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TRIBUNA

Siglo veinte cambalache, y el que sigue…

viernes 24 de septiembre de 2021, 20:21h

Hace poco, mi talentoso y longevo amigo Albino Gómez, refiriéndose al siglo veinte, me dijo: “¡Mirá, habrá sido un ‘cambalache’, como bien dijo Discépolo, pero fue un gran siglo; sobre todo por lo que nos tocó vivir a nosotros”. Es cierto. No nos hace falta enumerar los hechos increíbles que se dieron a lo largo de aquellos pasados años. Con Albino, en los inicios de la década del ‘70, coincidimos en Chile y vivimos la melancólica, frustrada experiencia socialista del gobierno de Salvador Allende, una época feliz en muchos aspectos. Nos honrábamos compartiendo mesas con poetas como Pablo Neruda y Nicanor Parra, con científicos como Humberto Maturana y Javier Varela García, con ex presidentes como Eduardo Frei Montalva y Patricio Aylwin; épocas acaso tan emotivas como utópicas, en las que disfrutamos de momentos memorables. Muchos frustraciones; pero, como dice otro tango, “quien nos quita lo bailao”. Fuimos testigos -y a veces protagonistas- de experiencias memorables que no terminaron bien, también es cierto; pero así es la vida y no queda más remedio que resignarnos.

Me queda flotando y rescato la palabra “cambalache”, que la RAE (Real Academia española) registra en su diccionario como término que alude a un canje o permuta y se desarrolla bajo condiciones confusas que involucra desordenados elementos de escaso valor. Estos usos del concepto, creo yo, tienen por lo general una carga peyorativa o despectiva. Generalizando un poco, yo he descubierto que en varios países sudamericanos la noción de “cambalache” se emplea con referencia a aquello que contiene o exhibe componentes de características muy distintas entre sí. Un “cambalache”, en este sentido, implica una variedad de cosas. Cuántas veces hemos oído decir: “Esta alianza política es un cambalache, está formada por liberales, comunistas y nacionalistas”. O también: “No entiendo nada de lo que nos está sucediendo, todo es un cambalache” y, más cercano a nosotros: “Este Gobierno es un cambalache de corruptos y oportunistas” (algo que nos atañe muy de cerca a los argentinos).

En fin, fugaces ejemplos, que no sé si aclaran mucho, pero están ahí. Lo cierto es que “cambalache”, tiene vuelo propio y vale por su contundente expresión. Para nosotros, los compatriotas del poeta Enrique Santos Discépolo es, además de las cosas mencionadas, el título del famoso tango que nuestro poeta popular compuso allá por 1934 (tiempos también muy arduos para los argentinos). La canción denuncia diversas problemáticas que se vivían en el país durante la llamada Década Infame, que en realidad se extendió por más de diez años, a partir del primer golpe militar de 1930. El tango “Cambalache”, sin embargo, aún mantiene vigencia y la seguirá manteniendo, ya que sus versos pueden aplicarse a distintas regiones, épocas y situaciones. Presente siempre para hacer referencia a los desquiciados políticos que nos representan en estos días y, generalizando, al loco mundo que habitamos. Pero que el siglo veinte es un despliegue / de maldá insolente, ya no hay quien lo niegue…, dice la acusativa letra de Discépolo. Vaya si tiene razón; bien podría aplicarse de manera extensiva al siglo que cursamos.

Por otro lado, a fuer de ser sinceros, qué porteño no se ha encontrado en algún momento de su vida entonando los divertidos, dramáticos y escépticos versos del legendario Discépolo o “Discepolín”, como también se lo conoce, porque la letra del tango lo dice todo, o casi todo. Y sin anestesia:

Que el mundo fue y será una porquería

ya lo sé... (¡En el quinientos seis

y en el dos mil también!), qué siempre ha habido chorros,

maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé...

Vivimos revolcaos en un merengue

y en el mismo lodo todos manoseaos...

El gran Enrique Santos Discépolo, era porteño de pura cepa. Nació el 27 de marzo de 1901 en un barrio de Buenos Aires, en el seno de una familia de clase media que gustaba del arte en todas sus disciplinas; pero, sobre todo de la música y del teatro. Su hermano mayor, Armando, fue un gran dramaturgo. Su padre era un inmigrante napolitano llamado Santo, que se estableció con su mujer Luisa Deluchi por estas tierras, con la finalidad de progresar y mejorar la situación económica. Don Santo había sido músico en su tierra natal y también lo fue en la Argentina; aquí llegó a formar una orquesta pequeña inclinando a sus hijos hacia el camino del arte; luego Armando elegiría el teatro, despertando en su hermano la vocación por la poesía. Al quedar huérfano de padre a los cinco años y de madre a los ocho, la personalidad de Enrique ya se iba forjando, aunque estos dos sucesos extremos lo marcaron convirtiéndolo en un niño introvertido, tímido, y de una tristeza que lo golpearía para siempre. A causa de esa tragedia familiar, los hermanos fueron separados, siendo Enrique criado por unos tíos adinerados, poco afectuosos e insensibles; se cuenta que jamás jugaba y se replegó en su soledad volviéndose un niño taciturno, miedoso y melancólico. Perfil que lo acompañaría por el resto de sus días.

