Una vez que el país comunista más poderoso ( la URSS ) pudo sacudirse por fin el empobrecedor y represivo comunismo, sobre todo a partir de la oración, el martirio y ese humanitarismo cristiano indesmayable del alma rusa, resucitó una Rusia mucho más libre y con grandes esperanzas de libertad y bienestar. Pero la superación del bolchevismo, un largo fenómeno fatal en su consecuencia histórica, parece no haber supuesto para los EEUU, la otra gran República, y madre de la democracia moderna, el que Rusia, junto a China, no dejara de seguir siendo la gran competidora en el orbe en todos los terrenos de lo humano ( economía, investigación, tecnología, cultura, Fuerzas Armadas, prestigio internacional, etc. ).
Ese hecho, que constituye una ley histórica entre grandes potencias desde que Tucídides lo descubriera, ha obligado a crear un nuevo espantajo de orden espiritual que fundamente y justifique el antirrusismo: así se ha pasado del anticomunismo, que cimentaba la razón de la Guerra Fría, a la eslavofobia, figura en la que parece va a asentarse la Nueva Guerra Fría. Sólo en una época de nauseabundo relativismo moral, en donde lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo aceptable e inaceptable, no tienen ya ningún valor moral universal – ni pretensiones de serlo -, sino que tales predicados morales sólo dependen del contexto, esto es, de los propios intereses, se puede ver en la posición rusa un deseo torvo y malvado, cuando sólo está defendiendo su supervivencia nacional.
Ahora bien, la nueva generación rusa quiere sacudirse para siempre de su gentilicio el marchamo fatal de “eterno pueblo sufriente”, y tiene derecho a vivir bien de una vez por todas, a ser feliz en un país con tantos recursos, y no consentirá que nadie, ahora desde el exterior, vuelva a malograr su futuro. Está anhelosa por recuperar tanto tiempo perdido. ¿Es que por haber estado Rusia setenta años en poder del comunismo ha perdido su milenario carácter pacífico y humanitario? Naturalmente que no. La ofensa hecha al sentimiento nacional de Rusia por la UE y EEUU a propósito de Ucrania representa una extraordinaria falta de humanidad. Claro, que pedir principios morales a Borrel o a Biden, con sus constantes deliquios del alma, es pedir peras al olmo.
Sería bueno ahora releer las páginas que Dostoyevski dedicó en su Diario de un escritor a los “acontecimientos extranjeros” para descubrir no sólo qué idea e interés fraternal ha tenido Rusia siempre de Europa, sino hasta qué punto Rusia es Europa. Cuando el 3 de septiembre de 1873 el último soldado alemán invasor abandona Francia, Dostoyevski, ruso profundo, prototipo de ruso, hace un elogio de la sociedad abierta que debe ser Francia y un ataque furibundo a la amenaza monárquica. Advierte que el mariscal Mac-Mahon, presidente de la República de Francia, tras la caída de Thiers, es el único que puede impedir la toma del poder por el altar y el trono, volviendo a la Francia de Luis XIV. Denuncia que se están celebrando conciliábulos entre los representantes de las dinastías orleanista y borbónica con el fin de la restauración monárquica. Y asegura que jamás aceptarán los franceses al conde de Chambord con su poder “por la gracia de Dios”. Nos describe cómo la Iglesia de Francia sale en cerrado apoyo de este rancio legitimismo, que Dostoyevski repudiaba, cuando este sector no había hecho nada patriótico durante la ocupación alemana, y porque esa apuesta desleal de la Iglesia por la monarquía haría que el laicismo creciese exponencialmente en Francia. Le repugnaba el vasallaje de los súbditos – pero al que Francia no se sometería – y recordaba con asco cómo los carlistas españoles besaban las patas del caballo que llevaba al pretendiente Don Carlos, pariente, por cierto, del conde de Chambord. Analiza las guerras carlistas en España, y la huida de los carlistas de la ciudad de Tolosa. Profetiza además que el comunismo en el sur y el separatismo en el norte harán un daño terrible a España durante muchos años. De ahí que Dostoyévski presente el topónimo España con el epíteto de “desventurada”.
Desde luego era todo un profeta el gran ruso Dostoyevski, y yo recomendaría a los eurodiputados Javier Zarzalejos y Mayte Pagazaurtundua que se ilustraran un poco sobre el significado de Cataluña en la literatura rusa. Desgraciadamente. Cincuenta años antes del concepto “espacio vital” de los nazis ya veía Dostoyévski a Alemania como un enemigo con intenciones formidables de desmembrar el gran Imperio Ruso, encizañando sus partes. Alemania no se ha apeado desde Bismarck de la visión voraz que tiene de las tierras eslavas. La posición actual de Alemania ante esta crisis ruso-ucraniana es una novedad anticuada. Respecto al gobierno ucraniano, éste no debería ser marioneta de ningún poder extranjero lejano y purificar la atmósfera política que ahora tanto sofoca a Ucrania. Rusia no exige más que lo que exige su honor, y su honor es el de todos los pueblos eslavos. La dignidad y el derecho son lo primero. Y Francia tiene que representan ahora, más que nunca la razón justa de Europa. En Europa todo empieza por Francia.
Rusia, lejos de ser una potencia asiática con una ventana a Europa, como la calificaba con gran injusticia el genio portugués Eça de Queiroz, es Europa hasta los tuétanos cuando está preñada de topónimos de la geografía greco-romana que empaña la literatura clásica: Chersonesus Taurica, Roxolani, Callipidae, Olbia, Alazones, Navaros, Amadocos, Carpios, Boristhenes – río del que habla varias veces Propercio -, Hypanis Flumen, Tyras Flumen, Danaster Flumen, Carcine, Phanagoria, Maeotis Palus, Panticapeum, Nicontium, Sarmatia…Pura Europa-Europae.
Sea cual sea la posición de Sánchez en este asunto – entiendo que nuestra pertenencia a la OTAN le tiene ya el guión prácticamente escrito -, debe, sin embargo, percatarse de que las sensibilidades de esta sociedad abierta que aún es España son muy diversas sobre la crisis ruso-ucraniana, y como miembro de la alianza debe exponer a sus miembros que quizás haya que actualizar los principios fundadores de la OTAN, cuando ya no existe el Pacto de Varsovia ni el terrible e inteligentísimo Andrei Jdanov. Si la doctrina Jdanov ha desaparecido, la OTAN debe refundarse.