociales apelando a la intervención benéfica del Estado. A esto parece hoy reducirse el viejo sueño comunitarista, perdón: comunista. Yo, que no estoy solo aunque resulte existencialmente aislado, porque llevo en mi conciencia tripersonal el signo de la comunidad, mantengo con mi prójimo un compromiso paradójicamente absoluto, lo llevo – por así decir – incorporado. Es una condición más propia del eremita que del gregario.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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