El pasado 1 de julio cumplió su sesquicentenario el afamado periódico L’Osservatore Romano. No es de la Santa Sede, pero está muy ligado a la Santa Sede. Dicen que es más famoso por lo que calla que por lo que publica y sus diversas ediciones –de diarias a periódicas– dan cuenta por igual de las palabras del Sumo Pontífice que de otros personajes relevantes y los aconteceres del mundo eclesiástico. Anuncia que va a encriptar sus despachos y contenido ya solo para suscriptores, cosa lamentable porque podría ser más versado buscando varias maneras para atraer a los lectores.
Como no es la Santa Sede no podemos culparle ni señalarlo de falta de transparencia como si fuera parte dogmática de la Iglesia, que ya bastante le cae a la Iglesia y no es la Iglesia per se. Así que valga un reconocimiento a su labor y va que chuta. Después de todo es uno de los rotativos más antiguos del mundo.
Como antiguos son los problemas de la Iglesia y el desafío alemán retador de sus procederes –otra vez Alemania, como hace cinco centurias– que plantea los temas más polémicos y laberínticos que definen las intranquilidades en el seno de la Iglesia católica, que se discuten aunque no en todas partes. Temas que son más mundanos que celestiales, más no por ello, menos importantes: celibato, sacerdocio femenino, aceptación de homosexuales y divorciados, condenación de la pederastia –recién más penalizada en el derecho canónico– y que dejan detrás otros como el ecumenismo o la supervivencia del rito tridentino, que revivió Benedicto XVI y que no puede ser impuesto al grueso de la Iglesia y deberían de saberlo sus simpatizantes, mientras se cuestiona y se enaltece el Vaticano II.
La confrontación de Roma con la Iglesia alemana pone de relieve que pontífices van y vienen y la Iglesia universal se muestra entrampada en un laberinto, casi un callejón sin salida, a juzgar por el proceder de su jerarquía. No es fácil saber si entre sus fieles hay esa misma percepción y negativa a ciertas decisiones como en aquella. El celibato al que defiende como eje toral del sacerdocio católico que niega rotundo el acceso a la ordenación femenina, lacera. Por más que distintos grupos claman por un activismo mayor de la mujer, la relegación a la maternidad y a la vida contemplativa apenas casa con la permisión en enero de 2021 a que existan el lectorado y el acolitado femeninos al institucionalizarse, advirtiéndose que la Iglesia católica no tiene facultades para conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal. No debe ser visto el clamor ni como una moda ni como feminismo ni ocurrencia, sino discutirse más profundamente el asunto. ¿Qué ya se ha hecho? pues no estaría de más hacerlo de nueva cuenta. Y pedir perdón en tantos temas, no basta. Se necesitan acciones más contundentes.
La confrontación con parte el clero alemán por bendecir parejas homosexuales e incluso divorciados, en una Iglesia tampoco exenta de abusos de pederastia como la germana, pone en jaque lineamientos que Roma ha determinado como contrarios a esa práctica clerical manifiesta en la Germania. Lo que ocurre en Alemania no es sino un anhelo y una discusión extendida, si bien tampoco se crea que entre comunidades excluidas de la comunión o la bendición hay prisa, pues el sentimiento de exclusión campea fuerte y rechazan también la propia de Ia Iglesia. Resulta aburrido en contraste que los teólogos alemanes parezcan más preocupados en deponer al Papa o declararlo hereje. Su sentir no es dogma ni ha de secundarse. Es no mirar a lo importante. Van tan extraviados como Viganò y olvidan que la soberbia es pecado capital. Aunque desde la Iglesia se asevera tener claridad en sus intenciones, procederes e inspiración divina, no se niegue que el múltiple debate existe en el seno del catolicismo, aunque sí, en efecto, Iglesias como la mexicana mediocremente mejor se conforma con administrar el Tepeyac y acallar todos los temas álgidos citados. Eso no evita que por fin a la fecha se hayan ya denunciado 550 casos vergonzantes de pederastia en su seno. Se acabó el silencio y eso advierte que o endereza conductas y finiquita impunidades y encubrimientos indebidos desde quienes son cómplices por activa o por pasiva o asume una feligresía mexicana más movilizada. Por la salud de la Iglesia que es de todos, es pertinente y positiva esa movilización. Y que los cardenales retobones no lo olviden. Deben fidelidad al Papa, aunque no les agrade su proceder. Donde manda el Papa, no mandan ellos o que cambien ese estamento si tanto les incomoda.
