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TRIBUNA

Desde el tren

martes 31 de agosto de 2021, 19:57h

No es la primera vez que he meditado sobre ello, pero ayer mientras recorría el trayecto desde Alcalá de Henares hasta la Estación de Atocha en Madrid, el tema cobró mayor dimensión en mi mente.

Contemplé con honda perplejidad desde el tren…, cómo muchos muros pintados agredían mi sensibilidad, y nada me decían como no fuera un rechazo a lo extraño y hostil, poniendo una valla en mi intento natural de comprensión.

Es que no convivo, quedo absorto, sorprendido ante signos ininteligibles, con grafías que no me dicen nada y me llenan de confusión.

Traté de entenderlos esta vez, a diferencia de la actitud de total desinterés que he mantenido otras veces.

Solo dos palabras pude rescatar en kilómetros de recorrido, en esas expresiones para mí sin arte, de colores y trazos confusos que mi mente no comprende: Pax y Eva, solo eso entendí sin vincularlos a ningún mensaje ni a propósito alguno que me mereciera claridad…

Cuando algo se expresa con arte, siempre hay una fuerza que atrapa.

Pero ante aquello que contemplaba, sintiendo un cierto temor y mucho rechazo, me alegré de ir en el tren dejándolos atrás, cual fragmentos descartables de películas que no quiero volver a ver…

Y esa es mi gran preocupación: ¡estar lejos de esa juventud que así se expresa y de otros no tan jóvenes de este tiempo nuevo que solo pueden o quieren expresarse así!

¡Qué extraños me resultan, al no entenderles ni el mensaje ni el condimento de arte con el que pretenden decir algo, puesto que al fin creo que es nada más que algo para ellos mismos…

¿O acaso están inspirados, en eso también, en posturas que nos vienen desde afuera?

¿Son esas, manifestaciones genuinas de nuestra cultura?

¿Así es cómo expresan las protestas que muchos no entendemos?

Me alarma ese abismo generacional que también percibo cuando me enfrento a seres de mi especie que expresan no querer ser como el conjunto es, y se alejan demostrando hasta qué punto han llegado en distancia y discordancia.

No sé por qué, pero cuando miraba desde el tren…, trataba de imaginarme a quienes pintan esos muros, cómo son, cuál es la realidad de su mundo, qué piensan, qué intentos los guían, qué ritos consagran, qué ahogos privan su paz interior, y cuántos rechazos sienten en los latigazos con que castigan muchas veces a su gente y a su tiempo.

Pensaba también, por qué caminos canalizarán, quizás, la compleja red de sus confusiones, y vinieron a mi mente: el alcohol, las drogas, el sexo desenfrenado y sin amor, los atropellos de las etapas que se viven precipitadamente, la acusación ciega y atropellada hacia todo, y por supuesto, la inmediatez del “ya” hacia todos los que no somos como ellos son…

¿Es todo eso lo que está expresado en los muros que vi desde el tren…?

¿Acaso somos hipócritas quienes permitimos límites y frenos en nuestras vidas?

¿Acaso no se necesita coraje para dominar las fragilidades y darles espacio a la sensatez y a los valores para no dar rienda suelta al desparpajo del “todo vale”?

Quizás a quienes han pintado esos muros nada les viene bien del mundo que hemos construido, por supuesto que con imperfecciones que también nos duelen, y se refugian en ellos mismos y creen que son dueños de la verdad y que están aptos para reconquistar la recuperación social, y la gran revolución del cambio generacional…reivindicando banderas que no veo flamear.

¿Están en cierto modo enfermos y no lo saben?

Siempre he entendido conveniente e imprescindible volver a los senderos del amor, pues creo es con él que se resuelve la vida y la mayoría de las dificultades…

No es abandonándolo todo, no es con odios como se resuelven las situaciones, tampoco con agresiones de ninguna especie, ni con latigazos en los muros que desprecian, muchas veces, a los que por ellos sufren las heridas sangrantes que dejan sus actitudes…

No nos extraña que algunos desprecien la vida propia y la ajena, ya sin amores, rotos los lazos que jamás debieron destruirse, empeñados tercamente en la ceguera de no querer ver la luz que siempre estará y jamás se les niega...

Los muros pintados que se sucedían veloces e interminables como si se hubiera plasmado en ellos, con saña, una locura (porque no hubo espacio en blanco que me indicara una pausa serena o una atinada reflexión), fueron para mí, desde el tren…, la proyección de una película que no quería continuar mirando, por todo lo que veía en ellos de vidas sin sueños, de esperanzas marchitas, de apuestas incumplidas, de postergaciones injustas, de desplazamientos infames, de crueles acusaciones, de declinaciones dolorosas y tantas veces sin retorno, de padres y familias sufriendo su martirio, de amistades canjeadas por arteros vínculos venidos desde las sombras…de vidas que nacen de vientres enfermos, sin la alegre sustancia que sólo viene del Amor y la verdadera felicidad…

Esas señales, se reflejaban en mi mente al desfilar ante mí, esos muros...

Cuando regresé de Madrid, también desde el tren…, traté de no mirar, sobre todo de no detenerme en lo que quizás, estaba subyacente en aquellos trazos y pensé cómo el Amor es desdeñado por quienes permiten que el hielo se cuele por algunas rendijas abiertas en sus corazones, dándole la espalda, indiferentes, debido a los errores y horrores que han permitido en sus vidas.

Y mi mente trataba de borrar todo lo visto, soñando que todo es posible con el reinado del Amor…

Soñando en lo que deberíamos intentar para que las distancias generacionales se acorten, para que esos abismos no nos separen…

Soñando en la apuesta entendible y necesaria de hablar el mismo idioma…para que nadie nunca tenga la necesidad de apartarse de la expresión de una generación, ni de sentirse incomprendido o postergado…

Para que otros pinceles tracen el rostro legible y tangible del Amor en los muros.

Para que un día nadie sienta lo mismo que sentí yo, desde el tren…

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