Hay aspectos de la Navidad que intensifican nuestra melancolía, acaso especialmente la de los que tenemos una naturaleza atrabiliaria. Esa melancolía brota de un sentimiento de pérdida que se acentúa con el contrasteentre la vida solitaria del ciudadano cosmopolita y la vida común que evoca la celebración de la Navidad.
La referencia a la comunidad que forma parte de la celebración navideña es – aunque impostado en los reclamos publicitarios – un elemento sustancial de la Navidad. La “vuelta a casa”, el fuego del hogar, la cordialidad hacia el prójimo, la convivencia o – en resumen – la existencia compartida. La Navidadenfatiza los dos puntales de la vida comunitaria: el convivium y el connubium que se plasman en la ceremonia de la cena familiar.
La Navidad es – o debiéramos decir que fue – la fiesta comunitaria por excelencia y esto es consustancial a su dimensión religiosa.Muy sumariamente, podríamos decir que el cristianismo supuso la afirmación de una fraternidad universal fundada en una filiación trascendente: hermanos de Cristo e hijos de Dios. No otro es el fundamento de la comunidad universal que es la Iglesia de Cristo. Por contrapartida, la familia en sentido amplio, el hogar, se concibiócomo iglesia doméstica.
Todo el ciclo litúrgico respira en esa atmósfera comunitaria, pero acaso especialmente la Natividad celebra la continuidad de una caridad que se extiende transitivamente desde el principio de los tiempos a su final, excediendo el presente. La Navidad celebra así una tradición que – fundada en la fe – se concibe orientada desde un principio que desborda la historia del mundo hacia un final,asimismo absoluto, capaz de concluir el gran ciclo de la historia dándole un sentido. Un sentido cuya clave se encuentra, precisamente, en la Encarnación que irrumpe con el Nacimiento.
De esa comprensión apenas queda, en la mayoría de los casos, un remoto atisbo en las referencias al hogar, al reencuentro o al encuentro cordial con el prójimo. Es un eco deformado por el uso publicitario del ambiente navideño, que lo satura de un emotivismo mórbido. Es suficiente, sin embargo, para permitir que aflore una conciencia dolorosa de la pérdida de vínculos reales que caracteriza nuestra existencia de individuos abstractos o solitarios, en la gran Cosmópolis global: ciudadanos racionalistas y autosuficientes de la sociedad universal de nuestro tiempo.
El sujeto solitario no dejará de resentirse ante el espectáculo de ese emotivismo impostado,adoptando una actitud de desdén hacia la almibarada actitud de los que hacen de la Navidad una simple celebración sentimental apoyada en el consumo. Más exactamente en el intercambio de regalos como pretendida manifestación de nuestra generosidad y apertura al otro. En los Estados Unidos, y justamente en 1957, el personaje del Grinch vino a resumir estos rasgos. La ambivalencia que caracteriza al personaje y, en general, a la subjetividad que refleja, procede de la contradicción entre el reconocimiento de la pérdida de la esencial dimensión comunitaria de la vida personal y la evidencia del carácter falso del modo en que la sociedad moderna – especialmente tras la segunda guerra mundial – se ha servido de nuestra pérdida para animar el consumo.
Frente a esa subjetividad resentida que, aunque aparentemente crítica, resulta fácilmente reconciliable con el estado de cosas vigente – como muestra la inmediata asimilación del personaje por la banalidad de la fiesta – hemos de superar nuestro natural atrabiliario para encontrar en el espectáculo del mundo su fundamento real. Allí donde se escucha todavía la palabra de Dios, en la realidad – que oculta la faramalla festiva – de la vida común, donde la virtud sobrepuja a la emoción y una fortaleza, sostenida por el amor a Dios y al prójimo, da testimonio de la indudable victoria final del bien, la belleza y la verdad. Feliz y Santa Navidad.