El gran escritor ucraniano Mijail Afanásievich Bulgákov nos dejó en su bellísima novela La Guardia Blanca, en donde historia e imaginación se complementan, convertida posteriormente en obra de teatro, Los días de los Turbin, un cuadro en el que el viejo mundo burgués y civilizado de Kiev, las orillas del Dniéper, Ucrania en general, es arrasado por las hordas rojas de la barbarie bolchevique. Y es sorprendente que Bulgákov, al que nunca el camarada Stalin dejó salir de Rusia, lo pudiese escribir sin salir muerto del intento. Lo pudiese escribir sin publicar el cuadro entero, claro, que se publicó tras la muerte del propio escritor y de Stalin, lo mismo que la mayor parte de la producción literaria de este médico morfinómano. A Bulgákov hay que leerle entre líneas, descifrando su pensamiento escondido con la pequeña zuela que sólo tienen los sensibles a la libertad, que son muy pocos, pues su odio cerval al bolchevismo que arrasó el mundo de su niñez y adolescencia siempre lo manifiestan los personajes secundarios a través de su feble voz, no con la voz épica estentórea y opulenta de este narrador genial, abrazado a la morfina como único medio de sobrevivir en una sociedad comunista, que te dejan vivir a condición de que no publiques nada. A Stalin le debió caer simpático por la carta que le escribió, pidiéndole con la candidez de un niño que le dejaran escribir o que le dejaran de salir de Rusia o que le hicieran lo que tuvieran que hacerle, y le dio como respuesta generosa un puesto de vicedirector de una compañía de teatro, la gran pasión de Bulgákov, para que pudiera comer. Hay que reconocer que Bulgákov siempre tuvo libertad de escribir en la Rusia comunista, lo que pasa es que no podía publicar lo que escribía.
La Guardia Blanca es el cuadro de una sociedad que ve venir su fin en medio de la indolencia y la pereza, de un sopor moral y terror enervante que le impiden hacer frente con contundencia política y militar a la barbarie implacable y debeladora que viene del norte. La hermosa Kiev tenía algo de la belleza aletargada de la Roma eterna la víspera de la entrada de Alarico. Su instinto de supervivencia parece estar sofocado por un mal espíritu. “Quos Deus vult perdere, dementat!”, dice el sabio Vasilisa de la novela. Todos los ucranianos odiaban a los bolcheviques, sobre todos los mujics, que adoraban sus pedacitos de propiedad hechos fértiles con el sudor y su propia sangre, y su odio aumentaba cada día, pero era un odio inactivo, atado por una astenia fatal. A los bolcheviques los odiaban todos, comerciantes, industriales, abogados, músicos, popes, escritores, actores, miembros de la Duma del Estado, ingenieros, sastres, prostitutas, maestros, médicos, taberneros…Sin embargo, los bolcheviques, se acercaban, se acercaban despacio, pero irremediablemente imparables. Kiev se llenaba de los rusos que habían conseguido llegar saltando las alambradas bolcheviques, huyendo de sus diabólicos comisarios. El Czar y toda su familia había sido asesinada cobardemente por aquellos malditos bolcheviques, “que merecían colgar de las farolas de la Plaza del Teatro Bolshói”, cuando “sólo la monarquía podía salvar a Rusia”. Más terribles que los alemanes que los habían gobernado hasta finales de 1918 sería el ejército de Trotsky. Se creó un hetmanato para intentar mantener independiente a Ucrania, levantando la bandera bicolor, azul celeste y amarilla, pero sólo fue un reino de opereta que duró poco más de un año. El ejército invasor alemán había mantenido el statu quo de la sociedad durante 1918; por eso cuando se marchó los acompañaba la tristeza y el miedo de los ucranianos que dejaban atrás. “¡Mil veces mejor el emperador alemán depuesto que los salvajes comunistas!”. El ejército invasor alemán había sido durante un año el ejército de salvación de un mundo occidental. Lo malo era que junto a los teutones, ocultados los rostros con vendas y apósitos, huían cobardes y mezquinos el propio hetman y el general de la caballería Belorúkov.
“Yo – dice Turpín, protagonista de la novela y trasunto del propio Bulgákov -, sintiéndolo mucho, no soy socialista, sino monárquico. Incluso debo decirle que ni siquiera puedo soportar la palabra “socialista”.”
La sombra de Simón Petliura, la eternamente controvertida figura de Petliura, circula como un fantasma indefinido a través de las páginas de La Guardia Blanca. El oscuro Petliura fue el último intento de mantener una Ucrania libre e independiente, occidental, aliada a Polonia, contra el imperialismo rojo del bolchevismo.
Hoy España tiene algo de la Ucrania de 1918. Sabemos cuáles son los objetivos revolucionarios, disolventes de la Constitución, del Frente Popular que nos gobierna, pero enervados y medio somnolientos, narcotizados en una siesta papaverífera, no vemos el peligro de que la Constitución vaya dejando de ser “la forma de vida que tiene nuestra pólis”, por decirlo con las sabias palabras de Aristóteles.
La ciudadanía temerosa se siente a menudo abandonada por los partidos, lo mismo que los apasionados y valientes cadetes de La Guardia Blanca se sienten abandonados por sus mandos, sometiéndose al infierno sin lucha, después de habérseles ordenado que se disolvieran. Cerca ya de Kiev, la madre de todas las ciudades rusas, los cañones alzaban su vozarrón de bronce y de oía el tableteo de las ametralladoras. En torno a la Ciudad, aquí y allá, revientan los proyectiles con estruendo…Pero la Ciudad, a pesar de los estampidos, al mediodía la vida seguía su curso de siempre. Las tiendas permanecían abiertas. El vodka corría en las tabernas. Las aceras estaban llenas de transeúntes, se abrían y se cerraban las puertas con fuerza y el tranvía circulaba con su traqueteo como de costumbre. Más o menos como aquí.