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TRIBUNA

En las vidas de otros

Jesús Romero-Trillo
domingo 24 de octubre de 2021, 18:59h
Desde hace algunos años hemos presenciado un aumento de libros y películas que relatan las consecuencias de la actividad armada de ETA en quienes vivieron algunos de sus episodios más dramáticos. Dos de los ejemplos más conocidos son el libro “Patria”, de Fernando Aramburu o la reciente película de Icíar Bollaín, “Maixabel”. En ambos casos los personajes retratan los múltiples rostros de una historia que es la de todos nosotros. Al igual que otros países que han sufrido la historia de la violencia, como Irlanda del Norte con el IRA, Sudáfrica con el apartheid o Argentina con la dictadura militar, cuando el dolor se refleja en el espejo del arte se constata la madurez de una sociedad que sabe afrontar el futuro sin dejarse lastrar por el recuerdo de la violencia.

El 20 de octubre se cumplieron diez años desde que ETA realizara la declaración del cese definitivo de su actividad armada, al que siguieron años después la entrega de las armas y el final de la organización. Las recientes declaraciones de EH Bildu y Sortu son un paso importante, aunque comprensiblemente no sean suficientes para una parte de la sociedad y, de modo especial, para las víctimas del terrorismo. Sin embargo, es indudable que la irrevocabilidad de las decisiones tomadas por ETA hace una década abrieron un nuevo escenario en la vida cotidiana del País Vasco y del resto de España.

Las víctimas del terrorismo han tenido la valentía de sobreponerse al dolor por el daño recibido, a la vez que las instituciones públicas se han esforzado en mantener viva su dignidad y la sociedad se ha mostrado solidaria con su sufrimiento.

La historia nos confirma que algunas democracias que han sufrido etapas convulsas en su pasado a veces tienen la tentación de mirar atrás, tanto para comprender lo sucedido como para ajustar cuentas con la historia. Sin embargo, preservar la memoria de lo ocurrido no equivale a reavivar el fuego del desencuentro. La democracia requiere diálogo, especialmente con los que piensan de manera diferente, y el diálogo da a todos la libertad para contemplar la realidad de otro modo tras el fin de la violencia.

Tomar distancia de la historia a través de literatura o el cine puede ayudarnos a deshilvanar la complejidad del pasado para comunicarlo a las nuevas generaciones con todos sus matices. Todavía queda mucho camino por recorrer, pero vernos reflejados en las vidas de otros puede ser un modo de comprender mejor el pasado, aunque no lo olvidemos.

@jromerotrillo

Jesús Romero-Trillo

Catedrático de Filología Inglesa en la UAM

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