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TRIBUNA

La correspondencia entre las palabras y los hechos (2º)

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 19 de junio de 2021, 19:29h

Cuando Jordi Pujol hizo en el Senado, el 26 de septiembre de 1994, un discurso sobre que Cataluña poseía una cultura singular, y que aspiraba a gobernarse porque quería afirmar su identidad, sus palabras se dirigieron al presidente del Gobierno, Felipe González, a los presidentes de los gobiernos autonómicos (excepto el presidente de Euskadi, que estaba en contra del Senado territorial), y a los miembros de la Cámara, todos ellos asistentes al primer debate autonómico.

Fue una ocasión única, y lo que Pujol vino a expresar entonces era que Cataluña seguiría siendo leal a España, mientras se mantuviera el pacto constitucional de 1978, entre una Cataluña, cuya identidad se formó durante siglos, y una España, igualmente antigua, pero cuya identidad política y cultural era distinta.

Esa teoría del pacto entre Cataluña y España, reiterada por Pujol en distintas ocasiones y escenarios, no fue discutida nunca por quienes estaban convencidos de que el acuerdo de 1978 había sido sólo resultado de un impulso común, y por otra parte, las palabras del president Pujol, además, fueron celebradas -lo que entonces sucedió en el Senado- por su sentido de Estado, y eso estaba teniendo lugar cuando los nacionalistas vascos mantenían, por contraste con los nacionalistas catalanes, un distanciamiento con la idea de España, cuando no una hostilidad hacia ella.

Así, esa teoría del pacto arraigó desde muy pronto en Cataluña, y esa versión de los hechos, una singular invención de la tradición (The Invention of Tradition, by Eric Hobsbawn and Terence Ranger, 1981), no fue políticamente criticada, probablemente, porque los líderes de los principales partidos políticos catalanes, por distintas causas, quisieron enterrar en el olvido el periodo del president de la Generalitat provisional, Josep Tarradellas, y su significado histórico, un símbolo catalán de impulso común.

El president Tarradellas representó a Cataluña desde el momento inicial, cuando España iniciaba la transición que culminaría con la Constitución y con los derechos de Cataluña, definidos en la Transitoria Segunda (se constituía en autonomía plena por haber tenido autogobierno durante la II República, y Tarradellas era su referente), pero en ningún momento, él, su gobierno o alguno de sus consejeros (y Pujol lo era), no hicieron nunca algo parecido a buscar un pacto con “el Estado” español.

La Transición no fue un pacto de las Cámaras constituyentes con Cataluña, ni con nadie, ni siquiera con el propio Rey Juan Carlos(cuyo poder soberano no era metafísico). La organización unitaria de Cataluña, la Assemblea de Catalunya (1973-1977), creadora del impactante eslogan “Libertad, amnistía y estatuto de autonomía”, se disolvió cuando los partidos políticos se presentaron cada uno por separado a las elecciones de junio de 1977. La Assemblea de parlamentaris, la reunión de todos los electos en Cataluña, cuyo carácter meramente simbólico quedó patente cuando Tarradellas fue designado president de la Generalitat (sin conocimiento de ese organismo parlamentario unitario), encontró su función institucional sólo cuando la Constitución encomendó a los parlamentarios la tarea de redactar un proyecto de Estatuto de Autonomía (Estatut de Sau), pero eso se realizó después del período constituyente. En el Senado constituyente (1977-1978), la mayoría de los electos en Cataluña, y algunos senadores reales, se integraron en el grupo parlamentario Entessa dels Catalans (Entendimiento de los catalanes), pero tampoco fue nunca el espacio unitario de un posible pacto, aunque alguno de sus componentes, por ejemplo Josep Benet (el senador -por Barcelona- con mayor número de votos de España), lo intentó, más que nada para hacer sombra política al president Tarradellas. En cualquier caso, a la vista de que la mayoría absoluta de UCD en el Senado estuvo a punto de hacer zozobrar la reforma fiscal (acordada en los pactos de la Moncloa), los grandes partidos políticos, con el consenso, decidieron rebajar al máximo la presencia y los poderes del Senado, de modo que desapareció el último espacio capacitado para plantear un pacto de Cataluña con el “Estado”.

La inexistencia de pactos entre los territorios de España con el Estado se comprueba con lo que sucedió en las provincias vascas y en Navarra, territorios cuya foralidad -vigente entonces en Álava y Navarra- podía hacerles más propicios a los métodos del pacto. En Euskadi y en Navarra ni siquiera hubo fórmulas unitarias, como en Cataluña, para imaginar un pacto con el Estado. En las cuatro provincias forales, aunque hubo una candidatura senatorial con vocación unitaria, denominada Frente Autonómico, lo cierto fue que sus miembros socialistas se integraron en su grupo ideológico partidario, y los demás elegidos constituyeron un llamado Grupo Vasco, al que se adhirieron senadores de diversas procedencias, incluyendo senadores nombrados por el Rey, pero que operó como grupo del PNV. Mientras en Cataluña se designó a Tarradellas, su equivalente en el exilio, el lehendakari Jesús M. de Leizaola, se mantuvo al frente del gobierno vasco en el exilio, a pesar de que se había constituido el Consejo General Vasco, cuyo lehendakari era el senador socialista Ramón Rubial. A la fractura ideológica, se añadió la geográfica: Navarra rechazó pronto su unidad con Euskadi. En los territorios vascos no es que no hubo pacto, sino que el impulso común fracasó.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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