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La campaña americana y los analistas

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 08 de septiembre de 2008, 21:42h
Obama acertó al designar a Biden como su compañero de tándem pero, a juzgar por la repercusión mediática, McCain ha acertado aún más con la designación de Sarah Palin como su candidata a la vicepresidencia. Y no sólo por su condición de mujer -muy representativa, además, de un amplio sector de mujeres americanas- sino que por su “conservadurismo social” (por utilizar la terminología que allí se emplea), está en plena sintonía con ese extendidísimo sector del electorado americano que, sin complejos, opta por la tradición, los valores religiosos, un cierto aislacionismo y por la explotación de los recursos energéticos del país, sin excesivas preocupaciones medioambientales. Palin ha sido muy mal recibida por la elite washingtoniana (los del Beltway, como dicen por allí) pero muy bien por eso que se suele denominar “la América profunda”. Evidentemente, a la hora de elegir, McCain no ha pensado en los electorados europeos y, menos aún, en la progresía más o menos intelectual, que suele marcar la pauta a este lado del Atlántico. Quiere ganar. Y para ello entiende -y no le faltan argumentos- que había que buscar una persona del tipo de la joven gobernadora de Alaska. Con la jugada ha recuperado bastante terreno y Obama ha perdido la “pole position”, que parecía tener asegurada. A menos de dos meses del 4 de noviembre, los dos candidatos parten igualados para la larga recta final y, en este momento, se puede hablar de una elección muy abierta en la que el triunfo se puede decantar por cualquiera de los dos.

Ante este panorama americano (como ante tantas otras cuestiones de política internacional) llama mucho la atención toda esa pléyade de “analistas”, que por aquí han proliferado tanto y que se están volcando en la campaña americana. La especie no es nueva ya que estos analistas no son sino los que antes se llamaban comentaristas, columnistas o, simplemente, tertulianos, denominaciones que, al parecer, se les han quedado chicas. De ahí que, como obedeciendo a una consigna, todos o muchos se hayan revestido con los ropajes de “analista” que, por lo visto, confiere mucha más respetabilidad aunque, a juzgar por su frutos, no se sabe muy bien si una credibilidad equivalente. Una buena parte de estos analistas lo cierto es que analizan más bien poco, se documentan escasamente y no se molestan mucho en contrastar sus fuentes. Ahora, eso sí, todos o casi todos nos han hecho una cumplida exhibición de sus preferencias ideológicas y nos han informado acerca de cuál sería su voto si tuvieran que ir a las urnas en EE. UU. No caerá esa breva. Por supuesto, por ellos ganaría arrolladoramente Obama, como hubieran ganado todos los rivales demócratas de los últimos presidentes americanos. Siempre recuerdo la anécdota del periodista británico que, ante la marcha de un colega a otras actividades comentaba. “Veinte años trabajando con él en espléndida sintonía y hasta hoy no me he enterado de que simpatiza con los laboristas”. O de la respuesta de Cronkite, tras jubilarse de la CBS, a la pregunta de un periodista que, haciéndose eco de un rumor, le preguntó: “Si se presentara para presidente, ¿por qué partido lo haría?”. Cronkite respondió rápidamente: “Si después de medio siglo ante las cámaras, no sabe Ud. por qué partido simpatizo, no se lo voy a decir ahora”. Más tarde se supo que el famoso “anchorman” se inclinaba abiertamente por los demócratas, como buen washingtoniano.

Algunos de estos analistas no pueden evitar la tendencia a buscar paralelismos imposibles entre la política americana y la española. Pero ni las palabras significan lo mismo (“liberal”, por ejemplo) ni es admisible equiparar a Obama con Zapatero, presentando al candidato demócrata como expresión de una “izquierda” que allí o no existe o nada tiene que ver con la europea. Periodísticamente, lo peor es que estos analistas se hacen eco de falsas informaciones aparecidas en medios, y que nadie rectifica. Existe también una señalada tendencia a magnificar ciertos datos, sin ponerlos en su contexto. Se ha insistido, por ejemplo, en que Sarah Palin perteneció a un partido que promovía la independencia para Alaska. La dirección de su campaña ha desmentido esta información que, de ser cierta, se referiría a la etapa juvenil de la candidata y carece de cualquier transcendencia en este momento. ¡Lo divertido que sería “analizar” las simpatías políticas juveniles de nuestros políticos! Hay una buena nómina de maoístas y de castristas entre nuestra clase dirigente pero, por fortuna, aquí nadie le da importancia a los desvaríos juveniles. Aparte de que el secesionismo de Palin podría tener un paralelismo tan inesperado como divertido. ¿Sabían que Napoleón Bonaparte fue en sus años mozos partidario de la independencia de Córcega?

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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