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PÁLIDA CONDENA

Hacia Carcassonne

Miguel Ángel Gómez
martes 21 de diciembre de 2021, 20:52h
Actualizado el: 22/12/2021 17:30h

Hacia Carcassonne (Pretextos, 2021), dice el jefe sin recobrar su conveniente anonimato, le presto la intensa atención que se suele consagrar a los jóvenes con su valor adicional. Se baila en algún sitio, el sol de Provenza sonríe mirando sucesivamente a unos y otros. Todos sonríen a su vez. El mástil está muy preocupado, sonidos de pájaros habilidosos como máquinas de escribir viejas. Cabeza escribiendo, brazos escribiendo, caderas escribiendo, muslos escribiendo y tobillos escribiendo. Curvas sucesivas en la literatura. Canciones que gozan de popularidad veinte años antes. La mente de los demás mantiene una vacilante trayectoria siguiendo la estela de lo de siempre. El castillo construido está crédulamente convencido de que su situación profesional va a cambiar. El refugio de los pobres jovencitos muestra que las cosas son difíciles. Guerra de guerrillas literarias envenenan cualquier conversación. El Greco que responda si puede, sin ser grande ni grueso. El trovador, ¿consigue dinero para el alquiler? Las tabernas con lágrimas en los ojos, ¿nos dan un espectáculo? Los excrementos de los reyes dan vueltas a lo largo de la habitación sin cambiar ni palabra. Pasan cinco minutos y del autor sale un grito agudo. “Luego de recorrer los soles y escapar / de la asfixiada lámpara en la que no corre el aire (…) / comprendí que debíamos anclar nuestros sueños”. Los sueños no hacen el tonto con su dinero. Un segundo después, veo coronas que instan a que haga algún esfuerzo.

El trabajo tendrá suerte, pues no queda más. Decir la verdad (“conciliar ritmos, / imitar a los pájaros”). Las máscaras ingobernadas flotan en el inodoro, tratan sus asuntos secretos. La poesía del argentino Juan Arabia es un coche que corre solo y a veces se detiene de pronto, sabe retroceder. Pronto llega a la autopista y va a toda velocidad. Para el motor y aprieta el freno. Me habla de la Provenza (“Hijos de todas las cosas / indefensas y aceptadas / riendo en la democracia del débil, / no quedan más que renacuajos / en la orilla”. Los sapos explican que debo cobrar todas las semanas.

Suaves quemaduras junto a la acera ante el volante, inclusive un viejo palomar que produce los llamados milagros. Lejano pasillo de la memoria que puede aliviar el hecho horrendo de la maldad. La poesía viviente de Juan Arabia recorre las calles, divisa al rey Lear, la tierra donde ella reina sin rencores ni recriminaciones. Juan Arabia ha sido elegido para hacer un Libro de Etiqueta a la manera de Henry Miller a sabiendas de que las sombras más puras ríen entre dientes.

La devoción, sin darse cuenta de mi presencia, cambia palabras que nunca debieron llegar a mis oídos. En Perigord hay unos mercaderes con libros que visten un uniforme blanco inmaculado. “Un ruiseñor dejó caer su sustancia / sobre las Rimas de Bécquer / recordando como el trovar / no era sólo casa de afinar los oídos”. El maestro de ceremonias tiene un indicio. Isolda quiere hacer desaparecer toda la corteza del mundo: “El Santo Calavera aúlla: / alguien descendió a los infiernos junto a Isolda / y sus plateados cabellos en el corazón”. Distinto que sobre cualquier otra persona, lo que se dice sobre Juan Arabia es que sale al encuentro de la vida. Eso lo hacen todos los autores a excepción de los peores (F. Scott Fitzgerald). Paz, música que vive de alimentos predilectos. Carmesí masticando pastillas de goma. Enfrentamiento por conocer a una seductora debutante -pienso yo. Alegría dejando escapar un gruñido monosilábico. El libro de Juan Arabia Hacia Carcassonne tiene su temperamento que nos lleva a lenguas con un color muy agradable, si no recuerdo mal. La poesía es un arpa a la que nada se le escapa. Arpa ¡No pienses al cabo de un rato que nos estamos volviendo sordos! Aunque parezcan más leñadores como Jack London, no se ríe si nos hiere, arpa, que nos hace creer, que sabemos algo del asunto. ¿Qué te parece si tomamos otro trago? Es como si quisiéramos su aprobación. Desparece la poesía tan misteriosamente como ha aparecido. Déjanos que después vayamos al asfalto a dar vueltas. No nos hundimos entre los almohadones al abrirlo, agitados por lo erróneo. Las hojas, indistintamente, protegen un conjunto de normas y prohibiciones. Está el puente con la facultad de vivir sin dudas. Vamos, así, volvamos a agarrar el volante, más vivos que muertos. La anestesia es un sándwich de caviar. La niebla no impedirá que conversemos. El humo es una apariencia de orden. Habrá tiempo para responder al timbre. ¿Diré que todo es apacible a la chita callando? Ezra Pound, cuando la primavera derrita la nieve del Norte, nos rescatará toda la corteza del tronco recién añadido. “La poesía no es contingencia / es eternidad”. Qué miedo el felpudo de la soledad. Que lo eterno nos dé una explicación y esté lleno de luz matutina.

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