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TRIBUNA

Shtisel

martes 01 de junio de 2021, 19:48h

Lo que he escrito a continuación será del todo ininteligible para los que no han visto la serie israelí Shtisel. Pero guardo la esperanza de que sea comprensible para los muchos que la han visto, que la están viendo, en todo el mundo. Su éxito es uno de los pocos signos luminosos que pueden percibirse en nuestros días y confío en despertar interés en los que todavía no la conocen.

Lo primero que llama la atención ante los primeros capítulos de Shtisel no es la curiosa vestimenta del ortodoxo o la belleza sonora del yiddish, sino una profundo y delicado lirismo arraigado en la vida cotidiana. Los rostros delicadamente desvestidos de la forma común del maquillaje, ropas que no están marcadas por el signo de la moda y todo el aparato de bienes resistentes a la gravedad, que creíamos irresistible, del mercado. En esas condiciones de vida aflora la sustancia viva de la realidad y se puede ver el mundo como el mundo es. La belleza sin artificio de un rostro o la calma de la cálida noche en Tierra Santa, traslucen cuando el ojo se ha vaciado del turbio viento de la novedad, de la sugestión atronadora de las pantallas. Las exigencias económicas no se suprimen, pero se contienen permitiendo que pase a primer plano todo lo que tiene verdadera importancia. No es que al judío no le importe el dinero, ahí está Nuchem Shtisel acosado por sus negocios y sus deudas, o el maravilloso Lippe Weiss, de una dulzura masculina hoy olvidada, pero arrastrado alguna vez por el viento del mundo, sin embargo, una frontera inexpugnable defiende la vida común del acoso de las mercancías.

Esta potencia lírica, no emotiva, no brota del individuo aislado, sino de unas formas de vinculación que son radicalmente extrañas a nuestro mundo. Lazos incomprensibles no sólo para los entregados al intercambio sexual ecualizado, estragado y absoluto, sino también para los sometidos al falso mito del amor romántico. A los emancipados les escandalizará la mediación de la comunidad que interviene a través del casamentero en la constitución del matrimonio. Esto no niega el amor, pero lo contrasta con la comunidad. De hecho, la norma es que el designio familiar sea respondido por una voluntad contraria, que ha de sostenerse con firmeza para imponerse. Vínculos que se afirman en una atmósfera de bienes suficientes, pero no asfixiantes, porque se sabe bien que la mercancía es una amenaza. Esos lazos se afirman como el amor de Ruchami a una hija que trasciende la biología y que sólo nacerá amparada en el amor de Hanina Tonik, cuyo Dios adorado pasa por el vientre de su esposa. O de Lippe Weiss que – con sus debilidades – entronca con una vida mucho mayor que la suya: “Llévame a mí”. Preserva Señor el hilo continuo de la vida. Éste es el elemento crucial.

Esta es la raíz comunicativa de personas que respiran unas a través de otras y de la que procede un lirismo hondo de naturaleza religiosa. Lirismo que procede de la visión diáfana de una realidad cuya aprehensión ha sido entorpecida por nuestra forma de vida. Por el contrario, los Shtisel poseen una sensibilidad sutil junto a una fortaleza asombrosa. Ahí está la delicadeza musical de Zvie-Arye o de Nuchem Shtisel, una sensibilidad cuya potencia les arranca de la presencia del mundo, y exige un radical dominio de sí. Pero se manifiesta especialmente en la capacidad de Akiva Shtisel – pintor de almas – para ver el mundo tal como es, viéndonos con minuciosa precisión. Está ahí, en la forma del gusto, si menos sutil más común, que se muestra en el paladar siempre amable, aunque no propiamente exquisito, de Schulem o el deleite del fumador en la cálida noche mientras se conversa con el hijo, con el hermano, con la amada o el amigo. Esa es la fuente de la alegría de vivir que, en algún momento, dejó de manar entre nosotros.

Las uniones familiares son la nervadura que teje esa comunicación profunda que, por supuesto, puede ser rasgada. Pero en el momento de perder al hijo o al hermano todavía puede rogar el soberbio personaje que es Schulem Shtisel: “No os vayáis todavía, quedaos unos minutos más. Todavía un vaso de gaseosa. Os lo ruego. Sólo un vaso de gaseosa”. El convivium templa el espíritu, dispone al perdón. Porque toda persona es un cementerio: “los muertos no van a ningún sitio. Están todos aquí. Cada persona es un cementerio, un verdadero cementerio en el que yacen los abuelos y las abuelas, el padre y la madre, la esposa y los hijos…”. Es la maravillosa vitalidad comunitaria de la muerte.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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