Cuba y el antinorteamericanismo
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 08 de septiembre de 2008, 21:19h
Una joven Señora en posesión de muchos saberes y lenguas interrogaba no ha mucho a un conferenciante al término de su charla:”¿Por qué ha dicho Vd. que la pérdida de Cuba influyó en gran medida en el antinorteamericanismo español?”. Educado en los viejos principios enseñados por los admirables maestros y catedráticos de Instituto de la dura pero instructiva postguerra, aquél le contestó : “Por diversas causas –entre ellas, y en lugar conspicuo, las económicas- la Gran Antilla formaba parte a finales del siglo XIX, pese a la permanencia de su estatuto semicolonial y a los mil errores cometidos por la metrópoli en el camino de su autonomía, del patrimonio nacional de los españoles, ahincada en su imaginario colectivo como una tierra más del solar hispano. Recuerde el enorme eco popular de la habanera: “La banderita de España la custodiaba un león. El león quedó dormido y el yanqui se la llevó...”
Más allá del recelo y la antipatía normales que siempre despiertan los Imperios y las grandes potencias en los pueblos sometidos a su ascendiente, el antinorteamericanismo de la mayor parte de la Europa occidental posee un componente casi exclusivamente intelectual y elitista, muy por el contrario del español, que también se alimenta de una fuerte corriente nacida en la generalidad de la opinión pública. Frente a los escépticos de su utilidad social, la historia demuestra aquí su trascendencia para explicar fenómenos complejos y secretos intrincados del desenvolvimiento de las colectividades.
Las horas quizá climatéricas en que transcurre el hodierno acontecer de la isla ha devuelto actualidad caribeña a la naturaleza e historia de las relaciones hispano-cubanas. A consecuencia del proceso político-institucional abierto en la “perla de las Antillas” y la ineluctable intervención en él de su todopoderoso vecino, probablemente el antinorteamericanismo, convertido en verdadera seña de identidad de estratos masivos de nuestra comunidad, alcance un perfil aún más peraltado y sin comparación posible con el de ninguno otro de Europa. Mientras otras naciones del Viejo Continente tienen contraída una deuda directa y, en la mayor parte de los ejemplos, muy considerable, el retraimiento hispano de la escena internacional durante el siglo pasado determinó que los ejércitos estadounidenses no nos liberasen de nada. Al propio tiempo, todos los postulados del franquismo lo enfrentaban casi per diametrum con el american way of live y sólo la postura profranquista del lobby judío controlador de Hollywood hizo que el más influyente medio de propaganda del Imperio en los decenios centrales del novecientos contribuyese también a permear la cultura española por la yanqui. Más cercano a los republicanos que a los reluctantes demócratas, el predominio de éstos en la Casa Blanca durante la vida del dictador fue causa de que el general gallego mantuviera –bien que sofrenado hacia el exterior- hasta el fin de su existencia el antinorteamericanismo vigente en su familia y en su juventud ferrolana. El apoyo, restrictivo y calculado, prestado por USA al régimen de Franco durante la segunda mitad de su recorrido dio alas y, a las veces, serviría de pretexto para fomentar el sentimiento antiyanqui en la oposición nucleada por el P.C., luego progresivamente extendido, ya en la democracia, al resto de las fuerzas de izquierda.
Pero como levadura de toda congerie figurará en todo momento la enquina hacia el yanqui fomentada por el término de la España ultramarina. Su dinámica cara a los sucesos que se avecinan en Cuba es motivo de interés y curiosidad.