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JAPÓN SOSTIENE LOS JUEGOS OLÍMPICOS

viernes 23 de julio de 2021, 14:50h
Actualizado el: 23/07/2021 16:53h
Me ha impresionado la inauguración de los Juegos Olímpicos. Hay que aplaudir a Japón por haberse...

Me ha impresionado la inauguración de los Juegos Olímpicos. Hay que aplaudir a Japón por haberse enfrentado con la pandemia Covid-19 y haber organizado una completísima ceremonia, convirtiendo la ausencia de público en la presencia espiritual de un pueblo serio, responsable, valeroso, capaz de enfrentarse con todas las dificultades y superarlas.

Las Odas triunfales de Píndaro, cantan los Juegos Olímpicos y también los píticos (en Delfos), los ístmicos (en Corinto) y los nemeos (en el Peloponeso). Los epinicios del poeta tebano, que era un aristócrata dórico, se extienden desde el 498 a. C., en que canta al joven tesalio Hipocles, hasta el 444 en que exalta a Teeo de Argos, luchador en la palestra. Píndaro se sentiría hoy orgulloso de lo que ha hecho Japón.

Como algunos poetas actuales, Píndaro dedicó también sus odas a cantar a los Castro y a los Kim de su época, tiranos que se llamaban Hierón de Siracusa y Terón de Agrigento. En los Juegos Olímpicos había carreras y discóbolos, pero sobre todo torneos de lucha, pancracios y pugilatos. A los atletas les ceñía la corona de laurel la miss de aquel tiempo, que era una vestal del templo a la que cortaban la clámide y llamaban la «fainomérida», es decir, la que enseña los muslos. Hierón, el tirano, conquistó el laurel dorado con su caballo Ferénico. Píndaro, superior sin duda como poeta a Simónides y Baquílides, ambos un poco papanatas ante el fulgor del deporte, exalta también al fundador de las olimpiadas, el lidio Pélope, hijo de Tántalo. Este Tántalo era un cabroncete que ofendió a los dioses al despreciar el néctar y la ambrosía que servía Ganímedes. Le condenaron a un atroz suplicio y salvaron a Pélope, del que se enamoró el cacorro de Posidón. Hipodamia se ventiló después a Pélope con notables frutos. “Duramos un solo día -escribe Píndaro con eco en Shakespeare y Calderón-. ¿Qué somos? ¿Qué no somos? Sombras de un sueño es el hombre”.

El siglo XX coronó al fútbol como deporte rey. Se ha convertido en un fenómeno sociológico de masas estudiado por filósofos e intelectuales. Y cantado por los poetas. No tanto como los toros, pero con poemas a veces estremecedores. Miguel Hernández dedicó una elegía a Lolo, guardameta de un equipo menor que se destrozó la cabeza al hacer una parada: “Fue un plongeón mortal. Con cuanto tino y efecto, tu cabeza dio al poste. Como un sexo femenino, abrió la ligereza del golpe una granada de tristeza”.

El fútbol, sin embargo, es una anécdota en los Juegos Olímpicos. Más de doscientas naciones se disputan varios centenares de medallas con el esfuerzo atlético individual y colectivo en incontables deportes. El barón de Coubertin se sentiría orgulloso igual que Píndaro de cómo Japón, que continúa viviendo junto a su Emperador, igual que hace 2.600 años, no ha regateado el esfuerzo exigido por el olimpismo. Y durante cuatro semanas, el mundo marginará sus problemas para entretenerse con el esfuerzo deportivo de los atletas, de ellos y de ellas, pues todas y todos brillaron en la impresionante ceremonia de inauguración, la del silencio y la emotividad, bajo la eficacia de la Institución más antigua del mundo: la Monarquía japonesa.