La visita de Vladímir Putin a Nueva Delhi del pasado 6 de diciembre duró unas pocas horas, pero arrojó un resultado inquietante para los Estados Unidos. Moscú y Nueva Delhi firmaron una batería de 28 acuerdos sobre comercio, energía, tecnología y ciencia, entre otras materias. Entre los frutos de la visita destaca el programa de cooperación en defensa para la próxima década (2021-2031). La India es ya una de las principales compradoras de armamento ruso y, a partir de un acuerdo suscrito en 2018, Rusia ha empezado a suministrar sistemas de misiles S-400 de largo alcance. Esta operación es especialmente problemática porque hay precedentes de sanciones impuestas por Estados Unidos a sus propios aliados por compras similares como la que hizo Turquía en 2020. Asumiendo este riesgo, India afirma su independencia de Washington. Naturalmente, sigue Nueva Delhi siendo uno de sus principales aliados en Asia y una pieza esencial de la estratégica de contención de China, pero hay algunos matices.
En efecto, la retirada precipitada de Afganistán ha deteriorado la imagen exterior de los Estados Unidos. Sobre la presidencia de Biden se cierne la sombra de la debilidad. Por mucho que el presidente insista en su compromiso de defender Taiwán y Ucrania, lo cierto es que la advertencia que lanzó al presidente Putin en la conversación del pasado 7 de diciembre se limitó a sanciones económicas. Se habla de continuar retrasando la puesta en marcha del gasoducto Nord Stream 2, que conduce gas directamente desde Rusia hasta Alemania. El pasado mes de noviembre el regulador alemán suspendió temporalmente el proceso de certificación de la infraestructura. Se habla incluso de desconectar a la Federación Rusa del sistema SWIFT, que permite identificar a los bancos de cada país en las transacciones internacionales. Medios de comunicación como Radio Free Europe, supervisada por la U.S. Agency for Global Media, vienen planteando esta posibilidad desde hace algunos días.
No hay que minusvalorar el potencial dañino de estas sanciones. Cuando el presidente de Bielorrusia amenazó con cortar el suministro de gas a Europa, el Kremlin se apresuró a despejar dudas sobre las garantías del abastecimiento. Sin embargo, el empleo de las sanciones económicas más severas podría empujar a Rusia a adoptar medidas equivalentes en otros planos además del económico.
Por otra parte, el castigo económico a un país no es unilateral. También tiene consecuencias en los países que lo imponen. El presidente de Nord Stream 2 AG, el excanciller alemán Gerhard Schroeder, presidente del consejo de administración del consorcio suizo que explota el gasoducto, debe de estar preocupado por las presiones de Washington para que el proyecto descarrile. Tiene a su favor, sin embargo, a la opinión pública alemana -el 75% de los alemanes están a favor según un sondeo de Forsa- y a algunas de las autoridades de la Unión Europea. Josep Borrell condenó la imposición de sanciones de Nord Stream 2 AG por parte de los Estados Unidos en agosto de este año. Scholz, el nuevo canciller alemán, tendrá que enfrentarse al problema que supone satisfacer, al mismo tiempo, a Washington, a Los Verdes de su gobierno y a la mayoría de ciudadanos alemanes que apoyan el proyecto Nord Stream 2.
Por lo pronto, Rusia estrecha su relación estratégica con China y se acerca a la India en el plano económico. Moscú y Nueva Delhi han abandonado el patrón dólar en sus transacciones. Cuanto más se acercan Rusia y China -una alianza en la que tal vez Pekín gane más que Moscú- más se debilita la supremacía estadounidense. Esta debilidad es mayor cuanto más se aproxima Rusia a la India.