Acaba de aparecer La democracia en apuros (ed.Malpaso, Barcelona 2021) que es una selección de mis columnas recientes en este periódico. Ocurre además que estoy a punto de publicar la que hace el número setecientos en El Imparcial. Como sabe bien el lector lo que llevo a efecto aquí, en realidad, es un Cuaderno o diario de ideas: lecturas o acotaciones a la vida política española, en suma, reflexiones escritas desde la óptica de un constitucionalista. De ordinario los recuadros, denominación que suelo utilizar para mis colaboraciones en homenaje a Azorín, trascienden la ocasión o el motivo al que responden y son pequeñas piezas argumentativas de teoría o pensamiento.
No tiene sentido referirme a su contenido que no necesita ser subrayado para el lector avisado y que alcanza a variados sectores de la problemática de la democracia constitucional. No se si las cuestiones tratadas lo son con la competencia que debe exigirse a quien se atreve a comparecer en el foro público; pero si puedo afirmar que lo hago siempre desde la plena libertad e independencia. Ninguna de mis columnas ha sido nunca ni detenida ni objetada por este periódico, en el que me he movido a lo largo de los años sin censura alguna. Si no desde la imparcialidad, de la que nunca he blasonado, pues tengo mis convicciones, si que practico la moderación. Esto porque no siempre estoy plenamente convencido de lo que digo, quiero decir que cuando afirmo algo no excluyo que pueda haber razones para defender una tesis contraria. Supongo que esta actitud, más bien escéptica, es impensable, pongamos en un científico o en un metafísico, si parten de una evidencia suficiente o utilizan un discurso inobjetable lógicamente; y no digamos en un teólogo, ahora proliferan, que presenta un respaldo divino a sus afirmaciones. Tampoco me gusta, cuando escribo, reñir, como se suele hacer disimuladamente. Procuro hablar cuando me dirijo al publico indeterminado de mis columnas, entre los que puede haber muchos que no compartan mis puntos de vista, desde la cordialidad y no desde la sospecha o el desdén.
Las columnas no son pequeñas monografías. Tienen que referirse al núcleo o la parte más llamativa de una cuestión o a un aspecto marginal, pero relevante o ilustrativo de la misma. Necesariamente deben de estar seriamente trabajadas. De algún modo vives para escribirlas: no me refiero al momento de la redacción del artículo: hay que pulir y borrar. Escribir es tachar, decía José de Arteche, sino al proceso de su elaboración. De este modo la denominación de mis columnas no hace justicia a su verdadera naturaleza. Al paso refleja bien la anticonvencionalidad de las mismas: hay un propósito paradójico en los artículos, que pretenden enfrentarse a lo convencional o manido, al pensamiento tópico. Pero no son repentizaciones; para nada se trata de improvisaciones. Como saben los seguidores de este Cuaderno y podrán comprobar quienes lean la Democracia en apuros bastantes columnas comentan un libro, sea su objeto una monografía constitucional o un autor determinado, digamos por ejemplo Dworkin o Habermas, Berlin o, como casi todos los años, Cervantes. Mi modo de operar es el siguiente: parto de una reseña bibliográfica acreditada, con frecuencia en la New York Review of Books o el Times Literary Supplement. Pero procuro hacerme, vía Kindle, con el libro en cuestión, de modo que raramente prescindo de la base bibliográfica fundamental. Así que las columnas pueden ser discutibles, en su contenido o su presentación, pero procuran pasar la prueba de la solidez.
Si fuese posible entender mis columnas no desde el punto de vista de sus resultados sino de su propósito, esto es, desde el plano de su coherencia, me gustaría que se entendiesen como mi contribución a explicar lo que podríamos llamar la constitución espiritual española, esto es, el repertorio de ideas, la base mental o nacional de nuestra Constitución. Los esfuerzos del constitucionalista, siguiendo una terminología que me resulta muy convincente, pueden orientarse al estudio de la organización, esto es, las estructuras del Estado constitucional, lo que Francisco Rubio llamaría la forma del poder; pero también a sus posibilidades de integración, esto es, la exploración de sus valores y tareas, de lo que Levinson llama la constitución de la conversación, porque su significado no es obvio sino que requiere de una reflexión con debate a cargo de quienes discuten lo que conviene a la comunidad.
Las columnas parten de la convicción de que la batalla de las ideas es fundamental. Decía don Manuel García Pelayo que los órdenes políticos no se sostienen sin que sus razones de autoridad sean compartidas; y que el poder, a la postre, solo se conserva con la sabiduría, esto es, la capacidad para encontrar su justificación ante la comunidad. Con gusto reitero nuevamente que es fundamental la batalla por la legitimidad, por la justificación de quienes ocupan las estructuras de gobierno, que ha de hacerse con referencia a ideas o valores, como posiciones de razón ampliamente aceptadas, y que corresponde aducir y criticar a los intelectuales o literati, entre ellos notoriamente a los juristas.