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TRIBUNA

Eduardo Mignogna, poeta de la palabra y del cine

domingo 09 de enero de 2022, 18:47h

De diversas maneras puede ser considerado un artista. Curiosamente la más común es la de ser original. Todos o casi todos lo intentan en nuestros días; salvo los menos creativos, aquellos poco aventureros que se resignan a participar de congresos o en festivales y en el caso de la literatura a ser best-sellers. Quizá como todos los jóvenes, con la ambición propia de los que encaran la vida con decida pasión, Eduardo Mignogna empezó intentando ser genial. Debutó como escritor con una novela titulada En la cola del cocodrilo (1971), por ese texto bien logrado y atrapante, recibió el Premio Marcha en Montevideo. A partir de allí, los temas que abarcó su literatura se basaron en hechos cotidianos, donde siempre estuvo presente el amor, el honor, los sacudones que afectan a la vida de cualquier ser humano; entre ellos la traición que no escasea, la ternura que apacigua y el trillado asunto de la soledad que, como la muerte, todo lo iguala.

Pocos años después llegaba su segundo libro, Cuatrocasas (1976) que fue reconocido con el Premio Casa de las Américas de Cuba, cuyo jurado lo encabezaba Juan Carlos Onetti. Fueron los duros años de la dictadura militar en la Argentina y dicho volumen, políticamente comprometido, lo condujo al exilio. Entretanto el libro -que traza el conmovedor fresco de un pueblo rural, comido por la miseria y el olvido- inició un largo camino de silencio. Algunos textos, siempre de denuncia hacia el régimen, fueron publicados en revistas de la época, tales como Humor, que dirigida por el caricaturista Andrés Cascioli, se atrevió a enfrentar la dictadura.

Casi hacia el final de la década del ’70, tuve la felicidad de conocer a Eduardo en Barcelona, mientras yo colaboraba en un documental con Lautaro Murúa titulado La revolución, que se había iniciado en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular, y nunca se llegó a completar. Lautaro fue quien me lo presentó. Nació ahí una amistad que se prolongaría hasta su muerte, acaecida en 2006 por un cáncer terminal. Varias veces proyectamos hacer algo juntos, pero nunca se concretaron tales propósitos. Con el tiempo Eduardo se convertiría en uno de los más importantes directores de cine y televisión, ganador en España de dos Premio Goya a la mejor película extranjera: Sol de otoño (1966) y La fuga (2001).

Pero volvamos a sus orígenes creativos. En 1964 Eduardo decidió viajar a Europa abandonando el cargo de redactor en una agencia de publicidad, al tiempo que escribía y publicaba poemas y relatos en medios de la Argentina. El sitio elegido para establecerse fue Madrid donde trabajó esporádicamente, y vivió como pudo, sin dejar de frecuentar tertulias literarias que lo enriquecieron culturalmente y de trabar amistad con diversas personalidades dedicadas a la literatura y al cine, la mayoría contrarias al franquismo.

En 1965, harto de las restricciones que imponía la dictadura de Franco, se trasladó a Roma, viviendo en un barrio vecino a la Plaza Navona, para radicarse finalmente en el Trastevere. Allí conoció a Vittorio Gassman y a Monica Vitti, participando en filmaciones de Federico Fellini y Ettore Scola y compartiendo tareas cinematográficas con amigos argentinos e italianos, y artistas como su compatriota, el pintor Hugo Pereyra. Por esa época, que consideraba como una de las más felices de su vida, descubrió que su otra vocación era la de cineasta. A su regreso a la Argentina, en 1966, Eduardo volvió a trabajar en publicidad hasta principios de los años ‘70, al mismo tiempo que iniciaba una etapa como documentalista y la segunda época de su obra literaria.

Con la escalada de amenazas y atentados de la tristemente célebre Triple A, en 1975 debió regresar a España, esta vez como exiliado; para vivir eligió un lugar paradisíaco, la ciudad costera de Sitges, al suroeste de Barcelona. De allí una tentadora propuesta publicitaria lo llevó otra vez a Italia; concretamente a Milán, hasta 1981, donde consolidó su carrera de cineasta. Sin embargo, el amor a la Argentina pudo más y en 1982, regresó con su familia para retomar en Buenos Aires su actividad como realizador y guionista. En 1983 colaboró con su amigo Lautaro Murúa en la realización de La Raulito, con Marilina Ross, Duilio Marzio y María Vaner.

No mucho después, tuvo su primera oportunidad como director en Evita, quien quiera oír que oiga, que combinaba escenas documentales y entrevistas con la recreación actoral de la juventud de Eva Perón; toda una innovación para la tradición cinematográfica argentina. Dirigió luego las miniseries documentales de problemática social para la televisión, en la que se destacó la más famosa, dedicada a Horacio Quiroga y sus Cuentos de la selva (1987), que con justicia fue premiada y considerada también precursora en su línea.

Con otro amigo común, Bernardino Rivadavia, colaboramos con él en el guión de Flop (1990), una exitosa película que rodó sobre la vida del célebre actor Florencio Parravicini. A ese film, por demás exitoso, siguieron Sol de otoño (1966), El faro (1998), Adela (2000), La fuga (2001), basada en su novela homónima, Cleopatra (2003) y El viento con Federico Luppi, Antonella Costa y Pablo Cedrón (2005).

Debido a su prematura muerte a la edad de 66 años, Eduardo Mignona no pudo comenzar la filmación de su último proyecto, para el cual había escrito el guion; se trata de la película La Señal, que después, como un homenaje a su admirado amigo, sería completada y protagonizada por Ricardo Darín, en su debut como director, acompañado por Martín Hodara.

Con el querido y admirado Eduardo Mignogna nunca dejamos vernos cuando estábamos cerca o de hacernos señales de amistad, cuando estábamos alejados. Eduardo perteneció al consejo de redacción de la revista Proa, que yo dirigí y me acompañó en un memorable viaje a España donde participamos de un intercambio cultural entre los gobiernos de Madrid y Granada con Buenos Aires. Fue un ser humano afectuoso y de una gran generosidad, un leal amigo y excelente compañero de ruta que aportó su talento a la literatura y al cine. Me gratifica evocarlo con el afecto y el cariño que merece.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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