China: los juegos y la recuperación del orgullo nacional
Eugenio Bregolat
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eugeniobregolatgmailcom/15/15/21
domingo 14 de septiembre de 2008, 18:56h
Los Juegos Olímpicos de Pekín marcan el éxito de la estrategia regeneracionista iniciada, en lo político, con la revolución comunista, sesenta años atrás, y en lo económico con la segunda revolución que ha significado la reforma económica, lanzada hace treinta años. China se vió sumida en un pozo de humillación y escarnio a partir de la derrota que le inflingió Gran Bretaña en la Guerra del Opio (1839-1842). Es difícil exagerar el inmenso trauma que esta derrota supuso para un país que había sido durante largos siglos el más rico, tecnológicamente más avanzado y culturalmente más sofisticado del mundo. El resultado de la Guerra del Opio fue que China tuvo que ceder partes de su territorio como colonias o como “concesiones” extraterritoriales a las potencias desarrolladas. A los diversos asaltos de europeos y norteamericanos, siguió la derrota en la guerra con Japón (1895), país que luego ocupó Manchuria, creando un estado títere, y se lanzó más adelante a la conquista del resto de China, con grandes desmanes y decenas de millones de muertos.
En 1949, con la proclamación de la República Popular, China recuperó su soberanía. El nacionalismo fue un componente del ideario del Partido Comunista de China tan esencial como el socialismo. Lo había sido ya en el ideario del Sun Yatsen, que en 1911 proclamó una República burguesa, o en el de los modernizadores de la última dinastía Imperial. Pero la China de Mao inició, al abrazar el modelo soviético de planificación económica, un viaje a ninguna parte, del que sólo la rescató la clarividencia de Deng Xiaoping al dar paso a la economía de mercado y a la apertura al exterior. China encontraba, por fin, el camino de la modernización económica y, con él, el convencimiento de que podría volver a ser un país rico y fuerte, que ocupe el lugar preeminente en el mundo que conoció en otras épocas. Se está produciendo en China un verdadero Renacimiento, que alcanza no solo a lo económico o a lo deportivo, sino también a lo cultural y artístico en sus múltiples vertientes. En lo político se han hecho cambios significativos y otros seguirán como corolario inevitable de la transformación económica, social y mental. Sólo con la modernización y el desarrollo económico China ha recuperado plenamente su orgullo nacional. A partir de 1949, recobrada la soberanía nacional pero con graves carencias en el frente económico, el trabajo había quedado a medio hacer. Esta China con la confianza recuperada en sí misma es la que se ha presentado al mundo en los Juegos de Pekín, que, a su vez, han acrecentado esa confianza.
Desde el punto de vista organizativo, deportivo y urbanístico el mundo entero ha puesto a China una nota muy alta. En Londres, la sede de los próximos Juegos, se han apresurado a decir que no podrán competir con la magnificencia de Pekín. ¿Habrá que esperar para superarlos a los próximos Juegos en China, tal vez dentro de veinte o treinta años, posiblemente en Shanghai? Por de pronto, esa ciudad de grandes hombros, que aspira a ser la capital del mundo, tendrá ya una ocasión de acabar de quitarnos la escasa capacidad de asombro que aún nos queda con la Expo de 2010.
Un español universal, Juan Antonio Samaranch, miembro del COI desde 1966 y su Presidente durante 21 años, jugó un papel decisivo para que los Juegos fueran a Pekín. A él se debe parte de este éxito y del impulso que los Juegos suponen hacia una China mejor, más abierta y más reconciliada con el mundo que hace aún tan poco tiempo tanto la humilló.
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Ex-embajador de España en China y Rusia
Eugenio Bregolat Obiols es embajador de España en el Principado de Andorra.
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