Al crecer, este hombre menudo de aspecto frágil y poco agraciado fue desarrollando una mente brillante, que se distinguía escribiendo versos y componiendo música para tangos sin conocer los secretos del pentagrama; tampoco teniendo conocimientos académicos. Simultáneamente fue actor, director de cine y guionista, llevando a la práctica con relativo éxito todas y cada una de estas disciplinas. Discepolín fue un personaje de Buenos Aires, un trasnochado filósofo del arrabal. Su despertar en el campo del pensamiento lo llevó a identificarse con un paisaje pincelado de tristeza, melancolía y pesimismo que hacía referencias a sus orígenes de orfandad. Ha sido uno de los más grandes poetas populares que han surgido en el país y el mundo, sobretodo en ese maravilloso universo llamado “tango”, donde nadie como él logró plasmar la idiosincrasia de los argentinos y su visión de un mundo, logrando enfocar las desventuras del sentimiento humano. Supo resumir en sus versos ideas de un gran contenido y profundidad del paso del hombre por la vida. Su estilo único reconocido y observado con admiración en su obra de composición profética, resalta el pensamiento y las emociones, que jamás perderán vigencia. Sobre todo porque:

…¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,

ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador!

¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!

¡Lo mismo un burro que un gran profesor!

No hay aplazaos ni escalafón,

los inmorales nos han igualao.

Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición,

¡da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos,

caradura o polizón!...

Siglo veinte cambalache…”. ¿Y del veintiuno, qué? ¿Mejor o peor? Por supuesto, siempre lo contemporáneo, lo que nos toca soportar en el día a día es lo condenable. Sobre todo porque el hombre no aprende y es lobo para el mismo hombre. Así nos va, así estamos en medio de la tormenta, con este devenir cotidiano de un mundo que no arranca; frenado por los que mandan y por nosotros. Aquí estamos ahora golpeados por la pandemia y en una situación ad terminum en aspectos políticos y económicos La ineficiencia estatal tratando de sacar pecho y condenándose entre tirios y troyanos, entre oficialista y opositores, donde siempre los culpables son los otros; aunque la pura verdad es que toda la dirigencia ha condena a la pobreza a más de un 40 por ciento de la gente en esta sufrida Argentina. Con índices de inflación indetenibles, que crecen en el día a día, con una educación deficiente y estancada, con desprevenida salud, con pequeñas empresas que se funden por los altísimos impuestos y la caída del consumo, con la mayoría del empleo en negro y chicos desnutridos por la escasa alimentación, con una mafia política que no declina ningún privilegio, etcétera, etcétera y suma y sigue… Mientras, como bien dice Borges desde su famoso poema, no nos une el amor sino el espanto.

Siglo veinte cambalache… Pero qué decir de este que nos toca ahora. El visionario Enrique Santos Discépolo se prolonga y sigue vigente. Le damos toda la razón. Salvo aquí, del ridículo nunca se vuelve; pero los animales políticos no se entregan. Sus protagonistas, a pesar del grotesco, siguen desquiciando a un país, que lo tiene todo y en manos de ellos no tiene nada. La gente está cansada de tanta hipocresía e ineficiencia. Dejemos que el poeta nos exprese y concluya con sus inapelables versos:

¡Qué falta de respeto, qué atropello

a la razón! ¡Cualquiera es un señor!

¡Cualquiera es un ladrón!

Mezclao con Stravisky va Don Bosco y "La Mignón",

Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín...

Igual que en la vidriera irrespetuosa

de los cambalaches se ha mezclao la vida,

y herida por un sable sin remaches

ves llorar la Biblia contra un calefón...

¡Dale nomás!¡Dale que va!

¡Que allá en el horno nos vamo a encontrar!

¡No pienses más, sentate a un lao,

que a nadie importa si naciste honrao!

Es lo mismo el que labura noche y día como un buey,

que el que vive de los otros,

que el que mata, que el que cura

o está fuera de la ley...

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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