Hace ahora 76 años, la bomba atómica, primero sobre Hiroshima, tres días después...
Hace ahora 76 años, la bomba atómica, primero sobre Hiroshima, tres días después sobre Nagasaki, doblegó la altivez nipona. El Emperador Hirohito rasgó la cortina de crisantemos para dirigirse por radio a los ciudadanos y comunicarles su decisión de rendirse. Cualquier japonés que hubiera dicho lo que el Emperador afirmó habría sido fusilado por alta traición. Pero fue el Emperador y el pueblo japonés tenía el convencimiento de que el titular de su Monarquía solo podía desear el bien de la nación. Hirohito salvó la vida de muchos millones de japoneses y también de estadounidenses. Cuando Truman quiso someter al Emperador a juicio por genocidio, el general McArthur se opuso enérgicamente. Derrotado sin condiciones, en muy pocos años Japón se convirtió en el gran aliado del mundo occidental en Extremo Oriente, prosperó económicamente como una centella y se convirtió en una ejemplar nación democrática.
Al más veloz, más alto y más fuerte, la consigna olímpica, Japón ha añadido: “todos juntos en solidaridad y concordia”. Y haciendo frente a la pandemia ha sido capaz de organizar unos Juegos Olímpicos ejemplares, presididos por Naruhito, descendiente del Emperador Itoku, contemporáneo de los Juegos Olímpicos de la Grecia clásica.
Tanto la ceremonia de inauguración como la de clausura fueron muestras de concordia y de superación de racismos y violencias. Con un mundo en equilibrio inestable, Japón, perdedor de la II Guerra Mundial, ha sabido sacrificar el beneficio económico, en favor del deporte, de la paz y de la solidaridad. Y no está de más subrayar los aspectos positivos que tiene la Humanidad y que han brillado en este Japón olímpico de todos los fulgores.