www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El drama electoral

jueves 06 de mayo de 2021, 20:08h

Podríamos creer que se ha acabado el trajín, pero ya sabemos que la actual política de partidos se encuentra en estado de campaña permanente. Publicitar cada gesto, oscurecer al antagonista, difundir imágenes, frases, ecos, simples representaciones. La teatralidad inherente a la vida pública ha consumido toda su realidad cuando resulta que está en juego la condición misma de la política real: la nación.

El Estado nacional, forma política de las sociedades modernas, es el resultado de un largo proceso de formación que, bajo las condiciones del absolutismo, culmina en las revoluciones nacionales. La formación de los estados nacionales procede de la descomposición de la Comunidad Universal que alcanzó su plenitud entre los siglos X y XII, al fondo de la Edad Media. El proceso es por tanto de muy larga duración, tanto para los que lo contemplan como fermentación o descomposición, como para los que lo entienden como proceso de liberación.

Aunque ambas perspectivas no son incompatibles y la liberación pudiera ser descomposición. En un magnífico libro – distante en principio de la historia política, pero atento a las transformaciones antropológicas de las sociedades contemporáneas – Mathew Crawford ha escrito, con una nitidez que sorprende, lo siguiente: “Podría pensarse que mi objetivo sea el de proponer una idea de libertad “auténtica” por oposición a una falsa libertad. En realidad, sugiero simplemente abandonar el término “libertad” en tanto que noción positiva”. El pasaje no puede ser más provocador. No se trata, tranquilícese el lector, de una idea política de libertad, sino antropológica. Ahora bien, esa distinción entre lo político y lo antropológico es ya una sutileza que escapa al simplificador estado de nuestro entendimiento. También es verdad que Crawford delata esa debilidad de nuestra capacidad de comprensión como efecto del despliegue de una idea de libertad heredera de las Luces y lo hace con una agudeza inusitada.

En esta política de la representación sin sustancia, se movilizan ideas, se construyen consignas publicitarias, se activan recursos dramáticos, imágenes sugestivas que contribuyen a disipar nuestra atención para atraernos al gesto final de votar por uno u otro partido. Es un insensato carnaval publicitario, tras el cual se está poniendo en juego – sin embargo – el último resto de realidad política que es la nación. Sea como fuere, han votado los madrileños masivamente a favor de Díaz Ayuso, quisiera creer que han detectado tras esa imagen alguna mayor realidad que tras el resto de fantasmas. Entre su merchandising abunda la alusión a la libertad, pero me temo que sigue concibiendo esa libertad como autonomía del individuo aislado que recorre el supermercado sometido a los vaivenes que diseñan los “arquitectos de la elección”, como hemos atravesado estas semanas de campaña bajo el bombardeo incesante de la publicidad de los partidos en busca de su mercado electoral.

En cualquier caso, los madrileños han elegido libremente y uno diría que se han cobrado venganza. Tras la convocatoria de elecciones se encuentra el movimiento de unos pretendidos representantes – una élite sin mérito, es decir, una casta – que buscaron tomar el gobierno de Madrid al margen de las elecciones. Ciudadanos ha perdido todos sus 26 escaños y ha quedado borrado del arco de la asamblea, sus secuaces en aquel acto han quedado relegados al tercer puesto. El comercio electoral les ha llevado a la quiebra por razones extrañas, como si todavía hubiera detrás del mercado de los votos un poso inamovible de rectitud moral. El principio de soberanía popular, se acepte o no, se ha erigido en el último principio que parece mantener una firmeza eficiente. Al menos esa es la impresión que produce el inexorable dictamen: han sido castigados los que buscaron eludir la voluntad del pueblo, quiero decir, de la ciudadanía, o sea: del cuerpo electoral. En fin: de los electores y libres consumidores. Sea como fuere, pude decirse que Madrid no paga traidores.

Pero, justamente sobre la soberanía popular se funda el nacionalismo político moderno. Vox populi, Vox Dei. Sea el pueblo lo que sea, aunque haya quedado reducido a erráticos individuos autónomos sumidos en el desconcierto. La nación política, acaso subsistente en la dudosa forma de esa nube de individuos, podría corregir no sólo a los que toman su nombre en vano, sino también a quiénes pretenden fraccionarla en naciones por venir que, por tanto, son falsas en acto. ¿El drama electoral ha saltado de las tablas al patio de butacas? No lo creo, pero ha corrido un cierto escalofrío venturoso entre los personajes del drama.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(0)

+
0 comentarios