www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Equilibrio

Jesús Romero-Trillo
domingo 10 de octubre de 2021, 19:08h

Tan divinamente está organizado nuestro mundo, que cada uno de nosotros, en nuestro lugar y tiempo, estamos en equilibrio con todo lo demás. (Goethe)

He tenido ocasión de visitar la exposición de fotografías titulada “Still life” realizada por el artista madrileño Gabriel Castaño. La exposición, que forma parte del Festival PhotoEspaña en Santander, retrata esculturas efímeras que mantienen un equilibrio fugaz. Las esculturas componen su equilibrio sobre objetos punzantes que representan la amenaza que acecha cuando se pierde la estabilidad. Cuando se rompe el equilibrio, la herida es inmediata.

Los seres humanos muchas veces minusvaloramos el equilibrio, aún sabiendo que cuando éste falta las consecuencias son nefastas. Lo paradójico es que para tener equilibrio necesitamos experimentar fuerzas contrapuestas, porque cuando una de las dos fuerzas que mantienen la tensión vence, la magia se desvanece y nos caemos. Es lo que ocurre con el diálogo, que si se ejercita puede durar, pero que se termina pronto si lo que se busca es vencer al otro. Lo que habitualmente no pensamos es que la consecuencia del fin del diálogo es que se cae en la certeza y se pierde la perspectiva de poder ver la realidad desde una posición más elevada.

Aunque sabemos que el equilibrio no es eterno, las fotografías de la exposición nos hacen tener la esperanza de que el equilibrio de la vida pueda ser estable durante algún tiempo. En esta época de cambio es fácil encontrar seguridades atrayentes con un discurso simplificado que hagan perder el equilibrio necesario para contemplar la realidad desde múltiples perspectivas. Saber convivir con la fragilidad del equilibrio escuchando las opiniones de los demás es un arte.

El psiquiatra Carl Jung describió en su libro “Las relaciones entre el yo y el inconsciente” (1971) cómo uno de los síntomas de algunos de sus pacientes con desequilibrios psíquicos era la imposibilidad de dialogar, lo que se traducía en una dificultad de relacionarse con los demás, pues solían llevar a sus interlocutores al límite de la paciencia dialéctica. Algunos de sus pacientes lo expresaban diciendo: “desgraciadamente siempre tengo razón”. De hecho, tener siempre la razón es la condena de quien no sabe dialogar, es la condena de quien no sabe disfrutar del equilibrio.

Jesús Romero-Trillo

Catedrático de Filología Inglesa en la UAM

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (10)    No(2)

+
0 comentarios