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TRIBUNA

García Morente y Schiller

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
sábado 11 de septiembre de 2021, 19:56h
Actualizado el: 09/11/2021 21:43h

Con el título ESTUDIOS LITERARIOS se ha publicado un libro que recoge antiguos artículos de Manuel García Morente (Editorial Encuentro, Madrid 2021).
orente tuvo una decisiva influencia en la vida cultural española antes de la Guerra Civil. Fue Catedrático de Etica de la Universidad de Madrid, número dos en la Institución Libre de Enseñanza tras Ortega, y consultor principal de Espasa Calpe, que era con mucho la mejor editorial de la época.

Conocía a fondo la filosofía y literatura alemanas. Había traducido en 1920 la más importante obra filosófica de Schiller, Educación estética del hombre. El libro que comentamos incluye un extenso trabajo de Morente sobre la vida y obra de Schiller, nunca antes publicado. Quizá fuera pensado como prólogo a Educación estética del hombre, pero se omitió luego por ser demasiado largo.

En todo caso aquí nos centramos en los comentarios de Morente sobre las ideas estéticas del pensador alemán. Schiller halla insoportable la contraposición que el autor de la Crítica de la Razón Práctica establece entre el deber o imperativo de la razón y el ser físico del hombre, inevitablemente regido por leyes de su naturaleza sensible. La razón moral exige que el acto sea puro y libre, es decir, impulsado por el mero respeto a la ley. Por otra parte, la naturaleza del hombre, como uno de tantos objetos del mundo sensible, exige que el acto sea producido por los impulsos y tendencias naturales (Pag. 116).

Distingamos, pues, entre deber-ser ético y deber-ser estético. El deber-ser ético no puede estar vacío de contenido, como exigía Kant. Al contrario, siempre está ligado a una materia valiosa, según la oportuna corrección que Scheler hizo a Kant. Sin embargo, en cuanto a la pura exigencia formal, la Axiología que propugno es incluso más exigente que el propio Kant. El cálculo lógico -justo el que ha hecho posible los ordenadores- nos asegura que obligatorio, o el deber-ser ético como tal, se formaliza lo mismo que necesario.

Así pues, el enorme drama ético de la entera humanidad, y de cada persona en particular, tiene que desembocar necesariamente en un Juicio Final, en que el bien triunfe absolutamente sobre el mal. Si realmente algo debe-ser en ética, acabará siendo, por las buenas o por las malas. O expresado al revés, como hizo Dostoiewsky, si Dios no existe, todo está permitido.

Mi Axiología atribuye el papel de Juez Supremo a Dios en cuando Logos o Ipsa Veritas. La razón para ello estriba en que la primera tensión entre el bien y el mal se concreta para cada individuo humano en el dilema entre la verdad y la falsedad. Y el valor de la Verdad abarca y condiciona todo lo valioso. Aparece con el lenguaje, con el primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador. Este supone a la vez ser libre y percibir el dilema entre lo verdadero y lo falso.

Por tanto, no se trata sólo de la maravilla del deber moral, que sentimos en el corazón igual la sublime noche estrellada sobre nosotros, según la conocida frase de Kant. Es algo mucho más trascendente que eso. Se trata de la victoria del bien sobre el mal. Y el triunfo del bien sobre el mal sólo puede consistir en el la separación entre ambos, escandalosa y provisionalmente mezclados en este mundo. La victoria del bien sobre el mal implica la radical separación entre un cielo, o reino del bien sin mezcla de mal, y un infierno, o reino del mal sin mezcla de bien. El deber-ser ético es una necesidad lógica y ontológica (Notwendigkeit).

Esta idea de la necesidad del deber-ser ético podrá aceptarse o no. Pero está clara como concepto teórico. El problema surge más bien cuando intentamos saber en qué puede consistir el deber-ser estético. Pues no está acompañado de la necesidad.

Nadie está obligado a ser un buen cantante. Nadie es culpable de tener poca o mala voz. Pero tampoco hay nadie sin algún tipo de vida estética. Todo el mundo es capaz de disfrutar una sabrosa comida conversando con sus amigos. Todo el mundo suspira por el ocio de las vacaciones, o por el fin de semana en que se entregará a la vida estética.