Cambiando de tema, otra conmemoración relevante es el centenario del Partido Comunista chino. Ha sido la destacada oportunidad para vender el discurso de país invencible que cumple propósitos y metas. Ha sido la ocasión propicia para decirle a las potencias extranjeras que China no será nunca más sometida y que se llevará un descolón quien lo intente. Es potencia económica, militar nuclear, espacial y deportiva. Esfume de su cabeza que solo es rollitos primavera y dragones. Eso déjelo para ignorantes y yanquis frustrados que no tragan el punto.
El despliegue de la celebración ha sido atronador, que a nadie deja indiferente. El centésimo aniversario ha dejado hasta reuniones, conferencias, desfiles, aclamaciones, fuegos pirotécnicos dentro y fuera de Chima, pues en sitios como México se efectuó alguna reunión de alto nivel con prominentes y gerifaltes de todas las fuerzas políticas para convidar la enhorabuena. El despliegue diplomático, los mensajes abiertos y velados a Estados Unidos, el guiño siempre veleta a Rusia y las refrendadas intenciones de engullirse Taiwán, solo son una multiplicidad de rostros del empuje y el poderío chinos.
Sí, posee tal modelo expansionista chino algunos pneumáticos bajos –carencia de petróleo, sobrepoblación, verticalismo político– pero a cambio la segunda economía mundial no ceja en sus empeños, ya la ve usted. Va metiendo ruido en la cotización de divisas fuertes, empeñada en nuevos mercados, con diplomacia muy activa –anti-Tibet, pro América Latina, con los Juegos Olímpicos de Invierno 2022 en Pekín o capoteando las embestidas y acusaciones yanquis por el coronavirus– y no se rinden ni piensan cesar en ascender. Cuando China ha reclamado contar con su propia estación espacial, se posiciona en Marte, con miras en la Luna y asegurándose que veamos al detalle a sus takinautas moverse en el espacio sideral, solo son llamados –ni amenazas ni advertencias, pues hace rato que son ya hechos concretos– a que constatemos a un gigante que se mueve sin reparos. Su retozo espacial solo es un llamado. Y es sorprendente que no se acabe de entender ni de admitir. Algunas élites yanquis por fin lo hacen, no obstante que con supina torpeza respondan. El pataleo de Nancy Pelosi llamando a boicotear los Juegos de Pekín pretextando violación de Derechos Humanos es de un ridículo que solo ribetea el informe chino de marzo pasado exhibiendo a EE.UU. en un ojo por ojo y destacando la muerte de George Floyd o la toma del Capitolio como muestras palpables de deficiencias yanquis en la materia. De esas que los desacreditan para señalar a nadie.
Rinconete. El brutal asesinato del presidente haitiano en su domicilio, crimen donde ha sido necesario que el Departamento de Estado de Estados Unidos deslinde a la DEA y sucediera el magnicidio días después de que el mandatario caribeño dijera que había una oligarquía ligada al sector eléctrico queriendo apoderarse de su país, pone sobre la mesa los intereses que pueden estar detrás.
La sorpresiva muerte de Raffaella Carrà desconcierta por súbita y entristece por su trayectoria. Aunque se diga que por líos con Hacienda no regresó a México, tuvo su cartel. Me quedaría con su canción América –que aunque en realidad refiere a Estados Unidos (doble sic)– dice que anda para dar con ella diez mil kilómetros para decirle que la quiere con aire lírico, saludarla con modales aristocráticos y al llegar la despedida, ponerse trágica. Cosas transoceánicas.