Amanece un año nuevo mientras gira la gran bola que habitamos, se abre otro año con sus días y sus noches, nacerán y morirán millones y circunstancias infinitamente diversas atravesarán la vida de las muchedumbres. Es imposible prever cómo discurrirán los doce meses que definen el nuevo ciclo anual, pero no hacen falta habilidades adivinatorias para anticipar continuidades de larga duración.
Un nuevo avance en el proceso de homogeneización y atomización de la población mundial y, especialmente, en los países que se proclaman más avanzados; avanzados justamente en ese proceso disociativo. Semejante avance se hace evidente en la indiferencia con la que, cada día más, nos ignoramos, en la ceguera completa que rige nuestro trato mutuo. Impacientes ante la caja del supermercado, a la espera del verde en el semáforo, de pie en el vagón lleno del metro, indiferentes a la molestia que ocasionamos o a la urgente necesidad del prójimo. Somos ciegos al hecho de que nos debemos unos a otros. Incluso cuando no quisiéramos admitir esa dependencia, porque su reconocimiento impugna nuestra imagen de autócratas soberanos, dueños de nuestra voluntad y señores de nuestra libre elección.
Y en correspondencia con el nuevo avance en la libertad y la igualdad, es decir, en la independencia y la homogeneidad, el año nuevo conocerá una más minuciosa administración del estado sobre nuestras solitarias vidas, una gestión infinitesimal o microfísica ayudada – por los nuevos medios inteligentes – en el dominio de nuestra más íntima subjetividad. Las Smart-things y el comercio global, apoyado por esos estados – que algunos juzgan ingenuamente en crisis – gobernarán nuestra libre voluntad. No hay paradoja alguna, una voluntad liberada de todo vínculo personal y comunitario será gobernada por los grandes poderes de la tierra. Nos ignoraremos, nos despreciaremos un grado más y el poder tentacular y difuso se enseñoreará con mayor intensidad de los movimientos de nuestra voluntad y de cada acto de nuestra vida. En esta era de absoluta libertad (negativa) carecemos absolutamente de libertad (positiva).
El mundo aparece crecientemente abierto a la actividad de ingenieros sociales y hacedores del hombre nuevo, grandes planificadores de la realidad y señores de la verdad, arquitectos de nuestra voluntad y constructores del absoluto que habitan en ningún lugar y, cada vez más, en ningún tiempo: en el presente sin consecuencia que llaman cultura de la cancelación.
El nuevo año no conocerá grandes cambios en el orden de la larga duración y, por otra parte, las inflexiones no son previsibles por un simple ciudadano del común. Quedan sólo a la vista de los que han escrutado los arcana imperii. Siempre conservamos la esperanza de que tampoco éstos pudieron definir con precisión el curso de los acontecimientos, sin embargo, los medios son cada vez más complejos y la vida de los hombres es cada vez más simple. El nuevo año podría conocer el giro definitivo a un control sin desviaciones de la conducta de las masas. La plena automatización de nuestros pasos, la administración del entendimiento y la voluntad, la captura íntegra de la atención, el final del proceso de constitución del mundo en el Gran Hormiguero.
Queda en pie un parapeto, que es todavía una poderosa fuerza que oponer al último avance en la racionalización del mundo: en la cálida atmósfera de algunos vínculos, en la parsimonia con la que se ejecutan algunos trabajos, en la veneración con la que a veces nos alimentamos, en la respetuosa pronunciación de algunos textos, en la devoción que manifiestan algunos gestos y en la piedad con la que, todavía, nos contemplamos.
Aunque ese baluarte es una dimensión del mundo mismo o un acto natural porque bendecir a Dios es un modo de vida, no apelaré aquí al último fundamento. Basta con mirar y ver el sol espléndido de la mañana. Hagan la prueba de abandonar este primer día del año el absorbente brillo de las pantallas y háganse dueños de su atención: miren y vean. Que tengan un año fecundo y alegre.