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TRIBUNA

La moderación en el ataque

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 30 de abril de 2021, 20:31h

Cuando la infantería británica, la más valiente después de la española, atacaba una posición, avanzaba acompañada y dirigida por el alegre y pacífico sonido de la gaita. Esto sobrecogía a menudo a los enemigos, quienes después de lanzar su artillería innumerables andanadas de obuses para detener la marcha y machacar el ataque, seguía oyéndose impasible la dulce alegría de la gaita, que llenaba de confianza los corazones de los ingleses. Del mismo modo, nos cuenta Tucídides que los lacedemonios, los más consumados guerreros del Mundo Antiguo, no empleaban la estridencia de cuernos ni trompetas para dar las señales en los combates, sino melodías de flauta, y no por un motivo de carácter religioso o por alguna otra razón divina, ni tampoco para enardecer y hacer vibrar el ánimo de los guerreros, cosa que hacían los estentóreos cuernos y las trompetas, sino, al contrario, para hacerlos más moderados y cerebrales, algo que consiguen las modulaciones de la dulce flauta. Pensaban que en el momento de enfrentarse al enemigo, en los comienzos de la batalla, nada era tan adecuado para despertar el valor y conservar la vida que apaciguarlos con suaves y dulces melodías, de forma que su bravura no resultara desmedida ni se dejasen llevar por el furor bélico. Es así que cuando ya los escuadrones espartanos estaban dispuestos en orden de batalla e iniciaban el avance hacia el enemigo, los impasibles flautistas, como los gaiteros escoceses, diseminados por todo el ejército, comenzaban a tocar. Este preludio sereno y agradable, paradójicamente pacífico, refrenaba el ardor y el ímpetu de temibles soldados, evitando que se lanzaran dispersos y sin orden contra el enemigo, manteniéndolos con el corazón sosegado para que su cerebro mantuviese el mejor cálculo frío. No es verdad que el ridículo “Aú! Aú! Aú!” hollywoodiense exclamaran los guerreros de Esparta, sino que peleaban obedientes y serenos de acuerdo a las instrucciones de sus stratêgoí y basileîs, y las enseñanzas aprendidas desde niños del paidonómos. Asimismo, los cretenses, según Aulo Gelio, solían avanzar al combate al ritmo marcado por los serenos sones de la cítara. Por su parte, de Alyates, un rey de Lidia, cuenta Heródoto que, cuando hacía la guerra a los milesios, tuvo siempre tocadores de siringa y de lira. Y Homero afirma que los aqueos comenzaban el combate, no con los sones de la lira y de la flauta, sino que se animaban con la armonía y el concierto silencioso de sus espíritus y de sus corazones: “Los aqueos avanzaban en silencio, respirando ardor bélico y ansiando vivamente en su corazón ayudarse unos a otros.” Frente a los gritos y clamores de los galos las legiones de César avanzaban en un silencio aterrador y espantable.

Pues bien, del mismo modo que atacaban los espartanos y todavía hoy la infantería británica, también combatían los grandes políticos de las democracias griegas y la República Romana. En sus discursos, por encrespado que fuese el contexto político, siempre se mantuvieron en la medida, evitando toda estridencia formal y ajustándose al buen tono de la belleza oratoria. Incluso Cicerón, en su De oratore nos informa de que el tribuno Cayo Sempronio Graco tenía un flautista medio oculto detrás de él que con una pequeña siringa de marfil le marcaba los tonos cuando subía a la tribuna para hablar en las asambleas del pueblo, de modo que su melodía lo excitase cuando el tono de su voz bajaba, o bien lo atemperara cuando se exaltaba en exceso. Hasta para vencer al adversario más infame el buen tono y la belleza oratoria son vitales.

Pues bien, en la actual campaña electoral de la Comunidad de Madrid algunos candidatos no están guardando la medida, el buen tono cívico y les sobra la estridencia verbal, la creación sistemática de crispación y los exabruptos. La costumbre de la fealdad oratoria estraga el buen gusto, además del sentido común, de los electores o consumidores de la propaganda política. Ello hace que excesos intolerables de esos candidatos no sean castigados ni reprendidos por un electorado hebetado por el mal gusto atrabiliario y la barbarie de sus guías políticos. Desgañitarse cínicamente con alaridos injuriosos contra los adversarios no supone esgrimir ni aportar ningún argumento político, sólo aumentar el cúmulo de odio y envilecimiento nacionales.

El idealista Anthero de Quental, nuestro querido vecino del oeste zamorano, opinaba que el político debe educar al pueblo (demopedia), más con su comportamiento, modales y recto uso de la palabra que por su propio pensamiento político. Pero si hoy viviese este gran iberista en España diría, sin duda, que lo más maleducado, patibulario y salvaje de nuestra sociedad se encuentra en el colectivo político. Y, desde luego, renunciaría a su más alto desiderátum personal, su anhelo vitalicio, la unión de Portugal con esta pocilga bolivariana. El feo odio que se respira hoy en España a consecuencia de este nuevo Fumanchú “metà plexídas” no se veía desde los inicios de nuestra última Guerra Civil. La izquierda española no podría vivir si el pueblo español superase el trauma de la Guerra Civil enfrentándose a la verdad (única manera de superar un trauma emocional, tanto personal como colectivo), y necesita instalar permanentemente al pueblo en aquel espantoso trauma a través de una mal llamada “Memoria histórica” llena de mentiras interesadas. Los traumas colectivos no se superan jamás si la verdad no es asumida colectivamente.

Llama la atención el hecho de que últimamente la dignidad de los españoles parece descansar sobre todo en el regazo de mujeres valientes, como María Rosa Quintana, Isabel Díaz Ayuso, Cuca Gamarra, Cayetana Álvarez de Toledo, Belén Vázquez Blanco, Cristina Seguí, y muchas más que siguen la estela de otra grandes como Esperanza Aguirre o María San Gil, y que parecen alimentarse de la savia de honor y dignidad que viene de nuestra gran Isabel la Católica. Que su sombra femenina nos proteja siempre.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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