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Miserias de la vida literaria

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 22 de septiembre de 2008, 22:47h
La miserable conmemoración del primer centenario de la muerte de D. Juan Valera –hechas muy contadas y señaladas excepciones como la registrada a nivel local y provincial- ha alzaprimado las desfavorables condiciones y miserias en que, en conjunto, transcurriera la existencia literaria del mayor dominador del castellano en los siglos de la contemporaneidad. Su inigualable –en calidad- e insuperable -en cantidad-correspondencia ilustra con dionisíaca riqueza acerca de todas las lacerías y servidumbres de la vida de las letras en la segunda mitad del siglo XIX, época en que literatos y artistas gozaron, ciertamente, de gran predicamento social y notorio ascendiente en la marcha del país.

Bien que muy ocasionado al lamento –lo que, en el sentir de otro gran príncipe del espíritu, Gracián, siempre amengua la estatura del quejumbroso…-, las incesables protestas del escritor cordobés ante las incontables carencias del clima intelectual de su época se encuentran refregadas por mil y un testimonio. En alguien de insondable complejidad anímica, pero aun mayor de sencillez caracterológica como fuera el autor de Pepita Jiménez, no cabe suponer que su actitud respondiera a prurito o afectación. Estoico bienhumorado, sobrellevó con elegancia las muchas heridas graves recibidas en su vida íntima y en su trayectoria pública, profesional y política. No; entre los vicios que yermaron algunos aspectos de su personalidad, no figuró el de la queja por la queja. Sino que el conocimiento de la evolución cultural de otros pueblos, de las costumbres y usos vigentes en su desenvolvimiento artístico y literario, le hizo particularmente sensible a los infinitos obstáculos que en la España de su tiempo –aquí podría hablarse con exactitud de una España “eterna”- impedían un desarrollo semejante. La conocida frase de Larra sobre el ejercicio lacrimal que suponía en su época el poner negro sobre blanco, guardaba en la suya, a los ojos de D. Juan, toda su verdad.

Nada más fácil que hacer una voluminosa antología de los textos en que el escritor andaluz describe con puntualidad y taracea de detalle el mapa de bajíos y arrecifes en que naufragaban las esperanzas literarias y los proyectos intelectuales más sólidos y fundados. Brevitatis causa, sólo recordaremos alguno: “(…) le suplico -escribe a Gumersindo Laverde en mayo de 1867- que me dé algún bombo en los periódicos de por ahí (Lugo), a fin de que me compren. También le suplico que el bombo no sea estrepitoso sino sólo llamativo e incitante a la compra. El librero que quiera comprar tomar siquiera 20 ejemplares, pagándolos enseguida, los podrá tener a 9 reales. Si hay alguno que quiera comprar, avísemelo para que se los envíe”; y en otra carta del mismo mes y destinatario: “Cualquiera de estas hipótesis es en extremo dolorosa para mí. Lo es asimismo el tener que poner dinero para la impresión después de haber puesto el trabajo. Afortunadamente, no soy muy activo y fecundo. Si lo fuese, me arruinaría con la literatura. Escribiendo me desainaría yo, como uno que se entrega al onanismo se desaina (…) Me dice Vd. que le envíe cuatro o cinco ejemplares, a los que podrá Vd. dar salida. Yo le enviaré diez. Si no puede venderlos, regálelos a los menos profanos. Con tal de alguien lea el libro y le estime un poco, le daré de balde y las gracias encima. Si yo fuese rico, ya que no puedo desechar este mal absurdo, esta manía de literatear, este scribiendi cacoethes, publicaría mis libros en ediciones de doscientos ejemplares sólo y no vendería ni uno, empezando por decir en el prólogo que me ciscaba en el público.” (Apud Correspondencia. Volumen II. 1862-1875. Edición preciada y preciosa de L. Romero Tobar. Madrid, 2003, pp. 297-8.).

Inefable e imitable D. Juan Valera, desde luego; pero también retrato inigual de re literaria y cultural de la España de cualquier tiempo que se quiera. Cuánto esfuerzo malgastado en suplir deficiencias y anomalías impropias de una nación de su rango histórico. En el caso concreto del autor de algunas de las narraciones más airosas y bien escritas de la primera gran generación novelística de nuestro país, es claro aunque más de una vez sus lamentos y denuncias sirvieron de coartada para su irrefrenable atracción por los goces de la vida y casi total ausencia de disciplina en el trabajo intelectual que le condujeron a un trato espaciado con las musas y a un proceso creativo harto lento, no cabe ignorar que los males y prácticas criticados por su pluma en el mundo literario redujeron considerablemente su comercio con las imprentas, con el consiguiente daño para la cultura española. Pocos escritores del ámbito nacional e internacional pueden compararse con Valera en cuanto a planes y referencias de obras que, imaginadas o encetadas, no llegaron nunca a ver la luz. Parte de ellas no pasaron de su fértil minerva al papel debido a unas lacras aún bien vivas a los cien años de su muerte.
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