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TRIBUNA

Tiranía y consenso

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 08 de octubre de 2021, 19:52h

Todos los legisladores del mundo griego ( Solón, Zaleuco, Licurgo, Carondas, Dracón, Clístenes, Fedón, Filolao, Falces, etc. ) nacieron como remedio a una polarización social que ponía en peligro la paz social y engendraba la “stásis” o guerra civil. Fueron los árbitros de grandes grupos sociales de adversarios que polarizaban la pólis y hacían imposible la vida civil. Mediante sus constituciones lograron el consenso entre rivales y antiguos adversarios, perdiendo todos un poco a costa de ganar todos más. Estas constituciones, documentos escritos y no como las antiguas leyes no escritas, siempre sujetas al capricho interpretativo de los poderosos, fueron las bases insoslayables de las futuras democracias clásicas. No hay democracia sin consenso, no hay democracia sin constitución. Frente a la figura del legislador se levanta la figura del tirano, a quien ayuda la más extrema polarización de la sociedad para asaltar el poder político. Los grandes aliados de la tiranía siempre han sido la polarización social, el sectarismo, el disenso sistemático y la stásis. Los grandes tiranos griegos ( Ortágoras, Pisístrato, Hipias, Fidón, Cipselo, Periandro, Trasibulo, Pítaco, Polícrates, Lígdamis, Falaris, Terón, Dión, los Dionisos, Los Hierones, Gelón, etc. ) enseñaron a los tiranos posteriores “la técnica” del asalto al poder a base de aumentar sin pausa la crispación social, el sectarismo fanático, el disenso buscado y la polarización política. Frente a la moderación y el consenso propios de la Democracia, la tiranía se alimenta del odio social, los dogmas innegociables como verdades sacrosantas y los conflictos irresolubles, de suerte que una parte del pueblo vence, y la otra es tratada como pueblo vencido y maldecido. La técnica del “golpe de Estado” de los tiranos griegos básicamente es la misma que la que nos describe el ya clásico “manual” de Curzio Malaparte, Técnicas de golpe de Estado, con independencia de la ideología del tirano, porque existe una ideología de la tiranía que está por debajo y sustenta toda ideología política que se lleva a cabo con tiranía.

Según Tucídides, los tiranos de las ciudades griegas "sólo tenían en cuenta sus propios intereses, tanto en cuanto a la seguridad de sus propias personas como al engrandecimiento de sus propios hogares, por lo que hicieron de la seguridad, en la medida de lo posible, su principal objetivo en la administración de sus ciudades, y por ello no lograron ningún logro digno de mención ... Así, por todos lados, La Hélade estuvo durante mucho tiempo impedida de llevar a cabo en común cualquier empresa notable debido a la tiranía”. La seguridad particular del tirano y las conquistas gloriosas de la pólis ya no eran objetivos compatibles. La acción colectiva de la comunidad política era imposible porque tiranos y gobernados ya no consideraban sus intereses como interdependientes. La tiranía fue, al parecer, tanto la consecuencia como la causa de una aguda polarización en interés de los miembros de la polis. El miedo mutuo entre el tirano y su pueblo alimentaba su antagonismo, su miedo y su odio. Para preservar su posición, de hecho, su propia existencia, el tirano se vio obligado continuamente a buscar seguridad, a asegurar sus intereses (ahora exclusivos y privados). El derrocamiento de los tiranos y el desarrollo de la interacción política libre liberaron una enorme energía para la conquista y el engrandecimiento de la patria (los espartanos se hicieron poderosos muy pronto porque escaparon de la tiranía los primeros, pero es la versión ateniense de dýnamis la que mejor ejemplifica la energía indesmayable de un pueblo libre). El relato de Tucídides sugiere que la capacidad de un hombre para ejercer el poder se tiene que complementar con la necesidad de protección de otro o el deseo de participar en los beneficios de la hegemonía; para ejercer un mayor poder, el gobernante sabio de una comunidad política debe preservar un sentido de interdependencia y armonía social. Y de hecho, y contrariamente a los instintos del propio tirano, es favoreciendo los intereses comunes (a través de la expansión) y evitando una mayor polarización, cuando el tirano a veces puede salvaguardar su posición en la comunidad durante un tiempo.

En la actualidad podemos percibir claramente el espíritu tiránico incluso en nuestras democracias. Cada vez que un Partido alcanza el poder tras haber perpetrado una grave fractura social o territorial estamos asistiendo a una técnica usada por la tiranía de siempre. Cada vez que un Partido gobernante transgrede la ley “vieja” de modo sistemático sin consenso ni referénda vamos camino “in fieri” de la tiranía. Cada vez que un Partido gobernante ejerce el poder desde el sectarismo, representando sólo a una parte del pueblo contra los intereses de la otra parte, a la que se despoja de todo derecho, o de una parte del territorio nacional contra otro, sin cohonestar los intereses nacionales – sociales y territoriales -, estamos asistiendo al ejercicio del poder de un modo tiránico. Cada vez que un Partido gobernante calla la boca a los discrepantes con la ley y el castigo estamos ya en una tiranía. Y cuando los impuestos tienen un sentido brutalmente depredador contra la clase media, quedando exenta de los impuestos la clases altas – esto es, las familias del gobierno que se devoran la mayor parte de los impuestos confiscatorios – entonces es claro que el color de la tiranía es roja. Pero no sólo es la libertad a la que ahoga la tiranía, ni la gran capacidad creadora de la sociedad, ni los grandes proyectos nacionales comunes que concitan todas las energías de la Nación. La tiranía también ahoga la propia dignidad del hombre. Muchas tiranías han caído no por el afán de recuperar la libertad – don que no todos los miembros que constituyen un pueblo la necesitan, pues responde a una necesidad moral -, sino por respeto a la propia dignidad de personas concretas. Así, Harmodio y Aristogitón, los grandes tiranicidas atenienses y que motivaron la erección de las primeras estatuas de seres humanos en Grecia, no mataron a Hiparco, el hermano del tirano Hipias, por amor a la libertad, sino porque Hiparco trataba de forzar los favores amorosos de Harmodio valiéndose de su propio poder. Se combatió contra la tiranía ya no por razones políticas, sino por razones de la propia dignidad. Después del atentado mortal contra Hiparco, el miedo del tirano Hipias lo llevó a tratar a sus súbditos con mayor dureza y desconfianza, y a buscar fuentes de seguridad fuera de la comunidad política. Esta polarización de las relaciones políticas dentro de Atenas llevó finalmente a la intervención de los espartanos a instancias de una facción exiliada, y a la huida del tirano a la corte del rey persa Darío, más tarde enemigo mortal de Atenas.

El comportamiento tiránico del poder político se puede percibir con frecuencia. Sólo hace falta leer los periódicos.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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