Curiosamente, la opinión de Schiller sobre lo estético resulta tan exagerada y ajena a la realidad como la opinión de Kant sobre lo ético. En palabras de Morente, Schiller concibe su ideal de humanidad en la coincidencia de las inclinaciones patológicas, sentimentales, con las exigencias racionales de la ley moral. El hombre ideal de Schiller es aquel que espontáneamente y como sin saberlo cumple con su obligación moral... El hombre es verdaderamente libre sólo cuando juega, dice Schiller. (Pag. 100).

Sin duda, imaginamos los bienaventurados del cielo tal como dice Schiller. Allí la vida ética no dará problemas. Seguirán siendo libres en sentido positivo. No es posible que Dios despoje a los bienaventurados del bien supremo de haber sido creados a su imagen y semejanza. Pero tendrán a Dios tan cerca que no hay peligro alguno de que hagan el mal. Allí no habrá violación alguna de valores obligatorios.

Sólo existirá la entrega placentera a los valores estéticos. Aunque éstos no se reducen al arte, como estrechamente pensaba Schiller. Todo el mundo tiene vida estética, por modesta que sea. Con todo, tenemos pendiente la tarea de describir teóricamente el deber-ser estético. Y no es tarea fácil.

En primer lugar, la expresión deber-ser hay que entenderla ahora, no como una obligación, sino como una oportunidad, una ocasión para desarrollar la propia personalidad, una invitación a crecer en valores. Y en ese sentido el valor estético debe ser. Es mejor que exista a que no exista.

Por otra parte, el deber-ser estético es mucho más relajado y flexible que el deber-ser ético. De modo excepcional, la ética puede carecer de la tensión entre cuerpo y espíritu. Hay gente que disfruta trabajando. Vive gustosamente un genuino valor ético. Pero lo normal es preferir la agradable vida estética a la penosa vida ética. La gente aprovecha cualquier oportunidad de ampliar el ocio del fin de semana. Para eso se inventaron los puentes. El deber-ser estético es gratificante y placentero. En consecuencia nos parece siempre un tanto forzado emplear aquí la palabra deber.

El juego de los niños, como vio Schiller, es el ejemplo más obvio de vida estética en este mundo. También raya a gran altura la creación artística. Pero el que está absorto en resolver un crucigrama, si al final lo consigue, experimenta la misma satisfacción subjetiva que Miguel Angel pudo tener dando el martillazo final a su Moisés. Que sea una experiencia más modesta no implica que sea menos genuina.

Observa también Morente que Schiller esperaba demasiado de la educación estética. Y no sólo porque pensaba estrechamente sólo en el arte, y no en toda la amplia extensión de la vida estética. Esperaba además que la educación en el amor a la belleza artística bastaría para hacer a los hombres mejores. Por desgracia no es así.

Con todo, la exhortación a buscar la belleza siempre será un factor educativo muy positivo. El consejo de Schiller puede recuperarse y adaptarse a nuestra atormentada época actual. El actual movimiento ecologista contra de la contaminación ambiental se enriquecería con un mayor aprecio por la belleza de la naturaleza.

Las siguientes palabras de Hermann Hesse exponen esta idea mejor que pueda hacerlo yo. Goldmund miraba las hojas de la pequeña planta, cómo su tallo era tan bello, todo tan inteligentemente ordenado. Bellos eran también los versos de Virgilio, que él tanto amaba. Pero no eran ni la mitad tan bellos como el orden en espiral de estas diminutas hojas rodeando el tallo. (Naziβ und Goldmund. Ed. Suhrkamp 1975, Pag. 102).

Nuestro actual ecologismo es demasiado rudo, áspero e interesado. Está motivado más por el amor a la comodidad material que por el amor a la belleza de la naturaleza. Es económico más que estético. Si se pudiera purificarlo y sublimarlo mediante la educación desde la infancia en la estima de lo bello en la naturaleza, el ideal de Schiller cobraría renovado sentido en nuestra época. Ser sensibles a la belleza de la naturaleza no nos hará buenos del todo, pero sí mejores de lo que somos.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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